domingo, 21 de agosto de 2022

Los sefirot y la evolución

Los 10 Sefirot - Involución y Evolución - La Creación del Mundo

  Cuando describe el misterio de la creación, la Cábala identifica los 10 sefirot con las 10 energías creadoras. Según el Sefer Yetzirah, cada sefira es la emanación de una energía del Dios creador. Estas potencias divinas manifiestan en la creación del mundo finito el poder supremo del Infinito. La palabra Sefira designa una “emanación numérica” y sugiere la idea de que una cosa es engendrada por otra cosa, respetando un cierto orden a partir del sefira Kether, el impulso divino de la vida, hasta llegar al sefira Malkut, el mundo material.

  En el sentido de la manifestación desde lo divino hasta lo material, los sefirot son: Kether, Hokmah, Binah, Chesed, Geburah, Tipheret, Netzah, Hod, Yesod et Malkut. Este orden es llamado “involutivo” puesto es el sentido en el cual el universo ha sido creado.

 El orden inverso, llamado “evolutivo”, es aquél que se tendrá que tomar para reanudar con el origen, la chispa de la vida divina que se esconde en nuestro interior.

 Es importante señalar que cada uno de los sefirot contiene una parte de todos los otros que están hacia “arriba” y también contiene la energía necesaria para engendra los sefirot que están hacia “abajo”.

 En el orden inverso, los 10 sefirot del “árbol de la vida” corresponden a las diez etapas de la purificación espiritual que el iniciado debe recorrer para pasar del mundo material al divino, es decir, a la unión con Dios.

 Según la Cábala, cada uno de nosotros tenemos una parte de cada sefira. Por otra parte, hay sefirot que se anulan entre sí, como Hokmah y Binah y otros que concuerdan entre sí y que se energetizan, como Geburah y Kether. Estos principios son el fundamento mismo de la psicología y de la condición humana.

 El enlace entre el espíritu y la materia se sitúa, en primer lugar en el sistema endocrino (el sistema de glándulas de secreción interna) y en segundo lugar en el cerebro y en el sistema nervioso.


  Resumen, y lo que debe ser retenido para relacionar: 

10) Malkut (Reino): representa el mundo material
9) Yesod (Fundamento): representa el éter, las ilusiones y las causas ocultas
8) Hod (Gloire): representa la razon
7) Netzach (Victoria): representa las emociones
6) Tipheret (Equilibrio, Belleza) : representa el equilibrio y la armonia
5) Geburah (Rigor, Temor, Destruccion): representa la destruccion y la justicia
4) Chesed (Gracia): representa la inspiración y la bondad
3) Binah (Comprension, Inteligencia): representa la forma y la inteligencia
2) Hocmah (Sabiduria): representa el impulso creador divino
1) Kether (Corona): representa la iluminacion y la fusion con lo divino

 Eliphas Levi afirma que la organización de las cartas del Tarot, de acuerdo con un orden definido, descubre todo lo el hombre puede conocer acerca de su Dios, su universo, y él mismo. 

 Cuando los diez números correspondientes a las energias creadoras (sefirot) se combinan con las 22 cartas relativas a los canales, la suma resultante es de 32 - el número propio de las vías cabalísticas de acceso a la Sabiduría.

 Según los cabalistas, la misma razón que relaciona los 10 sefirot à las 22 letras del alfabeto hebreo es la que los relaciona con los 22 arcanos mayores.

 La simbología y los significados de cada letra deben corresponder a la simbología y el significado de cada arcano.

 Este número también seria la razón de los 32 grados de la Franc-masonería, que elevan al candidato a la dignidad de un príncipe del Real Secreto, antes de alcanzar la fusión con el absoluto que representa el grado 33.

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Extraído de: https://www.adivinario.com/cabala_22_evolucion.php
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Los Sefirot - Significado y simbología de los sefirot

  Según Eliphas Levi (Dogma de la alta magia, § 10 La Cábala), todas las religiones han conservado en su recuerdo un libro primitivo escrito en figuras simbólicas por los sabios de los primeros siglos del mundo. 

