domingo, 10 de abril de 2016

La Educación y el Significado de la Vida - Jiddu Krishnamurti


La Verdadera Clase de Educación

El hombre ignorante no es el iletrado, sino el que no se conoce a sí mismo; y el hombre instruido es ignorante cuando pone toda su confianza en los libros, en el conocimiento y en la autoridad externa para derivar de ellos la comprensión. La comprensión sólo viene mediante el propio conocimiento, que es darnos cuenta de nuestro proceso psicológico total. La educación, pues, en su verdadero sentido, es la comprensión de uno mismo, porque dentro de cada uno de nosotros es donde se concentra la totalidad de la existencia.

Lo que ahora llamamos educación es la acumulación de datos y conocimientos por medio de los libros, cosa factible a cualquiera que puede leer. Una educación así, ofrece una forma sutil de escaparnos de nosotros mismos y, como toda huida, inevitablemente aumenta nuestra desdicha. El conflicto y la confusión resultan de nuestra relación errónea con todo lo que nos rodea –gente, cosas, ideas-, y hasta que no entendamos bien esa relación y la alteremos, la mera instrucción, la adquisición de datos y habilidades, nos conducirán inevitablemente al caos envolvente y la destrucción.

Según está ahora organizada la sociedad, enviamos a nuestros hijos a la escuela para aprender alguna técnica con la cual puedan finalmente ganarse la vida. Queremos hacer de nuestros hijos, ante todo, especialistas, esperando así darles estabilidad económica segura. Pero, ¿acaso puede la técnica capacitarnos para conocernos a nosotros mismos?

Si bien es necesario a todas luces saber leer y escribir y aprender ingeniería o cualquiera otra profesión, ¿nos dará la técnica capacidad para comprender la vida? Indudablemente, la técnica es secundaria, y si la técnica es lo único que buscamos, es obvio que estamos negando la parte más importante de la vida.

La vida es dolor, gozo, belleza, fealdad, amor; y cuando la comprendemos en su totalidad, en todos sus niveles, esa comprensión crea su propia técnica. Pero lo contrario es falso; la técnica jamás puede producir la comprensión creadora.

La educación actual es un completo fracaso porque le da demasiada importancia a la técnica. Al subrayar la técnica, destruimos al hombre. Cultivar la capacidad y la eficiencia sin la comprensión de la vida, sin tener una percepción completa de cómo funcionan el pensamiento y el deseo, sólo logrará aumentar nuestra crueldad, que es lo que engendra las guerras y pone en peligro nuestra seguridad física. El desarrollo exclusivo de la técnica ha producido científicos, matemáticos, constructores de puentes, conquistadores del espacio; pero, ¿comprenden ellos acaso el proceso total de la vida? ¿Puede algún especialista sentir la vida como un todo? Sí, sólo cuando deje de ser especialista.

El progreso tecnológico resuelve ciertas clases de problemas en un nivel determinado, pero también introduce problemas más amplios y profundos. Vivir en un solo nivel, sin tener en cuenta el proceso total de vida, es atraer la miseria y la destrucción. La mayor necesidad, el problema más urgente de cada individuo, es tener una comprensión integral de la vida, que lo ponga en condiciones de resolver satisfactoriamente sus crecientes complejidades.

El conocimiento técnico, aunque necesario, no resolverá en modo alguno nuestras tensiones y conflictos psicológicos internos: y es por haber adquirido conocimientos técnicos sin comprender el proceso total de la vida, que la tecnología se ha convertido en un instrumento para nuestra propia destrucción. El hombre que sabe desintegrar el átomo, pero no tiene amor en su corazón, se convierte en un monstruo.

Elijamos una vocación de acuerdo con nuestras capacidades; pero el hecho de seguir una vocación ¿nos librará de conflictos y confusiones? Al parecer necesitamos de preparación técnica; pero una vez graduados de ingenieros, médicos, o contables, entonces ¿qué? ¿Es la práctica de una profesión la plenitud de la vida? Aparentemente así es para muchos de nosotros. Nuestras profesiones pueden mantenernos ocupados la mayor parte de nuestra existencia, pero las mismas cosas que producimos y que nos fascinan, causan nuestra destrucción y nuestra miseria. Nuestras actitudes y nuestros valores hacen de las cosas y de las ocupaciones instrumentos de envidia, amargura y odio.

Sin la comprensión de nosotros mismos, la mera ocupación nos lleva a la frustración con sus inevitables evasiones a través de toda clase de actividades perjudiciales. La técnica sin la verdadera comprensión conduce a la enemistad y a la crueldad, las cuales tratamos de enmascarar con frases agradables al oído. ¿De qué vale recalcar la técnica y convertirse en seres eficientes si el resultado es la mutua destrucción? Nuestro progreso técnico es fantástico, pero sólo ha logrado aumentar nuestro poder para destruirnos los unos a los otros y hay hambre y miseria en todas las regiones de la Tierra. No somos felices ni tenemos paz.

Cuando la función de ejercer una profesión es de máxima importancia, la vida se hace aburrida y oscura, convirtiéndose en una rutina mecánica, de la cual huimos por medio de toda clase de distracciones. La acumulación de hechos y el desarrollo de la capacidad intelectual, a lo cual llamamos educación nos ha privado de la plenitud de la vida y de la acción integradas. Es porque no entendemos el proceso total de la vida que nos aferramos tanto a la capacidad y la eficiencia, que de esta manera asumen avasalladora importancia. Pero el todo no puede comprenderse si sólo estudiamos una parte. El todo sólo puede comprenderse mediante la acción y la vivencia.

Otro factor que nos induce a cultivar la técnica es que ella nos da un sentido de seguridad, no sólo económica, sino también psicológica. Es tranquilizador saber que somos capaces y eficientes. Saber que podemos tocar el piano o construir una casa nos da una sensación de vitalidad, de agresiva independencia; pero destacar la capacidad por el deseo de seguridad psicológica es negar la plenitud de la vida. Jamás puede preverse el contenido de la vida; debe vivirse renovadamente a cada instante; pero le tememos a lo desconocido y por esto establecemos para nuestro beneficio zonas de seguridad psicológica en forma de sistemas, técnicas y creencias. Mientras busquemos la seguridad interna, el proceso total de la vida no puede comprenderse.

La verdadera educación, al mismo tiempo que estimula el aprendizaje de una técnica, debe realizar algo de mayor importancia; debe ayudar al hombre a experimentar, a sentir el proceso integral de la vida.

Es esta vivencia la que colocará la capacidad y la técnica en su verdadero lugar. Si alguien tiene algo que decir, el acto de decirlo crea su propio estilo, pero aprender un estilo sin la vivencia interna sólo conduce a la superficialidad.

En todas partes del mundo los ingenieros diseñan febrilmente nuevas máquinas que no necesitan ser manipuladas por el hombre. En una vida gobernada casi completamente por la máquina, ¿en qué se ha de convertir el ser humano? Tendremos Cada vez más tiempo ocioso sin saber emplearlo con cordura, y procuraremos escapar de la ociosidad adquiriendo más conocimientos, buscando diversiones enervantes o forjando nuevos ideales.

Creo que se han escrito muchos volúmenes sobre los ideales educativos; sin embargo, estamos en mayor confusión que nunca. No existe método alguno por medio del cual se pueda educar a un niño para que sea libre e íntegro. Mientras nos preocupamos por los principios, los ideales y los métodos, no ayudamos al individuo a liberarse de sus actividades egocéntricas con todos sus temores y conflictos.

Los ideales y los planes para una perfecta utopía, jamás nos traerán el cambio radical del corazón que es esencial, si hemos de poner fin a la guerra y a la destrucción universal. Los ideales no pueden cambiar nuestros valores actuales: Sólo pueden cambiarse mediante una educación genuina, que ha de fomentar la comprensión de lo que “es “.

Cuando trabajamos unidos por la realización de un ideal, para el futuro, formamos a los individuos de acuerdo con nuestra concepción de ese futuro; no nos preocupamos en absoluto por los seres humanos, sino por la idea que tenemos de lo que los individuos deben ser. Lo que debe ser resulta mucho más importante para nosotros que lo que es o sea, el individuo con sus complejidades. Si comenzamos por comprender al individuo directamente, en vez de verlo a través nuestra visión de lo que debe ser, entonces sí nos interesamos en ver lo que es.

Entones ya no deseamos transformar al individuo en otra cosa, sino ayudarlo a comprenderse a sí mismo; y en esto no hay provecho ni motivo personal. Si nos mantenemos totalmente atentos a lo que es, lo comprenderemos y nos veremos libre de ello pero para estar atentos a lo que somos, tenemos que dejar de luchar por algo que no somos.

Los ideales no tienen lugar en la educación porque impiden la comprensión del presente. NO hay duda de que podemos prestar atención a lo que es, sólo cuando dejamos de huir hacia el futuro. Mirar al futuro, luchar por un ideal, indica pereza mental y deseo de evitar el presente.

¿No es la búsqueda de una utopía teórica concebida previamente, la negación de la libertad e integridad del individuo? Cuando uno sigue un ideal, una norma, cuando uno tiene ya una fórmula de lo que debe ser, ¿no está viviendo una vida muy superficial y automática? Lo que necesitamos no son ideales ni individuos con mentes mecanizadas, sino seres humanos integrales que sean inteligentes y libres. Forjarse el modelo de lo que debe ser una sociedad perfecta es motivo de luchas, y derramamientos de sangre por lo que debe ser, mientras ignoramos lo que “es”.

Si los seres humanos fuesen entes mecánicos o máquinas automáticas, se podría predecir su futuro y se podría además trazar planes para una Utopía perfecta. Entonces podríamos hacer meticulosamente el plan de una sociedad futura, y trabajar para lograr su realización. Pero los seres humanos no son máquinas destinadas a trabajar según un modelo determinado.

Entre el tiempo presente y el futuro existe un inmenso intervalo, en el cual actúan sobre cada uno de nosotros innumerables influencias; y si sacrificamos el presente por el futuro, seguimos trayectorias erróneas hacia un probable fin correcto. Pero los medios determinan el fin; y además, ¿Quiénes somos nosotros para decidir lo que el hombre debe ser? ¿Con qué derecho pretendemos moldearle de acuerdo con un determinado patrón derivado de algún libro, o forjado por nuestras propias ambiciones, esperanzas y temores?

La verdadera educación no tiene nada que ver con ninguna ideología, por mucho que ésta prometa una utopía futura; ni está fundada en ningún sistema, por bien pensado que sea; ni tampoco constituye un medio de condicionar al individuo de una manera especial. La educación, en el verdadero sentido, capacita al individuo para ser maduro y libre; para florecer abundantemente en amor y bondad. En esto es que debiéramos estar interesados y no en moldear al niño de acuerdo con una norma idealista.

Cualquier método que clasifique a los niños de acuerdo con su temperamento y aptitud, no hace más que acentuar sus diferencias; crea antagonismos, estimula las divisiones sociales y no ayuda a desarrollar seres humanos íntegros. Es evidente, pues, que ningún método ni ningún sistema pueden asegurar una verdadera educación, y la estricta adhesión a un método particular demuestra indolencia por parte del educador. Mientras la educación se base en principios preparados de antemano, podrá tal vez producir hombres y mujeres eficientes, pero no seres humanos creadores.

Sólo el amor puede crear la comprensión de los demás. Donde hay amor hay comunión instantánea con los otros, en el mismo nivel y al mismo tiempo. Por ser nosotros mismos tan secos, tan vacíos, tan faltos de amor, hemos permitido que los gobiernos y los sistemas se encarguen de la educación de nuestros hijos y de la dirección de nuestras vidas; mas los gobiernos quieren técnicos eficientes, y no seres humanos, porque los seres humanos son peligrosos para los gobiernos, así como también para las religiones organizadas. Por esto es que los gobiernos y las organizaciones religiosas buscan el dominio sobre la educación.

La vida no puede adecuarse a un sistema, no puede estar sujeta a una norma, por noble que ésta se conciba; y una mente que se ha formado sólo de hechos y conocimientos es incapaz de enfrentarse a la vida en toda su diversidad, su sutileza, su profundidad y sus grandes alturas. Cuando educamos a nuestros hijos de acuerdo con un sistema de pensamiento o una disciplina particular, cuando les enseñamos a pensar dentro de determinados surcos y divisiones, les impedimos que lleguen a ser hombres y mujeres íntegros, y por consecuencia resultan incapaces de pensar inteligentemente, o sea de hacerle frente a la vida en su totalidad.

La suprema función de la educación es producir un individuo integro que sea capaz de habérselas con la vida como un todo. Tanto el idealista, como el especialista, no se preocupan por el todo, sino por una parte. No puede haber integración mientras uno persigue un modelo ideal de acción; y la mayoría de los maestros que son idealistas han desechado el amor, porque tienen la mente seca y el corazón duro. Para estudiar a un niño, uno tiene que estar alerta, vigilante, sensible, receptivo; y esto requiere mucha mayor inteligencia y afecto que para animarlo a seguir un ideal.

Otra función de la educación es crear nuevos valores. Implantar únicamente en la mente del niño valores ya existentes para moldearlo conforma a ciertos ideales, es condicionarlo sin despertar su inteligencia. La educación está íntimamente relacionada con la presente crisis del mundo, y el educador que ve las causas de este caos universal, debería preguntarse cómo ha de despertar la inteligencia en el estudiante, para así ayudar a la futura generación a no traer ulteriores conflictos y desastres. El educador debe poner todo su pensamiento, todo su cuidado y afecto en la creación de un verdadero ambiente y en el desarrollo de la comprensión, de tal modo que cuando el niño haya crecido y madurado sea capaz de enfrentarse inteligentemente con los problemas humanos que se le presenten. Pero para poder hacer esto, el educador debe comprenderse a sí mismo, en vez de confiar en ideologías, sistemas y creencias.

No pensemos en términos de principios e ideas; por lo contrario, demos atención a las cosas tal como son; porque es la consideración de lo que es lo que despierta la inteligencia, y la inteligencia del educador es mucho más importante que su conocimiento de un nuevo método de educación.

Cuando seguimos un método, aunque éste haya sido elaborado por una persona reflexiva e inteligente, el método se convierte en algo muy importante; y los niños sólo resultan importantes en la medida en que encajen dentro del método. Medimos y clasificamos al niño, y después procedemos a educarlo con arreglo a algún plan. Este procedimiento puede ser conveniente para el maestro, pero ni la práctica de un sistema, ni la tiranía de la opinión y del proceso de aprendizaje, pueden producir un ser humano íntegro.

La verdadera educación consiste en comprender al niño tal como es, sin imponerle un ideal de lo que opinamos que debiera ser. Encuadrarle en el marco de un ideal es incitarlo a ajustarse a ese ideal, lo que engendra en él temores y le produce un conflicto constante entre lo que es y lo que debiera ser; y todos los conflictos internos tienen sus manifestaciones externas en la sociedad. Los ideales son un obstáculo real para nuestra comprensión del niño y para que el niño se comprenda a sí mismo.

Un padre de familia que quiere realmente comprender a su hijo no lo mira a través del velo de un ideal. Si ama a su hijo, lo observa directamente, estudia sus tendencias, sus caprichos, sus peculiaridades. Es sólo cuando no sentimos amor por el niño que le imponemos un ideal, porque entonces son nuestras ambiciones las que tratan de realizarse en él, queriendo que llegue a ser esto o aquello. Si amamos al niño, entonces hay una posibilidad de ayudarle a que se comprenda a sí mismo tal como es.

Si un niño miente, por ejemplo, ¿de qué sirve ponerle delante el ideal de la verdad? Primero hay que averiguar por qué miente. Para ayudarlo necesitamos tiempo para estudiarlo y observarlo, lo cual requiere paciencia, amor y cuidado; por otra parte, cuando no sentimos amor ni tenemos comprensión, obligamos al niño a seguir un molde que llamamos un ideal.

Los ideales son un escape conveniente, y el maestro que los sigue es incapaz de comprender a sus alumnos y de trabajar con ellos inteligentemente. Para ese maestro el ideal futuro, lo que el niño debe ser, es mucho más importante que lo que el niño es en el presente. La persecución de un ideal excluye el amor, y sin amor no se puede resolver ningún problema humano.

Si el maestro es un verdadero maestro, no dependerá de un método, sino que estudiará a cada alumno individualmente. En nuestras relaciones con los niños y los jóvenes, debemos pensar que no estamos bregando con artefactos mecánicos, que se pueden reparar con facilidad, sino seres vivientes, que son impresionables, volubles, miedosos, sensibles, afectuosos; y que para convivir con ellos tenemos que estar dotados de gran comprensión, tenemos que poseer la fuerza de la paciencia y del amor. Si nos faltan estas cualidades, buscamos remedios fáciles y rápidos con la esperanza de obtener resultados maravillosos y automáticos. Si no estamos alertas, si nuestras actitudes y acciones son mecánicas, nos asustaremos ante cualquier exigencia perturbadora que no podamos vencer por reacciones automáticas; y ésta es una de nuestras mayores dificultades en la educación.

El niño es el resultado del pasado y del presente y está ya condicionado por estas circunstancias. Si le transmitimos nuestro pasado, perpetuaremos su condicionamiento y el nuestro. Hay una transformación radical sólo cuando comprendemos nuestro condicionamiento y nos libertamos de él. Discutir lo que debe ser la verdadera educación, mientras nosotros mismos estamos condicionados, es completamente fútil.

Mientras los niños son tiernos, debemos, por supuesto, protegerlos de todo daño físico, e impedir que se sientan físicamente inseguros. Pero desgraciadamente no nos detenemos ahí; queremos dar forma a su manera de pensar y sentir; queremos amoldarlos a nuestros anhelos e intenciones. Procuramos plasmarlo en nuestros hijos para perpetuar en ellos nuestro ser. Construimos muros a su alrededor, los condicionamos con nuestras creencias ideológicas, con nuestros temores y esperanzas, y entonces nos lamentamos y oramos cuando los matan o los mutilan en las guerras, o cuando sufren de alguna otra manera con las experiencias de la vida.