 Este libro primitivo, atribuido a Henoch por los judíos, a Hermes Trimegisto por los egipcios y a Cadmo por los griegos, era el resumen simbólico de una tradición primitiva a la que después se llamó Cábala.

Esta tradición se funda completamente sobre el dogma básico de la magia: lo visible es la medida proporcional de lo invisible. Sobre esta base se representaron los diferentes modos del Verbo o energía creadora del Universo y del hombre.

 Ellos están en la base de las Escrituras, de los signos misteriosos y de los pantaclos. La sabiduría ancestral asignó a esas nociones primitivas la idea misma de número y se expresan con diez figuras simbólicas, que después fueron simplificados y divulgados. Ellos aparecen por primera vez en el Sefer Yetzirah designados como los diez sefirot (סְפִירוֹת plural de sefira).

 Para para explicar lo que es un sefira (ספירה) hay que remontarse a las palabras sapir (ספיר) brillo, seffer (ספר) texto, sippur (סיפור) comunicar o relatar una historia, sfar (ספר) límite, etc, todas derivadas de la raíz SFR, que significa contar, enumerar. 

 La palabra sefirot (סְפִירוֹת) significa algo así como “los diferentes grados en los cuales el brillante creador transmite su luz dando vida a las creaturas”.

 Las diez nociones que constituyen las etapas de la secuencia que culmina con la creación del universo y del hombre son también el camino de regreso al creador. Este proceso engloba lo creado y el creador en una especie de interacción. 

 La sabiduría ancestral dio el nombre de sefirot a esas primeras nociones ligadas a los diez primeros caracteres del alfabeto primitivo y a los diez primeros números. Los 10 sefirot sumados a las 22 letras del alfabeto hebreo constituyen las 32 vías de la sabiduría de las que trata el Sefer Yetzirah. Y a cada uno de los sefira se le atribuye el siguiente significado: 

1. KETHER, la “corona”, el poder equilibrado y moderador (representado por la esvástica)

2. HOKMAH (o CHOKMAH), la Sabiduría, equilibrada en su orden inmutable por la iniciativa y la inteligencia (representado por el poder fálico)

3. BINAH, la Inteligencia activa, equilibrada por la Sabiduría (representado por la Copa o cáliz).

 DAATH (1)

4. CHESED (o HESED), la Misericordia, segunda concepción de la Sabiduría, siempre benévola porque es fuerte. (representadas por los bastos)

5. GEBURAH, el Rigor y la Justicia necesarios para la Sabiduría y la Benevolencia.  Soportar el mal es impedir el bien.(representado por la espada)

6. TIPHERETH, la Belleza, que es la concepción luminosa del equilibrio de las formas, intermediario entre la “corona” y el “reino”, el principio mediador entre el creador y la creacion (representado por la cruz)

7. NETZAH (o NETZACH), la Victoria, es decir, el triunfo eterno de la inteligencia y la justicia. (representado por la rosa)

8. HOD, la Gloria, la eternidad de las victorias del espíritu sobre la materia, del movimiento sobre la inercia, de la vida sobre la muerte. (representado por el dios Hermes)

9. YESOD, el Fundamento, es decir la base de toda creencia y de toda verdad. En filosofía y en religión es la idea de “absoluto”. (representado por un espejo)

10. MALKUT, el “reino”, es el universo, la creación entera, la obra y el espejo de Dios, la prueba de la razón suprema, la consecuencia formal que nos compulsa a remontar a las premisas virtuales, el enigma cuya palabra esencial es el Ser o Dios, es decir,  la razón suprema y absoluta.

 (1) DAATH es una concepción especulativa relativamente moderna. Es mencionado en los primeros escritos Cabalísticos, pero se le considera únicamente como la conjunción de los Principios Masculino y Femenino de Dios, Hokmah y Binah. Realmente, los textos antiguos establecen de la manera más explícita que hay diez sefira, y Daath no es considerado como un sefirot, sino como un puente entre la triada superior y el septenario inferior. Daath corresponde al conocimiento que lleva a la superación de la individualidad. El principio fecundante de Hokmah uniéndose al principio femenino de Binah para dar nacimiento al ser manifestado. Daath es el punto donde cada uno de los diez sefira del árbol de la vida es incorporado a la unidad. Pero Daath no es un sefirot clásico y tradicional, sino una energía activa y única donde se produce la fusión de todos los sefira, donde cesa toda diferencia.

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Extraído de: https://www.adivinario.com/cabala_21_sefirot.php
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La existencia negativa no manifestada - Ain Soph Aur


Ain Soph Aur

La Cábala considera al Dios Creador como un ente incorpóreo, eterno, inmutable y perfecto.  El mundo ha sido creado por su voluntad y por su impulso, ya que se requiere un movimiento para salir del estado de inercia primordial donde no existe ni espacio, ni tiempo, ni movimiento.

Todo lo que existe es la obra de Dios Creador y se mantiene fuera de él. La etimología de la palabra existencia (ex-istere) expresa bien precisamente esa característica: lo que se tiene fuera de sí, algo que se proyecta sin cesar. En este sentido, la existencia (todo lo que existe) es lo objetivo (ob-jectum, lo que está proyectado adelante y fuera de sí). Definir el concepto de existencia negativa es imposible, porque el hacerlo niega su propia existencia.

Cuando, según el texto de la Biblia (Exodo 3:14), Moisés le pregunta a Dios ¿Quién eres?, éste responde: Eheieh (Yo soy el que es). Dios es pues, indefinible, imposible de limitar y precisar, de otra manera él dejaría de ser lo que es, para dar paso a otro Creador superior, lo que es contradictorio. Dios es lo indecible.

Ain es el nombre cabalístico de la Existencia Negativa. Ain Soph, es la Expansión Ilimitada y Ain Soph Aur, la Luz Ilimitada. Son conceptos esotéricos y que expresan la idea esencial de Dios o Creador de todo.

Los 3 velos de la existencia negativa

El árbol de la Vida esta tradicionalmente dividido en cuatro secciones, separados por tres velos horizontales

  • El primer velo es el de la iniciación, (grado de aprendiz en la Francmasonería). Separa el sefira Malkuth del resto del árbol. El iniciado que franquea este velo esta en el pricipio del trabajo. Toma consciencia del mundo inmaterial y puede comenzar a dominar el nivel metal y espiritual.
  • El segundo velo es llamado Paroketh en terminología cabalista (grado de compañero en la Francmasonería). Separa los tres sefirot del mundo psíquico (Yesod, Hod, Netzach) de los sefirot de niveles superiores. El iniciado que los franquea percibe los albores de los planos superiores tomando consciencia de la energía del sefira Tiphereth y de su naturaleza profunda.
  • El tercer velo es aquel de la consciencia misma (grado de maestro en la Francmasonería). El iniciado atraviesa el sefira inmaterial Daath (simbolizado por la muerte de la consciencia física – el pasaje del ataúd en el ceremonial de exaltación masónica). Llega a los niveles superiores atravesando el velo que separa los tres sefirot místicos (Tipereth, Geburah y Hesed) de los tres sefirot metafísicos (Binah, Hokmah y Kether). El iniciado toma consciencia de su naturaleza divina y adquiere el dominio del éxtasis místico.

Se habla de un cuarto velo, el de la existencia, que separa el mismo árbol de la vida de aquello no creado (la no existencia negativa) que es el dominio primordial del Ain Soph Aur. El iniciado que lo franquea alcanza al Ser divino, a Dios Mismo, perdiendo así su existencia (es por eso que está escrito que nadie puede ver a Dios y sobrevivir).

La creacion del Mundo segun la Cábala

ain soph aur  Al comienzo estaba el Ain, la Nada, el vacio Absoluto. Después vino el Ain Soph, el espacio infinito y sin límite. En fin, vino el Ain Soph Aur, la luz intinita, que llenó primero el Ain Soph y después se contrajo, haciendo nacer la vida en la esencia misma de la luz: Kether.