Tales experiencias no proporcionan libertad; por el contrario, fortifican la voluntad del “yo”. El “yo” está compuesto de una serie de reacciones defensivas y expansivas, y su realización se manifiesta siempre en sus propias proyecciones y en las identificaciones que lo satisfacen. Mientras traduzcamos la vivencia en términos del “yo” del “mi”, y de “lo mío”; mientras el “yo”, el “ego”, se mantenga por medio de sus reacciones, la experiencia no podrá liberarse del conflicto de la confusión y del dolor. La libertad sólo existe cuando comprendemos las actuaciones del “yo”, del que vive la experiencia. Solo cuando el “yo” con sus acumuladas reacciones, no es el que vive la experiencia, esa vivencia adquiere una significación completamente diferente y se convierte en creación.

Si ayudáramos al niño a liberarse de las actuaciones del ego, que causan tanto sufrimiento, entonces cada uno de nosotros se dispondría a alterar profundamente su actitud y su relación con el niño. Los padres y los educadores, mediante su propio pensamiento y conducta, pueden ayudar al niño a liberarse y a florecer en amor y bondad.

La educación actual no estimula en modo alguno la comprensión de las tendencias heredadas y de las influencias ambientales, que condicionan la mente y el corazón y mantienen el temor; y por lo tanto no nos ayuda a romper con los condicionamientos y a crear seres humanos íntegros. Cualquier forma de educación que se ocupe sólo de una parte, y no de la totalidad del hombre, inevitablemente ha de aumentar los conflictos y los sufrimientos.

Es sólo en la libertad individual que el amor y la bondad pueden florecer; y sólo la verdadera clase de educación puede ofrecer esa libertad. Ni la conformidad con la sociedad del presente, ni la promesa de una utopía futura, podrán dar jamás al individuo la intuición, sin la cual está creando problemas constantemente.

El verdadero educador, viendo la naturaleza interna de la libertad, ayuda a cada alumno individualmente a observar y a comprender los valores e imposiciones que son proyección de sí mismo; lo ayuda a estar alerta a las influencias condicionadas que lo rodean, y a sus propios deseos, factores ambos que limitan su mente y engendran temor; lo ayuda según va haciéndose hombre, a observarse y comprenderse en relación con todas las cosas, porque es el ansia de la realización del yo, lo que trae conflictos y tristezas interminables.

Indudablemente que es posible ayudar al individuo a percibir los valores perdurables de la vida, sin condicionamiento. Algunos dirán que este desarrollo total del individuo ha de conducir al caos; pero, ¿será así? Ya existe la confusión en el mundo, y esta confusión ha surgido por no haber educado al individuo a comprenderse a sí mismo. Al mismo tiempo que se le ha dado un poco de libertad superficial, también se le ha enseñado a amoldarse, a aceptar los valores existentes.

Contra esta regimentación muchos se rebelan; pero desgraciadamente su rebelión es una simple reacción egoísta, que obscurece aún más nuestra experiencia. El verdadero educador, alerta a la tendencia de la mente hacia la reacción, ayuda al alumno a alterar los valores del presente, no como reacción contra ellos, sino a través de su comprensión del proceso total de la vida. La plena cooperación entre los hombres, no es posible sin la integración que la verdadera educación puede ayudar a despertar en el individuo.

¿Por qué estamos tan seguros de que ni ésta, ni la próxima generación, aún mediante la verdadera clase de educación, podrán lograr ninguna alteración fundamental en las relaciones humanas? Nunca lo hemos intentado, y como la mayor parte de nosotros aparentemente le tenemos miedo a la verdadera educación, no nos sentimos inclinados a hacer la prueba. Sin investigar realmente esta cuestión en su totalidad, afirmamos que la naturaleza humana no puede cambiarse, aceptamos las cosas como están y estimulamos al niño a que se ajuste a la sociedad actual; lo condicionamos a nuestros modos actuales de vida y esperamos que suceda lo mejor. ¿Pero puede considerarse educación esa conformidad con los valores del presente, que nos conducen a la guerra y al hambre?

No nos engañemos creyendo que este condicionamiento ha de lograr la inteligencia y la felicidad. Si permanecemos temerosos, faltos de afecto, apáticos sin esperanza, ello significa que realmente no sentimos interés en estimular al individuo a florecer abundantemente en amor y bondad, y, por el contrario, preferimos que siga cargando con la miseria, con las cuales nos hemos agobiado y de las cuales él también forma parte.

Condicionar al alumno para que acepte el ambiente actual es evidentemente una estupidez. A menos que voluntariamente efectuemos un cambio radical en la educación, somos directamente responsables de la perpetuación del caos y de la miseria; y cuando finalmente sobrevenga alguna revolución monstruosa y brutal, esto sólo ofrecerá a otro grupo de personas la oportunidad de cometer crueldades y explotaciones. Cada grupo que sube al poder desarrolla sus propios métodos de opresión; ya sea la persuasión psicológica o la fuerza bruta.

Por razones políticas e industriales, la disciplina se ha convertido en un factor importante en la presente estructura social, y es por nuestro deseo de tener seguridad psicológica que aceptamos y practicamos varias formas de disciplina. La disciplina garantiza un resultado, y para nosotros el fin es más importante que loe medios; mas esos medios determinan el fin.

Uno de los peligros de la disciplina es que el sistema adquiere más importancia que los seres humanos que están dentro del sistema. La disciplina se convierte entonces en un sustituto del amor; y es a causa de la vaciedad de nuestros corazones que nos adherimos a la disciplina. La libertad no puede surgir jamás a través de la disciplina ni de la resistencia; la libertad no es una meta ni un fin que ha de lograrse. La libertad se encuentra en el principio, no en el fin; ni tampoco ha de encontrase en un ideal remoto.

La libertad no significa la oportunidad de lograr la satisfacción propia o el ignorar la consideración a los demás. El maestro que es sincero protegerá a los discípulos y les ayudará por todos los medios posibles a crecer hacia la verdadera clase de libertad; pero le será imposible hacer esto si él mismo está aferrado a una ideología, si es en alguna forma dogmático o egoísta.

La sensibilidad no puede jamás despertarse por la fuerza. Podemos obligar a un niño a estarse quieto exteriormente, pero no nos enfrentamos cara a cara con aquello que lo hace ser obstinado, cínico, etc. La fuerza provoca el antagonismo y el temor. El premio o el castigo en cualquier forma sólo embotan la mente y la someten; y si esto es lo que deseamos, entonces la educación por la fuerza es un medio excelente de proceder.

Pero tal educación no puede ayudarnos a comprender al niño, ni puede crear un adecuado ambiente social en el que dejen de existir el separatismo y el odio. En el amor al niño se encuentra implícita la verdadera educación. Pero la mayor parte de nosotros no amamos a nuestros hijos; sentimos ambición por ellos, lo que significa que sentimos ambición por nosotros mismos. Desgraciadamente estamos tan atareados con las ocupaciones de la mente, que tenemos poco tiempo para sentir los impulsos del corazón. Después de todo, la disciplina implica resistencia; y ¿se conseguirá alguna vez el amor mediante la resistencia? La disciplina sólo puede edificar muros a nuestro alrededor; es siempre exclusiva, y siempre provocadora de conflictos. La disciplina no conduce a la comprensión, porque a la comprensión se llega mediante la observación, mediante el estudio, sin perjuicios de ninguna especie.

La disciplina es una manera muy fácil de dominar a un niño, pero no le ayuda a comprender los problemas que envuelve la vida. Alguna forma de compulsión, como la disciplina de premios y castigos, puede ser necesaria para mantener el orden y la aparente quietud de un gran número de alumnos hacinados en un salón de clases; pero con un buen educador y un número reducido de alumnos, ¿sería acaso necesaria alguna represión que eufemísticamente llamáramos disciplina?. Si las clases son pequeñas y el maestro puede dar toda su atención a cada alumno, observándolo y ayudándolo, entonces la compulsión o la fuerza en cualquier forma es evidentemente innecesaria.

Si en un grupo de esta clase algún alumno persiste en desordenar, o en ser injustificadamente molesto, el educador debe inquirir o investigar la causa de su conducta incorrecta, que puede ser una mala dieta, falta de descanso, disgustos familiares o algún temor oculto.

En la verdadera educación esta implícito el cultivo de la libertad y la inteligencia, lo cual no es posible cuando hay alguna forma de compulsión, con sus temores consiguientes. Al fin y al cabo la misión del maestro es ayudar al alumno entender las complejidades de la totalidad de su ser. Exigirle que reprima una parte de su naturaleza en beneficio de otra parte, es crear en él conflictos interminables que dan por resultado antagonismos sociales. Es la inteligencia y no la disciplina la que produce el orden.

La conformidad y la obediencia no caben en la verdadera educación. La cooperación entre el maestro y el alumno es imposible si no hay afecto y respeto mutuos. Cuando se les exige a los niños que respeten a los mayores, tal acción generalmente se convierte en hábito, en mera actuación externa y el temor asume la apariencia de veneración. Sin respeto y consideración no es posible que haya relación vital, especialmente cuando el maestro es un simple instrumento de sus conocimientos.

Si el maestro exige respeto de parte de sus alumnos, y él a su vez los respeta muy poco, evidentemente esto ocasionará indiferencia y falta de respeto por parte de ellos. Sin respeto a la vida humana, el conocimiento sólo conduce a la destrucción y la miseria. El cultivo del respeto que se debe a los demás es parte esencial de la verdadera educación; pero si el educador no posee esa cualidad, no puede ayudar a sus alumnos a vivir una vida íntegra.