 Esta luz ilimitada se manifiesta como un destello en el alto del árbol de la Vida, en el nivel de la primera corona, el sefira Kether. A partir de Kether, la primera manifestación de la luz ilimitada, el resplandor va recorrer toda la estructura del árbol de la Vida, de arriba hacia abajo, pasando sucesivamente por los 10 sefirot que representan las emanaciones degradadas de la luz.

  El nivel más bajo del árbol de la Vida está representado por Malkuth, correspondiente a nuestro mundo material. La luz adapta su pureza o su frecuencia, degradándola en la medida que ella desciende en el árbol de la Vida, con el fin que nuestro mundo material pueda aprehenderla sin enceguecerse. Ese es el proceso de evolución material. El proceso inverso, la el camino de la involución para reintegrarse a la luz se hace progresivamente a partir desde el sefira Malkuth. La luz desciende hasta nosotros para invitarnos a comprenderla y a seguirla remontando hacia la cima del árbol. En este camino de retorno cada sefira representa una etapa a comprender y a integrar para ser capaz de alcanzar el nivel siguiente, conduciendo al discípulo hacia la iluminación, representada por Kether.

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Extraído de: https://www.adivinario.com/cabala_61_ain_soph_aur.php
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lunes, 1 de agosto de 2022

El Centro - René Guénon


Ya hemos tenido oportunidad de aludir al “Centro del Mundo” y a los diversos símbolos que lo representan[1]; nos es preciso volver sobre esa idea de Centro, que tiene la máxima importancia en todas la tradiciones antiguas, e indicar algunas de las principales significaciones vinculadas con ella. 

Para los modernos, en efecto, esa idea no evoca ya inmediatamente lo que evocaba para los antiguos; en ello como en todo lo que atañe al simbolismo, muchas cosas se han olvidado y ciertos modos de pensamiento parecen haberse hecho totalmente extraños a la gran mayoría de nuestros contemporáneos; conviene, pues, insistir sobre el punto, tanto más cuanto que la incomprensión es más general y más completa a ese respecto.

El Centro es, ante todo, el origen, el punto de partida de todas las cosas; es el punto principal, sin forma ni dimensiones, por lo tanto indivisible, y, por consiguiente, la única imagen que pueda darse de la Unidad primordial. 

De él, por su irradiación, son producidas todas las cosas, así como la Unidad produce todos los números, sin que por ello su esencia quede modificada o afectada en manera alguna. Hay aquí un paralelismo completo entre dos modos de expresión: el simbolismo geométrico y el simbolismo numérico, de tal modo que se los puede emplear indiferentemente y que inclusive se pasa de uno al otro de la manera más natural.

 No hay que olvidar, por lo demás, que en uno como en otro caso se trata siempre de simbolismo: la unidad aritmética no es la Unidad metafísica; no es sino una figura de ella, pero una figura en la cual no hay nada de arbitrario, pues existe entre una y otra una relación analógica real, y esta relación es lo que permite transponer la idea de la Unidad más allá del dominio cuantitativo, al orden trascendental.

Lo mismo ocurre con la idea del Centro; éste es capaz de una transposición semejante, por la cual se despoja de su carácter espacial, el cual ya no se evoca sino a título de símbolo: el punto central, es el Principio, el Ser puro; y el espacio que colma con su irradiación, y que no es sino esa irradiación misma (el Fiat Lux del Génesis), sin la cual tal espacio no sería sino “privación” y nada, es el Mundo en el sentido más amplio del término, el conjunto de todos los seres y todos los estados de Existencia que constituyen la manifestación universal.

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La representación más sencilla de la idea que acabamos de formular es el punto en el centro del círculo (fig. 1): el punto es el emblema del Principio, y el círculo el del Mundo. Es imposible asignar al empleo de esta figuración ningún origen en el tiempo, pues se la encuentra con frecuencia en objetos prehistóricos; sin duda, hay que ver en ella uno de los signos que se vinculan directamente con la tradición primordial. 

A veces, el punto está rodeado de varios círculos concéntricos, que parecen representar los diferentes estados o grados de la existencia manifestada, dispuestos jerárquicamente según su mayor o menor alejamiento del Principio primordial. 

El punto en el centro del círculo se ha tomado también, probablemente desde una época muy antigua, como una figura del sol, porque éste es verdaderamente, en el orden físico, el Centro o el “Corazón del Mundo”; y esa figura ha permanecido hasta nuestros días como signo astrológico y astronómico usual del sol. 

Quizá por esta razón los arqueólogos, dondequiera encuentran ese símbolo, pretenden asignarle una significación exclusivamente “solar”, cuando en realidad tiene un sentido mucho más vasto y profundo; olvidan o ignoran que el sol, desde el punto de vista de todas las tradiciones antiguas, no es él mismo sino un símbolo, el del verdadero “Centro del Mundo” que es el Principio divino.

La relación existente entre el centro y la circunferencia, o entre lo que respectivamente representan, está ya bien claramente indicada por el hecho de que la circunferencia no podría existir sin su centro, mientras que éste es absolutamente independiente de aquélla. 

 

Tal relación puede señalarse de manera aún más neta y explícita por medio de radios que salen del centro, y terminan en la circunferencia; esos radios pueden, evidentemente, figurarse en número variable, puesto que son realmente en multitud indefinida, al igual que los puntos de la circunferencia que son sus extremidades; pero, de hecho, siempre se han elegido para figuraciones de ese género números que tienen de por sí un valor simbólico particular. 

Aquí, la forma más sencilla es la que presenta solamente cuatro radios que dividen la circunferencia en partes iguales, es decir, dos diámetros ortogonales que forman una cruz en el interior del círculo (fig. 2).

Esta nueva figura tiene la misma significación general que la primera, pero se le agregan significaciones secundarias que vienen a completarla: la circunferencia, si se la representa como recorrida en determinado sentido, es la imagen de un ciclo de manifestación, como esos ciclos cósmicos de que particularmente la doctrina hindú ofrece una teoría en extremo desarrollada. 

Las divisiones determinadas sobre la circunferencia por las extremidades de los brazos de la cruz corresponden entonces a los diferentes períodos o fases en que se divide el ciclo; y tal división puede encararse, por así decirlo, a escalas diversas, según se trate de ciclos más o menos extensos: se tendrá así, por ejemplo, y para atenernos solo al orden de la existencia terrestre, los cuatro momentos principales del día, las cuatro fases de la luna, las cuatro estaciones del año, y también, según la concepción que encontramos tanto en las tradiciones de la India y de América Central como en las de la Antigüedad grecolatina, las cuatro edades de la humanidad. 

No hacemos aquí más que indicar someramente estas consideraciones, para dar una idea de conjunto de lo que expresa el símbolo en cuestión; están, por otra parte, vinculadas directamente con lo que diremos en seguida.

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Entre las figuras que incluyen un número mayor de radios debemos mencionar especialmente las ruedas o “ruedecillas”, que tienen habitualmente seis u ocho (figs. 3 y 4).

 

La “ruedecilla céltica”, que se ha perpetuado a través de casi todo el Medioevo, se presenta en una de esas dos formas; estas mismas figuras, sobre todo la segunda, se encuentran también muy a menudo en los países orientales, particularmente en Caldea y en Asiria, en la India (donde la rueda se llama chakra) y en el Tíbet. Por otra parte, existe estrecho parentesco entre la rueda de seis rayos y el crisma[2], el cual, en suma, no difiere de aquélla sino en el hecho de que la circunferencia a que pertenecen las extremidades de los rayos no está trazada de ordinario; ahora bien: la rueda, en lugar de ser simplemente un signo “solar”, como se enseña comúnmente en nuestra época, es ante todo un símbolo del Mundo, lo que podrá comprenderse sin dificultad. 

En el lenguaje simbólico de la India, se habla constantemente de la “rueda de las cosas” o de la “rueda de la vida”, lo cual corresponde netamente a esa significación; y también se encuentra la “rueda de la Ley”, expresión que el budismo ha tomado, como tantas otras, de las doctrinas anteriores, y que por lo menos originariamente se refiere sobre todo a las teorías cíclicas. 