La inteligencia es el discernimiento de lo esencial, y para discernir lo esencial hay que estar libre de los impedimentos que la mente proyecta en busca de su propia seguridad y comodidad. El temor es inevitable mientras la mente busca seguridad; y cuando los seres humanos están regimentados en alguna forma, se destruyen la inteligencia y la actitud alerta.

El fin de la educación es cultivar las verdaderas relaciones que deben existir no sólo entre los individuos, sino también entre éstos y la sociedad; y es por eso esencial que la educación, ante todo, ayude al individuo a comprender sus propios procesos psicológicos. La inteligencia consiste en comprender a sí mismo y en proyectarse más allá de y sobre sí mismo; pero no puede haber inteligencia mientras haya temor. El temor pervierte la inteligencia y es una de las causas de la acción egoísta. La disciplina puede suprimir el temor, pero no lo destruye; y el conocimiento superficial que recibimos hoy día es la educación, oculta aún más ese temor.

Cuando somos niños, el temor se nos inculca a la mayoría de nosotros en la escuela y en el hogar. Ni los padres ni los maestros tienen la paciencia ni el tiempo ni la sabiduría para disipar los temores instintivos propios de la niñez, los cuales, según vamos creciendo, dominan nuestras actitudes y nuestros juicios y nos crean muchos problemas. La verdadera educación debe tener en consideración este problema del temor, porque el temor deforma nuestra visión total de la vida. No tener miedo es el principio de la sabiduría, y sólo la verdadera educación puede lograr la liberación del temor, en la cual existe únicamente la profunda inteligencia creadora.

El premio o el castigo por una acción, lo único que hace es fortalecer el egoísmo. Actuar por respeto o consideración a otra persona, en el nombre de Dios o de la patria, conduce al temor; y el temor no puede ser la base de la acción buena. Si quisiéramos ayudar al niño a ser considerado para con los demás, no deberíamos usar el amor como soborno, sino que debiéramos tomar el tiempo que fuese necesario y tener la paciencia de explicar las formas de la consideración.

No existe el respeto a otra persona cuando por ello hay una recompensa; porque el soborno o el castigo resultan más significativos que el sentimiento de respeto. Si no le tenemos respeto al niño, y sólo le ofrecemos una recompensa o le amenazamos con un castigo, estimulamos la codicia y el temor. Puesto que nosotros mismos hemos sido educados a actuar con miras egoístas, no vemos cómo pueda haber acción libre del deseo de ganancia.

La verdadera educación habrá de estimular el pensar en los demás, y la actitud de consideración hacia ellos sin atractivo ni amenaza de ninguna clase. Si no esperamos por más tiempo resultados inmediatos, comenzaremos a ver la importancia de que el educador y el niño estén libres del temor al castigo, de la esperanza de la recompensa, así como de cualquiera otra forma de compulsión; pero la compulsión continuará mientras la autoridad forme parte de las relaciones humanas.

Someterse a la autoridad tiene muchas ventajas si se piensa en términos de ganancias y motivos personales; pero una educación basada en la prosperidad y el beneficio personales sólo puede edificar una estructura social caracterizada por la competencia, el antagonismo y la crueldad. Esta es la clase de sociedad en que hemos sido educados, y son evidentes nuestra animosidad y confusión.

Se nos ha enseñado a doblegarnos ante la autoridad de un maestro, de un libro, de un partido, porque es provechoso hacerlo así. Los especialistas en todos los compartimentos de la vida, desde el sacerdote hasta el burócrata, ejercen su autoridad y nos dominan; pero ningún maestro ni ningún gobierno que usen la fuerza, podrán jamás crear el espíritu de cooperación en la vida de relación, que es esencial para el bienestar de la sociedad.

Si hemos de tener verdaderas relaciones humanas los unos con los otros, no debe haber compulsión, ni siquiera persuasión. ¿Cómo puede haber afecto y cooperación genuinos entre los que están en el poder y los que están sometidos a ese poder? Mediante la consideración desapasionada de esta cuestión de la autoridad y sus muchas implicaciones, a través de la observación de que el mismo deseo de poder es en sí destructivo, surge enseguida una comprensión espontánea de todo el proceso de la autoridad. Desde el momento en que desechamos la autoridad, estamos en consorcio con los demás, y sólo entonces es que hay cooperación y afecto.

El problema vital de la educación es el educador. Aún un pequeño grupo de alumnos se convierte en instrumento de importancia personal del educador, si éste utiliza la autoridad como medio para su propia liberación, si la enseñanza es para él una expansiva realización de sí mismo. Pero la mera aceptación intelectual o verbal de los efectos nocivos de la autoridad, es estúpida y vana.

Debemos tener un profundo conocimiento de los ocultos móviles de la autoridad y del dominio. Si vemos que la inteligencia nunca puede despertarse por la fuerza, el darnos cuenta de ese hecho disipará nuestros temores, y entonces comenzaremos a cultivar un nuevo ambiente, que transcenderá en gran manera el actual orden social y será opuesto a él.

Para comprender el significado el significado de la vida con sus conflictos y dolores, tenemos que pensar con independencia de toda autoridad, inclusive la autoridad de la religión organizada; pero si en nuestro deseo de ayudar al niño, colocamos ante él ejemplos autoritarios, estaremos estimulando el temor la imitación y varias formas de superstición.

Los que tienen inclinaciones religiosas tratan de imponer al niño las creencias, esperanzas y temores que ellos a su vez han adquirido de sus padres; y los que son antirreligiosos sienten igualmente el mismo deseo de ejercer su influencia sobre el niño, para que acepte el modo particular de pensar que ellos tienen. Todos nosotros queremos que nuestros hijos acepten nuestra forma de culto, o que sigan de corazón nuestra ideología preferida. Es tan fácil enredarse en imágenes y fórmulas, ya sean inventadas por nosotros mismos o por otras personas, que se hace necesario estar a la expectativa y en actitud alerta para evitarlo.

Lo que llamamos religión es simplemente una creencia organizada, con sus dogmas, ritos, misterios y supersticiones. Cada religión tiene su propio libro sagrado, su mediador, sus sacerdotes y sus fórmulas para amenazar y retener a la gente. La mayor parte de nosotros hemos sido condicionados a todo esto, que se considera educación religiosa; pero este condicionamiento coloca al hombre frente al hombre, crea antagonismo, no sólo entre los creyentes, sino también contra los que tiene otras creencias. Aunque todas las religiones afirman que adoran a Dios y dicen que debemos amarnos los unos a los otros, inculcan el con sus doctrinas de premios y castigos, y con sus dogmas de competencia perpetúan la suspicacia y el antagonismo.

Los dogmas, los misterios y los ritos no conducen a la vida espiritual. La educación religiosa, en su verdadero sentido, ha de estimular al niño a comprender su propia relación con las personas, las cosas y la naturaleza. No hay existencia sin relación; y sin el conocimiento de sí mismo toda relación con uno o con muchos, trae conflictos y dolores. Por supuesto que explicar esto cabalmente a un niño es imposible; pero si el educador y los padres captan a plenitud el significado de la convivencia, entones por su actitud, su conducta y su lenguaje, seguramente podrán trasmitir al niño la significación de la vida espiritual, sin necesidad de usar muchas palabras ni muchas explicaciones.

Lo que llamamos educación religiosa desalienta la interrogación y la duda, sin embargo, sólo cuando investigamos la significación de los valores que la sociedad y la religión han colocado ante nosotros, es cuando comenzamos a averiguar lo que es la verdad. Es función del educador examinar profundamente sus propios pensamientos y sentimientos, y desechar los valores que le han proporcionado seguridad y satisfacción, pues sólo entonces puede ayudar a sus alumnos a estar alertas ante sí mismos y a comprender sus propias urgencias y sus propios temores.

La mejor época para crecer en rectitud y claridad es la niñez; y aquellos de nosotros que somos mayores podemos, si tenemos comprensión, ayudar a los jóvenes a liberarse de los obstáculos que la sociedad les ha impuesto, así como también de los que ellos mismos están imponiéndose. Si lamente y el corazón del niños no están moldeados por previos conceptos y prejuicios religiosos, entonces tendrá libertad para descubrir mediante el conocimiento de sí propio, lo que está más allá y por encima de su yo.

La verdadera religión no es un conjunto de creencias y ritos, esperanzas y temores; y si podemos permitir al niño que crezca sin estas influencias perjudiciales, entonces quizá, según vaya adquiriendo madurez, comenzará a inquirir con respecto a la naturaleza de la realidad, de Dios. Es por eso que para educar a un niño es necesario tener profundo conocimiento y comprensión.

La mayor parte de los que tienen inclinaciones religiosas, que hablan de Dios y de la inmortalidad, fundamentalmente no creen en la libertad individual ni en la integración. Sin embargo, la verdadera religión es el cultivo de la libertad en la búsqueda de la verdad. No puede haber componenda con la libertad. La libertad parcial del individuo no es libertad. Cualquier condicionamiento, ya sea político o religioso, no es libertad, y por lo tanto no podrá jamás traer paz.