Debe agregarse aún que el Zodíaco también está representado en forma de una rueda, de doce rayos, naturalmente, y que, por otra parte, el nombre que se le da en sánscrito significa literalmente “rueda de los signos”; se podría también traducirlo por “rueda de los números”, según el sentido primero de la palabra râçi, con que se designan los signos zodiacales[3].

Hay además cierta conexión entre la rueda y diversos símbolos, florales[4]; habríamos podido hablar, inclusive, para ciertos casos al menos, de una verdadera equivalencia[5]. Si se considera una flor simbólica como el loto, el lirio o la rosa[6] su abrirse representa, entre otras cosas (pues se trata de símbolos de significaciones múltiples), y por una similitud bien comprensible, el desarrollo de la manifestación; ese abrirse es, por lo demás, una irradiación en torno del centro, pues también en este caso se trata de figuras “centradas”, y esto es lo que justifica su asimilación a la rueda[7]

En la tradición hindú, el Mundo se representa a veces en forma de un loto en cuyo centro se eleva el Meru, la Montaña sagrada que simboliza al Polo.

Pero volvamos a las significaciones del Centro, pues hasta ahora no hemos expuesto, en suma, sino la primera de todas, la que hace de él la imagen del Principio; encontraremos otra en el hecho de que el Centro es propiamente el “medio”, el punto equidistante de todos los puntos de la circunferencia, y divide todo diámetro en dos partes iguales. 

En lo que precede, se consideraba el Centro, en cierto modo, antes que la circunferencia, la cual no tiene realidad sino por la irradiación de aquél; ahora, se lo encara con respecto a la circunferencia realizada, es decir, que se trata de la acción del Principio en el seno de la Creación. 

El medio entre los extremos representados por puntos opuestos de la circunferencia es el lugar donde las tendencias contrarias, llegando a esos extremos, se neutralizan, por así decirlo, y se hallan en perfecto equilibrio. Ciertas escuelas de esoterismo musulmán, que atribuyen a la cruz un valor simbólico de la mayor importancia, llaman “estación divina” (el-maqâmu-l-ilâhi) al centro de esa cruz, al cual designan como el lugar en que se unifican todos los contrarios, que se resuelven todas las oposiciones [8] 

La idea que se expresa más particularmente aquí es, pues, la de equilibrio, y esa idea se identifica con la de la armonía; no son dos ideas diferentes, sino sólo dos aspectos de una misma. Hay aún un tercer aspecto de ella, más particularmente vinculado con el punto de vista moral (aunque capaz de recibir otras significaciones), y es la idea de Justicia; se puede así relacionar lo que estábamos diciendo con la concepción platónica según la cual la virtud consiste en un justo medio entre dos extremos. 

Desde un punto de vista mucho más universal, las tradiciones extremo-orientales hablan sin cesar del “Invariable Medio”, que es el punto donde se manifiesta la “Actividad del Cielo”, y, según la doctrina hindú, en el centro de todo ser, como de todo estado de existencia cósmica, reside un reflejo del Principio supremo.

El equilibrio, por otra parte, no es en verdad sino el reflejo, en el orden de la manifestación, de la inmutabilidad absoluta del Principio; para encarar las cosas según esta nueva relación, es preciso considerar la circunferencia en movimiento en torno de su centro, punto único que no participa de ese movimiento. 

El nombre mismo de la rueda (rota) evoca inmediatamente la idea de rotación; y esta rotación es la figura del cambio continuo al cual están sujetas todas las cosas manifestadas; en tal movimiento, no hay sino un punto único que permanece fijo e inmutable, y este punto es el Centro. 

Esto nos reconduce a las concepciones cíclicas, de las que hemos dicho unas palabras poco antes: el recorrido de un ciclo cualquiera, o. la rotación de la circunferencia, es la sucesión, sea en el modo temporal, sea en cualquier otro modo; la fijeza del Centro es la imagen de la eternidad, donde todas las cosas son presentes en simultaneidad perfecta. 