La religión no es una forma de condicionamiento. Es un estado de tranquilidad en el cual está la realidad, Dios; pero ese estado creativo puede llegar a ser sólo con el conocimiento propio y la libertad. La libertad trae la virtud, y sin virtud no puede haber tranquilidad. La mente tranquila no es una mente condicionada; no ha sido disciplinada o adiestrada para estar quieta. La quietud lega solamente cuando la mente comprende sus modos de proceder, que son los del “yo”, del ego.

La religión organizada es el pensamiento congelado del hombre, del cual edifica templos e iglesias; se ha convertido en solaz para los temerosos, y en opio para los afligidos. Pero Dios o la verdad, están mucho más allá del pensamiento y de las demandas emocionales. Los padres de familia y los maestros que reconocen sus procesos psicológicos que infunden miedo y tristeza, deben poder ayudar a los jóvenes a observar y entender sus propios conflictos y aflicciones.

Si nosotros, como mayores, podemos ayudar a los niños, según van creciendo, a pensar con claridad y desapasionamiento, a amar, no a albergar animosidades, ¿qué más hay que hacer? Pero si estamos constantemente agarrotando a los demás, si somos incapaces de lograr la paz y el orden en el mundo, cambiando profundamente nuestra manera de ser, ¿de qué valen los libros sagrados y los mitos de las varias religiones?

La verdadera educación religiosa es la que ayuda al niño a comprender inteligentemente, a discernir por sí mismo lo temporal y lo real, y a enfrentarse desinteresadamente a la vida. ¿No sería, por lo tanto, más significativo empezar cada día en el hogar y el la escuela con algún pensamiento serio, o con un ejercicio de lectura que tenga profundidad y significación, más bien que mascullando palabras o frases frecuentemente repetidas?

Las generaciones pasadas, con sus ambiciones, tradiciones e ideales, han traído al mundo miseria y destrucción. Tal vez las generaciones venideras, con la verdadera clase de educación, puedan poner fin a este caos y establecer un orden social más feliz. Si los jóvenes tienen el espíritu de investigación y buscan constantemente la verdad de todas las cosas, ya sean políticas o religiosas, personales o ambientales, entonces la juventud tendrá una gran significación y hay esperanza de un mundo mejor.

La mayor parte de los niños son curiosos, quieren saber; pero su ansiedad de inquirir queda embotada por nuestras aseveraciones pontificales, nuestra impaciencia suprema y nuestra actitud de indiferencia que aparca bruscamente a un lado su curiosidad. Nosotros no estimulamos a los niños para que pregunten, porque estamos recelosos de lo que puedan preguntarnos; y no alentamos su descontento, porque nosotros mismos ya hemos dejado de cuestionar.

La mayoría de los padres y los maestros te temen al descontento porque perturba todas las formas de seguridad; y por eso estimulan a los jóvenes a reprimirlo por medio de empleos permanentes, de herencias, alianzas matrimoniales y el consuelo de los dogmas religiosos. Las personas mayores, conociendo demasiado bien las muchas maneras de entorpecer la mente y el corazón, proceden a embotar al niño tanto como ellos lo están, imponiéndole las autoridades, las tradiciones y las creencias que ellas mismas han aceptado.

Sólo estimulando al niño a que cuestione el libro, cualquiera que sea, a que investigue la validez de los valores sociales existentes, de las tradiciones, de las formas de gobierno, de las creencias religiosas, etc., pueden los educadores y los padres de familia tener la esperanza de despertar y mantener la comprensión crítica y la profunda intuición del niño.

Los jóvenes, si el que están realmente vivos, se sienten llenos de esperanzas e inquietudes; debe ser así, de lo contrario ya están viejos y muertos, y los viejos son los que una vez estuvieron descontentos, pero que han tenido éxito en apagar esa llama y han encontrado seguridad y consuelo de varias maneras. Anhelan tener permanencia para ellos y sus familiares, y ansían ardorosamente la certeza de sus ideas, la seguridad en sus relaciones y en sus pertenencias; de modo que tan pronto se sienten descontentos, se abstraen en sus responsabilidades, en sus ocupaciones, o en cualquier otra cosa, a fin de eludir ese sentimiento perturbador de descontento.

Cuando somos jóvenes estamos en la época de sentir el descontento, no sólo con nosotros mismos, sino también con todo lo que nos rodea. Debemos aprender a pensar con claridad y sin perjuicios, para no sentirnos interiormente esclavizados y temeroso. La independencia no es para esa sección coloreada del mapa que llamamos nuestro país, sino para nosotros como individuos; y aunque exteriormente seamos dependientes unos de otros, esta mutua dependencia no se hace cruel ni opresiva, si internamente, estamos libres del anhelo de poderío, posición y autoridad.

Debemos entender el descontento, del cual la mayoría de nosotros siente temor. El descontento puede traer lo que parece ser desorden; pero si conduce, como debiera, al conocimiento propio, a la propia abnegación, entonces creará un nuevo orden social y una paz duradera. Con la propia abnegación surge un gozo inconmensurable.

El descontento es el medio que conduce a la libertad; pero para inquirir sin prejuicios, no debe haber ninguna exacerbación emocional, que a menudo se presenta en forma de reuniones políticas, gritos de combate, búsqueda de un “gurú” o maestro espiritual u orgías religiosas de todas clases. Este exceso emocional embota la mente y el corazón, incapacitándolos para intuir y por lo tanto haciéndolos fácilmente moldeables por las circunstancias y el miedo. Es el deseo vehemente de investigar, y no la fácil imitación de la multitud, lo que ha de producir una nueva comprensión de las modalidades de vida.

Los jóvenes se dejan persuadir muy fácilmente por el sacerdote o por el político, por el rico o por el pobre, a pensar de una manera determinada; pero la verdadera clase de educación debe ayudarles a vigilar estas influencias para no repetir como loros los estribillos partidistas, ni caer en astutas trampas de ambición, ya sea la propia o la ajena. No deben permitir los jóvenes que la autoridad les sofoque el corazón la mente. Seguir a otro, por grande que sea, o adherirse a una ideología lisonjera, no ha de contribuir a la paz mundial.

Cuando salimos de la escuela o de la universidad, muchos de nosotros echamos a un lado los libros y nos parece que ya hemos terminado con todo lo que sea aprendizaje; y hay otros que sienten el estímulo de continuar pensando con más amplitud, que se mantienen leyendo y captando lo que otras personas han dicho, y se convierten en adictos al conocimiento. Mientras exista el culto por el conocimiento o por la técnica como medio para llegar al triunfo y al poder, tiene que haber rivalidad despiadada, antagonismo y lucha incesante por el pan.

Mientras el éxito sea nuestra meta, no podemos liberarnos del temor, porque, el deseo de triunfar, inevitablemente engendra el temor al fracaso. Por eso a los jóvenes no se les debe inculcar el culto al éxito. La mayor parte de la gente busca el triunfo en una u otra forma, ya sea en una cancha de tenis, en el mundo de los negocios, o en la política. Todos queremos estar en primer puesto, y ese deseo crea constante conflicto en nosotros mismos y con nuestros vecinos; nos lleva a la rivalidad, la envidia, la animosidad y finalmente a la guerra.

De la misma manera que los mayores, la juventud busca éxito y seguridad; aunque al principio esté descontenta, pronto se torna respetable y no se atreve ir en contra de la sociedad. Los muros de sus propios deseos empiezan a encerrarlos, se alinean con los demás, y finalmente asumen las riendas de la autoridad. Su descontento, que es la propia llama de la investigación, de la búsqueda, de la comprensión, se apaga y muere; y en su lugar aparece el deseo de encontrar un puesto mejor, un matrimonio ventajoso o una carrera de porvenir, todo lo cual es la manifestación del ansia de mayor seguridad.

No hay diferencia esencial entre el viejo y el joven, pues ambos son esclavos de sus propios deseos y placeres. La madurez no es cuestión de edad; viene con la comprensión. El espíritu ardiente de investigación se encuentra tal vez más fácilmente en los jóvenes, porque los viejos han sido ya vapuleados por la vida, gastados por los conflictos, y sólo les espera la muerte en una u otra forma. Esto no significa que no sean capaces de hacer investigaciones, con un propósito, sino que estas cosas les ocasionan más dificultad.

Muchos adultos son inmaduros, más bien infantiles, y ésta es una de las causas que contribuyen a la confusión y a la miseria del mundo. Son los viejos los responsables de la crisis moral y económica prevaleciente; y una de las más desgraciadas flaquezas, es que esperamos que alguien actúe por nosotros y cambie el rumbo de nuestras vidas. Esperamos que otros sean los que se rebelen y construyen de nuevo, mientras nosotros permanecemos inactivos hasta estar seguros de los resultados.

La mayor parte de nosotros perseguimos la seguridad y el éxito; y una mente que busca la seguridad, que ansía el triunfo, no es inteligente y es por lo tanto incapaz de la acción integrada. Sólo puede haber acción integral si una comprende su propio condicionamiento, sus prejuicios raciales, nacionales, políticos y religiosos; es decir, si uno se da cuenta de que las modalidades del “yo” tienden siempre a la separatividad.

La vida es un pozo de aguas profundas. Podemos llegar hasta él con baldes pequeños y sacar sólo poco agua, o podemos venir con grandes cubos y sacar mucho agua para alimentarnos y fortalecernos. Cuando se es joven se está en la época de investigar, de experimentar con todo. La escuela debe ayudar a los jóvenes a descubrir su vocación y sus responsabilidades, y no meramente atiborrar sus mentes con datos y conocimiento técnico; debe ser la tierra en la cual puedan crecer sin miedo, feliz e íntegramente.

Educar a un niño es ayudarlo a comprender la libertad y la integración. Para tener libertad tiene que haber orden, que sólo la virtud puede dar; y la integración sólo se produce en medio de una gran sencillez. Partiendo de innumerables complejidades debemos llegar a la sencillez. Debemos ser sencillos en nuestra vida interna y en nuestras necesidades externas.

La educación de hoy se ocupa tan sólo de la eficiencia externa; desatiende totalmente o pervierte deliberadamente la naturaleza interna del hombre; desarrolla sólo una parte de él y abandona el resto para que se desenvuelva lentamente lo mejor que pueda. Nuestra confusión, nuestro antagonismo y nuestros temores internos, siempre dominan la estructura externa de la sociedad, no importa lo hábilmente construida que esté. Cuando no hay verdadera educación nos destruimos mutuamente, y es imposible la seguridad física de cada uno. Educar bien al alumno es ayudarlo a entender el proceso total de su ser; porque sólo cuando hay integración de la mente y el corazón en cada acción cotidiana, es que puede haber inteligencia y transformación interna.

Al ofrecer información y entrenamiento técnico la educación, sobre todo, estimular una visión integral de la vida; debe ayudar al alumno a reconocer y a destruir en sí mismo, todas las distinciones y todos los perjuicios sociales y disuadirlo de la persecución codiciosa del poder y de la autoridad. Debe estimularle a la verdadera observación de sí mismo y a vivir la vida en su totalidad, lo cual no es dar significación sólo a una parte, al “mí”, y a “lo mío”, sino ayudar a la mente a ir por encima y más allá de sí mismo para descubrir lo real.

Se llega a la libertad únicamente mediante el conocimiento de sí mismo en los menesteres cotidianos; es decir, en las relaciones con la gente, con las cosas, con las ideas y con la naturaleza. Si el educador ayuda al estudiante a integrarse, no puede acentuar de un modo fanático o irrazonable, ningún aspecto particular de la vida. Es la comprensión del proceso total de la existencia lo que produce la integración. Cuando hay autoconocimiento cesa el poder de crear ilusiones; y sólo entonces es posible que la realidad o Dios sea.

Los seres humanos deben estar integrados si han de salir de cualquier crisis, especialmente de la presente crisis mundial, sin sufrir menoscabo alguno; por lo tanto, para los padres y maestros que están realmente interesados en la educación, el principal problemas es cómo desarrollar un individuo integrado. Para hacer esto, evidentemente el educador mismo debe estar integrado; de modo que la verdadera educación es de suprema importancia, no sólo para los jóvenes, sino también para los viejos si quieren aprender y no están ya anquilosados. Lo que somos en nuestro fuero interno es mucho más importante que la cuestión tradicional de qué se le debe enseñar al niño, y si amamos a nuestros hijos, debemos procurar que tengan verdaderos educadores.

Enseñar no debe convertirse en la profesión de un especialista. Cuando ese es el caso, y así sucede con frecuencia, el amor es esencial en el proceso de la integración. Para que haya integración debe haber libertad de temor. La ausencia del temor trae la independencia sin crueldad, sin desprecio para los demás, y este es el factor más esencial en la vida. Sin amor no podemos resolver nuestros numerosos problemas conflictivos; sin amor la adquisición de conocimientos sólo aumenta la confusión y conduce a la propia destrucción.

El ser humano integrado llegará a la técnica por medio de la vivencia, porque el impulso creativo crea su propia técnica, y ese es el arte supremo. Cuando un niño tiene el impulso creativo de pintar, pinta, sin cuidarse de la técnica, De la misma manera, las personas están “viviendo”, y por lo tanto enseñando, son los únicos verdaderos maestros; y ellos a su vez crearán propia técnica.

Esto parece muy sencillo, pero solamente es una profunda revolución. Si lo pensamos bien, podemos ver el efecto extraordinario que tendrá en la sociedad. Hoy por hoy, la mayor parte de nosotros estamos agotados a los cuarenta y cinco o cincuenta años de edad, por la esclavitud de la rutina, por causa de la sumisión, del temor y de la aceptación; para nada servimos, aunque luchemos en una sociedad que tiene muy poca significación, excepto para los que la dominan y están seguros. Si el maestro ve esto y vive él mismo en realidad, entonces, cualquiera que sea su temperamento y sus habilidades, su enseñanza no será asunto de rutina y sí un instrumento de ayuda.

Para comprender a un niño tenemos que observarlo en sus juegos, estudiarlo en sus diferentes actitudes; no podemos imponerle nuestros propios prejuicios, esperanzas y temores, o moldearlo de acuerdo con el patrón de nuestros deseos. Si constantemente juzgamos al niño de acuerdo con nuestros propios gustos y antipatías, nos exponemos a crear barreras y obstáculos en nuestras relaciones con él y en las suyas con el mundo. Desgraciadamente, la mayoría de nosotros deseamos plasmar al niño en forma que resulte satisfactoria a nuestras vanidades e idiosincrasias; encontramos varios grados de conformidad y satisfacción en poseer y dominar de un modo exclusivo.

Por supuesto que este proceso no es de relación, sino de simple imposición, y por lo tanto es esencial comprender el difícil y complejo deseo de dominar. Asume muchas formas sutiles; y en su aspecto de propia rectitud, es muy obstinado. El deseo de “servir”, con el anhelo inconsciente de dominio, es difícil de comprender. ¿Puede haber amor cuando se quiere ejercer el derecho de posesión? ¿Puede haber comunión con los que deseamos controlar? Dominar es hacer uso de otro para satisfacción propia; y donde se hace uso de otro no hay amor.

Cuando hay amor hay consideración, no sólo para los niños, sino también para todo ser humano. A menos que estemos profundamente conmovidos por el problema no hallaremos jamás el verdadero camino de la educación. El mero adiestramiento técnico inevitablemente produce crueldad, y para educar a nuestros hijos tenemos que ser sensibles al movimiento total de la vida. Lo que pensamos, lo que hacemos, lo que decimos, es de importancia infinita porque crea el ambiente, y ese ambiente ayuda o entorpece al niño.

Es evidente, entonces, que aquellos de nosotros que estamos profundamente interesados en esta cuestión, tendremos que empezar por comprendernos a nosotros mismos, para así poder contribuir a la transformación de la sociedad; haremos que sea nuestra la responsabilidad de lograr un nuevo enfoque de la educación. Si amamos a nuestros hijos ¿no buscaremos un medio para acabar con las guerras? Pero si meramente usamos la palabra “amor” sin sustancia, entonces perdurará el complicado problema de la miseria humana. La solución del problema está en nosotros. Debemos empezar por comprender nuestras relaciones con nuestros semejantes, con la naturaleza, con las ideas y las cosas, porque sin esta comprensión no hay esperanza, no hay solución del conflicto ni del sufrimiento.

Educar a un niño, requiere observación inteligente y cuidado. Los expertos y su conocimiento no pueden jamás reemplazar el amor de los padres, pero la mayoría de los padres corrompe ese amor con sus propios temores y ambiciones, que condicionan y deforman la perspectiva del niño, Somos tan pocos los que nos preocupamos por el amor; más bien nos conformamos en alto grado con la apariencia del amor.

La actual estructura social y educativa no ayuda al individuo a conseguir la libertad y la integración; y si los padres tienen realmente el sincero deseo y la buena fe para que sus hijos crezcan en su más completa capacidad integral, deben comenzar por alterar la influencia del hogar y dedicarse a crear escuelas con verdaderos maestros.

La influencia del hogar y la de la escuela no deben ser contradictorias en forma alguna, por lo que los padres y los maestros deben reeducarse. La contradicción que tan a menudo existe entre la vida privada del individuo y su vida como miembro de un grupo, provoca una lucha interminable dentro de él y en sus relaciones con los demás.

Este conflicto se estimula y se mantiene mediante la educación errónea, y tanto los gobiernos como las religiones organizadas aumentan la confusión de sus doctrinas contradictorias. El niño se divide interiormente desde sus primeros años, lo cual ocasiona desastres personales y sociales.

Si aquellos de nosotros que amamos a nuestros hijos y vemos la urgencia del problema, ponemos nuestra mente y nuestro corazón al servicio de la causa, entonces, por pocos que seamos, a través de la verdadera educación y de un ambiente hogareño inteligente, podemos ayudar a desarrollar seres humanos integrados. Pero si, como tantos otros llenamos nuestro corazón de las astucias de la mente, entonces continuaremos viendo a nuestros hijos destruidos por la guerra, el hambre y por sus propios conflictos psicológicos.

La verdadera educación es consecuencia de la transformación de nosotros mismos. Tenemos que reeducarnos para no matarnos los unos a los otros por cualquier causa, por buena que sea, o por cualquier ideología no importa lo prometedora que aparentemente sea para la futura felicidad del mundo. Debemos aprender a ser misericordiosos, a contentarnos con poco y a buscar lo Supremo, porque sólo así si conseguirá la verdadera salvación de la humanidad.