La circunferencia no puede girar sino en torno de un centro fijo; igualmente, el cambio, que no se basta a sí mismo, supone necesariamente un principio que esté fuera de él: es el “motor inmóvil” de Aristóteles[9] , también representado por el Centro. 

El Principio inmutable, pues, al mismo tiempo, y ya por el hecho de que todo cuanto existe, todo cuanto cambia o se mueve, no tiene realidad sino por él y depende totalmente de él, es lo que da al movimiento su impulso primero y también lo que en seguida lo gobierna y dirige y legisla, pues la conservación del orden del Mundo no es, en cierto modo, sino una prolongación del acto creador. 

 El Principio es, según la expresión hindú, el “ordenador interno” (antaryâni), pues dirige todas las cosas desde el interior, residiendo él mismo en el punto más íntimo de todos, que es el Centro[10].

En vez de la rotación de una circunferencia en torno de su centro, puede también considerarse la de una esfera en torno de un eje fijo; la significación simbólica es exactamente la misma. Por eso las representaciones del “Eje del Mundo” son tan frecuentes e importantes en todas las tradiciones antiguas; y el sentido general es en el fondo el mismo que el de las figuras del “Centro del Mundo”, salvo quizá en que evocan más directamente el papel del Principio inmutable con respecto a la manifestación universal que los otros aspectos en que el Centro puede ser igualmente considerado. 

Cuando la esfera, terrestre o celeste, cumple su revolución en torno de su eje, hay en esta esfera dos puntos que permanecen fijos: son los polos, las extremidades del eje o sus puntos de encuentro con la superficie de la esfera; por eso la idea de Polo es también un equivalente de la idea de Centro. 

El simbolismo que se. refiere al Polo, que reviste a veces formas muy complejas, se encuentra también en todas las tradiciones, e inclusive tiene en ellas un lugar considerable; si la mayoría de los científicos modernos no lo han advertido, ello es una prueba más de que la verdadera comprensión de los símbolos les falta por completo[11].

Una de las figuras más notables, en la que se resumen las ideas que acabamos de exponer, es la del svástika (figs. 5 y 6), que es esencialmente el “signo del Polo”[12];

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Creemos, por otra parte, que en la Europa moderna nunca se ha hecho conocer hasta ahora su verdadera significación. Se ha tratado inútilmente de explicar este símbolo por medio de las teorías más fantasiosas; hasta se ha llegado a ver en él el esquema de un instrumento primitivo destinado a la producción del fuego; en verdad, si a veces existe en efecto alguna relación con el fuego, es por razones muy diferentes. 

Lo más a menudo, se hace del svástika un signo “solar”; si ha podido llegar a serlo, solo pudo ocurrir accidentalmente y de un modo muy indirecto: podríamos repetir aquí lo que decíamos antes acerca de la rueda y del punto en el centro del círculo. 

Más cerca de la verdad han estado quienes han visto en el svástika un símbolo del movimiento, pero esta interpretación es aún insuficiente, pues no se trata de un movimiento cualquiera, sino de un movimiento de rotación que se cumple en torno de un centro o de un eje inmutable; y precisamente el punto fijo es el elemento esencial al cual se refiere directamente el símbolo en cuestión. 

Los demás significados que comporta la misma figura derivan todos de aquél: el Centro imprime a todas las cosas el movimiento y, como el movimiento representa la vida, el svástika se hace por eso mismo un símbolo de la vida o, más exactamente, del papel vivificador del Principio con respecto al orden cósmico.

Si comparamos el svástika con la figura de la cruz inscripta en la circunferencia (fig. 2), podemos advertir que se trata, en el fondo, de dos Símbolos equivalentes; pero la rotación, en vez de estar representada por el trazado de la circunferencia, está solo indicada en el svástika por las líneas agregadas a las extremidades de los brazos de la cruz, con los cuales forman ángulos rectos; esas líneas son tangentes a la circunferencia, que marcan la dirección del movimiento en los puntos correspondientes. 

Como la circunferencia representa el Mundo, el hecho de que esté, por así decirlo, sobreentendida indica con toda nitidez que el svástika no es una figura del Mundo, sino de la acción del Principio con respecto a él [13].