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Jiddu Krishnamurti, La Educación y el Significado de la Vida.
Education and the Significance of Life, 1950. Jiddu Krishnamurti en español.
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martes, 29 de marzo de 2016

Charla Trasnochada: Capitalismo - Omar Paladini


Bar. Mesa de billar. Mientras el caos organizado de las esferas giraban en la mesa, el amigo exclamo:

-¡Esto no va más, esto no tiene nombre!... ¿En que país vivimos?...

-No entiendo...

-¿Pero vos donde vivís, en un frasco, no ves lo que pasa a tu alrededor?...

-Y, sí, nos pasa, nos sucede, casi como si fuera un accidente fatalista del que nada podemos hacer para evitarlo.

Pero bueno, así están dadas las cosas en este momento

¿Que podemos hacer nosotros?...

¿O sí podemos hacer algo, y el caso es que no lo hacemos?.......

-Es como yo te digo, lo que esta ocurriendo no tiene nombre.

-No es así. Sí que tiene nombre. Se llama: Capitalismo.

Y el valor central -la misma palabra te lo esta diciendo- es el capital, es el dinero y el poder, y no la gente.


















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lunes, 28 de marzo de 2016

La Visión del Árbol de la Vida




El concepto del Árbol de la Vida se ha utilizado en la ciencia, la religión, la filosofía, la mitología, y otras áreas. Un Árbol de la Vida es un motivo existente de diversas formas en diferentes teologías, mitologías, y filosofías del mundo. Además, el Árbol de la Vida es un concepto místico en alusión a la interconexión de toda la vida en nuestro planeta, y una metáfora de la descendencia común, en el sentido de la evolución.



De acuerdo con la Enciclopedia Británica, el árbol de la ciencia, que es la conexión con el cielo y el inframundo, y el Árbol de la Vida, que es la conexión de todas las formas de creación, son formas del llamado árbol del mundo o árbol cósmico. Según algunos estudiosos, el Árbol de la Vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal, representados en varias religiones y filosofías, son del mismo árbol.



De acuerdo con otros, sin embargo, el concepto del Árbol de la Vida, es distinto al concepto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, aunque sólo sea porque comer de este último, lleva a la muerte y no a la vida.



Por otra parte, también ambos se consideran distintos porque se menciona en el Génesis que existe otro árbol distinto además del Árbol de la Vida en el Jardín del Edén. Según la Biblia, a los seres humanos se les prohíbe la entrada al Jardín del Edén por el tiempo que se menciona esto. Las religiones abrahámicas son semitas de origen, y no indo-europeas, lo que podrían servir para explicar relegando la idea de un árbol cosmológico de sectas esotéricas (por ejemplo, Kabballah) en la mayoría de las culturas semíticas.



Varios árboles de la vida aparecen en el folclore, la cultura y la ficción, a menudo relacionados con la inmortalidad o la fertilidad. Tales árboles han tenido su origen en un simbolismo religioso.



En la mitología egipcia, en el sistema de la Enéada (los nueve dioses) de Heliópolis, la primer pareja, además de Shu y Tefnut(humedad y sequedad) y Geb y Nuit (Cielo y Tierra), son Isis y Osiris.



Se decía que Isis y Osiris habían emergido del árbol de la acacia de Iusaaset, la gran diosa madre egipcia. Tal árbol, los egipcios lo consideraban el "árbol de la vida," refiriéndose a él como el "árbol en el que se encerraba la vida y la muerte."



Un mito muy posterior, relata cómo Set mató a Osiris, quien fue colocado en un ataúd, y arrojado al Nilo. El ataúd se entierra en la base de un árbol de tamarindo.


Por otro lado, el Sicomoro Santo de los egipcios también estaba en el umbral de la vida y la muerte, conectando los dos mundos.



En la antigua Armenia, el Árbol de la Vida era un símbolo religioso y fue dibujado en las paredes de las fortalezas y tallado en la armadura de los guerreros. Las ramas del árbol se dividen en partes iguales en los lados derecho e izquierdo de la madre. Cada rama tenia una sola hoja, y también había una sola hoja en el ápice del árbol. Los siervos aparecían a cada lado del árbol con una de sus manos levantada, como si estuvieran cuidando del árbol.



Lo que se conoce como el Árbol de la Vida asirio estuvo representado por una serie de nodos y líneas entrecruzadas. Al parecer era un símbolo religioso importante, asistido a menudo por los Dioses Cabeza de Águila y sacerdotes, o el Rey. Los asiriólogos no han llegado a un consenso en cuanto al significado de este símbolo. Es multi-valente. El nombre de "Árbol de la Vida" se le ha atribuido por la investigación moderna. Tal concepto no es utilizado en fuentes asirias. De hecho, ninguna prueba textual relacionada con el símbolo se sabe que exista.




El concepto de Árbol de la Vida aparece en los escritos de la religión monoteísta persa fundada en el siglo XIX, denominada Bahaismo, donde se puede hacer referencia a quien se le conoce como, Manifestación de Dios, un gran maestro que aparece a la humanidad de edad en edad.



El concepto se puede dividir aún más, con el Maestro Manifestado en las raíces y el tronco del árbol, y sus seguidores como las ramas y hojas. El fruto producido por el árbol nutre una civilización en contínuo progreso.



En la mitología china, un relieve esculpido de un árbol de la vida representa un fénix y un dragón. El dragón representa a menudo la inmortalidad. Una historia taoísta habla de un árbol que produce un melocotón cada tres mil años. El que come el fruto recibe la inmortalidad.



En China, un descubrimiento arqueológico en la década de 1990s encontró un pozo de sacrificio en Sanxingdui en Sichuan, China. Data de alrededor de 1200 a C, y contenía tres árboles de bronce, uno de ellos de 4 metros de altura. En la base había un dragón, y un fruto colgando de las ramas más bajas. En la parte superior esta una extraña creatura alada (phoenix) con garras. También encontrado en Sichuan, de finales de la dinastía Han (25 al 220) esta otro árbol de la vida. La base de cerámica está custodiada por una bestia con cuernos y alas. Las hojas del árbol son las monedas y las personas. En la cúspide esta un pájaro con monedas y el sol.



En el paganismo germánico, los árboles han jugado, y siguen desempeñando en el paganismo y neopaganismo reconstructivo germánico, un papel destacado, apareciendo en diversos aspectos de textos que nos han llegado y, posiblemente, en los nombres de los dioses.





El Árbol de la Vida aparece en la religión nórdica como Yggdrasil, el árbol del mundo, un enorme árbol (a veces considerado un tejo o fresno), con amplia tradición a su alrededor. Tal vez relacionado con Yggdrasil, relatos han sobrevivido de las tribus germánicas, “honrando a los árboles sagrados en sus sociedades.”



Ejemplos son el roble de Thor, los bosques sagrados, el árbol sagrado de Uppsala, y el pilar Irminsul de madera.











En la mitología nórdica, las manzanas de la caja de cenizas de Idunn proporcionan la inmortalidad de los dioses.



Etz Chaim, o Árbol de la Vida en hebreo, es un término común usado en el judaísmo. La expresión, la cual se encuentra en el Libro de los Proverbios, es aplicada en sentido figurado a la propia Torá.



Etz Chaim es también un nombre común para Yeshivás (centro de estudios para el Tora y el Talmud) y sinagogas, así como para las obras de la literatura rabínica. Además, también se utiliza para describir cada uno de los palos de madera al que está conectado el pergamino de un Sefer Torá.



El Árbol de la Vida se menciona en el libro del Génesis, que es distinto del árbol del conocimiento del bien y del mal.



Después de que Adán y Eva cayeron de la gracia de Dios, al comer del fruto del árbol del conocimiento, fueron expulsados ​​del Jardín del Edén. Permaneciente en el jardín, sin embargo, quedo el árbol de la vida.



Para evitar el acceso a este árbol en el futuro, dos querubines con una espada de fuego fueron puestos a la entrada del jardín. (Génesis 3:22-24)



En el libro de los Proverbios, el árbol de la vida se asocia con la sabiduría: “[La sabiduría] es un árbol de la vida a los que de ella echan mano, y bienaventurados son los que retienen su ayuno.” (Proverbios 3:13-18) En el 15:04 de Proverbios, el árbol de la vida se asocia con calma: “La lengua apacible es árbol de vida, pero la perversidad en ella es una herida en el espíritu.”





Tanto el Tabernáculo como el Arca de la Alianza eran de madera de acacia o de árbol Sitá (Ex 25:10, 26:15), el cual es identificado por los egipcios con el árbol de la vida.



Tradicionalmente, la zarza ardiente se creía que era de acacia.



El Libro de Enoc, generalmente considerado no-canónico, sostiene que en el momento del Gran Juicio Final, Dios dará para comer, a todos aquellos cuyos nombres están en el Libro de la Vida, la fruta del Árbol de la Vida.



El misticismo judío representa el árbol de la vida en forma de diez nodos interconectados, como una parte importante de la Cábala. Como tal, se asemeja a los diez Sefirot.



En el Cristianismo, además del Libro de Proverbios, el Árbol de la Vida es simbólicamente descrito en el Libro del Apocalipsis, como teniendo propiedades curativas: “el ángel me mostró el río de las aguas de la vida, claro como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero en el medio de la calle de la ciudad. A cada lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto. Y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones.” (Apocalipsis 22:1-2)



En el cristianismo católico, el Árbol de la Vida representa el estado inmaculado de la humanidad libre de la corrupción y el pecado original antes de la caída.


En el cristianismo oriental del árbol de la vida es el amor de Dios.



De acuerdo con la doctrina del Swedenborgianismo en todo el mundo, los doce primeros capítulos del Génesis son un relato simbólico de las antiguas verdades.



En su gran libro Exegis Coelestia Arcana, Emanuel Swedenborg (1688-1772) expone el simbolismo y el significado espiritual subyacente de ambos Génesis y el Éxodo. El simbolismo en relación con el Árbol de la Vida, de acuerdo con Emanuel Swedenborg, refleja la percepción de nuestra mente (o espíritu, que es lo mismo, según la filosofía de Swedenborg).



La naturaleza del árbol, o la calidad del árbol, depende de nuestro estado interior. Es descrito como el Árbol de la Vida, cuando nuestra voluntad se centra en lo que es lo bueno y verdadero (las verdades espirituales o verdades de la fe). Sin embargo, es descrito como el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, cuando nuestra voluntad se centra en el mero conocimiento de memoria natural y una actitud de “ver para creer.”



El resultado de que nosotros confiemos y vivamos nuestra vida según nuestro propio entendimiento es que, a partir del momento de comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal en adelante, vamos a considerar racionalmente en qué creer y discernir con nuestro propio entendimiento natural.



De lo contrario aceptariamos lo que es bueno directamente por nuestra voluntad, tal como fue representado de los pueblos más antiguos de Adán. Eva, entonces, representa una voluntad independiente que se nos ha dado, y los dos, tanto la voluntad como el entendimiento, se separan.



En el libro de Apocalipsis, el árbol vuelve a aparecer en el medio del jardín.



El Árbol de la Vida aparece en el Libro de Mormón, en una revelación a Lehi. El árbol y su fruto es un símbolo del amor de Dios. Su fruta es descrita como “la más preciosa y la más deseable que cualquier otra fruta” lo cual es, “el más grande don de Dios.”





En Doctrinas y Convenios, otro libro de escritura sagrada, la salvación es llamada “el más grande don de Dios.” Debido a estas referencias, el árbol de la vida y su fruto es algunas veces entendido como un símbolo de la salvación y de la existencia post-mortal en la presencia de Dios y su amor.




En el mundo turquico, “El árbol de la vida” o el “árbol del mundo” es una figura central en la mitología turquica. El árbol del mundo se define como el árbol de la cosmología de los mundos.





Entre las culturas precolombinas de Mesoamérica, el concepto de “árbol del mundo” es un motivo frecuente en las cosmologías míticas y la iconografía de Mesoamérica.



Los árboles del mundo encarnan los cuatro puntos cardinales, lo que representa también la cuádruple naturaleza de un árbol central mundial, un axis mundi, o eje del mundo, conectando simbólicamente los planos del inframundo y el cielo con los planos del mundo terrestre.



Las descripciones de los árboles del mundo, tanto en sus aspectos direccionales y centrales, se encuentran en el arte y las tradiciones mitológicas de culturas mesoamericanas, tales como la maya, azteca, Izapa, mixtecos, olmecas y otras. Tales culturas datan de los períodos formativos medio-tardíos de la cronología Mesoaméricana.



Entre los mayas, el árbol del mundo central fue concebido o representado como por un árbol de ceiba. El tronco del árbol también puede ser representado por un caimán en posición vertical, cuya piel evoca el tronco del árbol espinoso.



Árboles direccionales del mundo también están asociados con los cuatro portadores del año en los calendarios mesoamericanos, los colores direccionales y las deidades.



Códices mesoamericanos que han descrito esta asociación incluyen el códice Dresden,



el códie Borgia,



y los códices Fejérváry-Mayer.



Se supone que los sitios de Mesoamérica y centros ceremoniales con frecuencia tenían plantados árboles reales en cada uno de los cuatro puntos cardinales, representando el concepto cuatripartita.



Los árboles del mundo eran representados a menudo con los pájaros en sus ramas y sus raíces extendiéndose en la tierra o el agua y a veces encima de un “monstruo acuático,” símbolo de los infiernos.



El árbol central del mundo también ha sido interpretado como una representación de la banda de la Vía Láctea.



En la religión sintoísta japonesa, tres árboles eran marcados con papel sagrado simbolizando el rayo, y se consideraba que los tres árboles eran sagrados. Después que morían, los ancestros y los animales eran retratados a menudo con ramas de ese árbol.



El Libro de Las Mil y una Noches tiene una historia, ‘El Cuento de Buluqiya,’ en donde el héroe busca la inmortalidad y se encuentra un paraíso con árboles con joyas incrustadas.





Muy cerca se encuentra una fuente de la juventud custodiada por Al-Khidr, o El Verde, un personaje legendario pre-islámico de la mística sufí. Incapaz de derrotar a la guardia, Buluqiya tiene que volver con las manos vacías.



La Epopeya de Gilgamesh es una búsqueda similar de la inmortalidad. En la mitología mesopotámica, Etana busca una“planta de nacimiento” que le proporcione un hijo.



Esto tiene un origen sólido en la antigüedad, siendo encontrado en sellos cilíndricos de Akkad (2390-2249 a C).



Una de las primeras formas de la religión griega tiene sus orígenes relacionados con los cultos a los árboles.

En un mito transmitido entre los iroqueses, la figura de El Mundo en la Espalda del Tortuga, explica el origen de la tierra en la que se describe un árbol de la vida. Según el mito, el árbol se encuentra en los cielos, donde los primeros seres humanos vivieron, hasta que una mujer embarazada se cayó y aterrizó en un mar sin fin. Salvada de ahogarse por una tortuga gigante, ella formó el mundo de su espalda sembrando corteza extraída del árbol.



El artista escocés contemporáneo, Jen Delyth, creó un árbol celta del símbolo de la vida, en parte basado en la antigua veneración celta de los árboles y los diseños tradicionales celtas.



El motivo del Árbol de la Vida está presente en las tradiciones y cosmología tradicional Ojibwa. A veces se describe como la abuela de cedro, o Giizhig Nookomis en Anishinaabemowin, o sea, el idioma Ojibwa.



En Dictionaire Mito-Hermetiqe (París, 1737), Antoine-Joseph Pernety, un famoso alquimista, identifíca el Árbol de la Vida con el Elixir de la Vida y la Piedra Filosofal.



En su libro, El Edén en el Oriente (1998), Stephen Oppenheimer sugiere que una cultura de culto al árbol floreció en Indonesia y se difundió en el llamado “Dryas Reciente” evento que sucedió en 8000 a C, cuando el nivel del mar subió debido a un cambio glacial. Esta cultura llegó a China (Sichuan), posteriormente a la India y después al Medio Oriente. Finalmente la cadena fino-ugarítica de esta difusión se propagó a través de Rusia y Finlandia, donde el mito nórdico de Yggdrasil se arraigó.



El movimiento Rastafari y algunos cristianos coptos consideran el cannabis como el Árbol de la Vida.



Pero también el Árbol de la Vida en la ciencia es una metáfora muy usada que describe las relaciones de toda la vida en la Tierra en un contexto evolutivo. Charles Darwin habla sobre la concepción de la evolución y de los ecosistemas como un “banco enredado” en su libro, El Origen de las Especies.



Sin embargo, en el ejemplo único del libro se muestra un diagrama ramificado que más bien asemeja la forma de un árbol.



Las relaciones evolutivas del árbol de la vida fueron redefinidas por el gran microbiólogo estadounidense, Carl Woese, a partir de datos genéticos. Woese es el descubridor del dominio Archaea, un reino animal de microorganismos unicelulares, y un pionero en métodos genéticos moleculares de la biología evolutiva.



Charles Darwin en su libro, “EL Origen de las Especies” dice:“Desde el primer crecimiento del árbol, muchas ramas y brazos se han secado y caído. Tales son de variados tamaños y representan aquellos órdenes, familias o géneros que no tuvieron representantes vivientes y los cuales nos han sido conocidos solo a través de fósiles.





Al ver nosotros aquí y allí, una delgada, y dispersa rama brotar de una bifurcación inferior en un árbol, y por el cual ha sido favorecida y está aún viva en su cumbre, así nosotros vemos ocasionalmente un animal como el ornitorrinco, o el pez salamandra escamoso, un pez pulmonado, los cuales en algún pequeño grado se conectan por sus afinidades con dos grandes ramas de la vida, y los cuales aparentemente han sido salvos de la competencia fatal habiendo habitado en una zona protegida.





Así como los brotes dan lugar a nuevos y frescos brotes, y estos, si son vigorosos, se ramifican y superan en todos lados a ramas más delgadas, así por generaciones, pienso, ha sucedido con el Gran Árbol de la Vida, el cual llena con sus ramas caídas y muertas la corteza de la tierra, y cubre la superficie con sus siempre derivadas y hermosas ramificaciones.”......."


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Continua con la visión del Árbol de la Vida descrita y discutida en el Libro de Mormón, una de las escrituras del movimiento religioso denominado Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y publicado por Joseph Smith, Jr. en 1830.

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Extraído de: http://clubdepensadoresuniversales.blogspot.com.ar/2011/12/el-concepto-del-arbol-de-la-vida-se-ha.html
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