Si el svástika se pone en relación con la rotación de una esfera, tal como la esfera terrestre, en torno de su eje, el símbolo ha de suponerse trazado en el plano ecuatorial, y entonces el punto central será la proyección del eje sobre ese plano, que le es perpendicular. 

En cuanto al sentido de la rotación indicado por la figura, no tiene importancia sino secundaria; de hecho, se encuentran las dos formas que acabamos de reproducir[14], sin que haya de verse en todos los casos la intención de establecer entre ellas una oposición[15]

Sabemos bien que, en ciertos países y en ciertas épocas, han podido producirse cismas cuyos partidarios dieran deliberadamente a la figura una orientación contraria a la que estaba en uso en el medio del cual se separaban, para afirmar su antagonismo por medio de una manifestación exterior; pero ello en nada afecta a la significación esencial del símbolo, que permanece constante en todos los casos.

El svástika está lejos de ser un símbolo exclusivamente oriental, como a veces se cree; en realidad, es uno de los más generalmente difundidos, y se lo encuentra prácticamente en todas partes, desde el Extremo Oriente hasta el Extremo Occidente, pues existe inclusive entre ciertos pueblos indígenas de América del Norte. 

En la época actual, se ha conservado sobre todo en la India y en Asia central y oriental, y probablemente solo en estas regiones se sabe todavía lo que significa; sin embargo, ni aun en Europa misma ha desaparecido del todo[16]. En Lituania y Curlandia, los campesinos aún trazan ese signo en sus moradas; sin duda, ya no conocen su sentido y no ven en él sino una especie de talismán protector; pero lo que quizá es más curioso todavía es que le dan su nombre sánscrito de svástika[17]. En la Antigüedad, encontramos ese signo particularmente entre los celtas y en la Grecia prehelénica[18]; y, aún en Occidente, como lo ha dicho L. Charbonneau-Lassay[19], fue antiguamente uno de los emblemas de Cristo y permaneció en uso como tal hasta fines del Medioevo. 

Como el punto en el centro del círculo y como la rueda, ese signo se remonta incontestablemente a las épocas prehistóricas; por nuestra parte, vemos en él, sin la menor duda, uno de los vestigios de la tradición primordial[20].

Aún no hemos terminado de indicar todas las significaciones del Centro: si primeramente es un punto de partida, es también un punto de llegada; todo ha salido de él, todo debe a él finalmente retornar. 

Puesto que todas las cosas solo existen por el Principio, sin el cual no podrían subsistir, debe haber entre ellas y él un vínculo permanente, figurado por los radios que unen con el centro todos los puntos de la circunferencia; pero estos radios pueden recorrerse en dos sentidos opuestos: primero del centro a la circunferencia, después retornando desde la circunferencia hacia el centro. 

Son como dos fases complementarias, la primera de las cuales está representada por un movimiento centrífugo y la segunda por un movimiento centrípeto; estas dos fases pueden compararse a las de la respiración, según un simbolismo al cual se refieren a menudo las doctrinas hindúes; y, por otra parte, hay también una analogía no menos notable con la función fisiológica del corazón. 

En efecto, la sangre parte del corazón, se difunde por todo el organismo, vivificándolo, y después retorna; el papel del corazón como centro orgánico es, pues, verdaderamente completo y corresponde por entero a la idea que, de modo general, debemos formarnos del Centro en la plenitud de su significación.

Todos los seres, que en todo lo que son dependen de su Principio, deben, consciente o inconscientemente, aspirar a retornar a él; esta tendencia al retorno hacia el Centro tiene también, en todas las tradiciones, su representación simbólica. 

Queremos referirnos a la orientación ritual, que es propiamente la dirección hacia un centro espiritual, imagen terrestre y sensible del verdadero “Centro del Mundo”; la orientación de las iglesias cristianas no es, en el fondo, sino un caso particular de ese simbolismo, y se refiere esencialmente a la misma idea, común a todas las religiones. 

En el Islam, esa orientación (qiblah) es como la materialización, si así puede decirse, de la intención (niyyah) por la cual todas las potencias del ser deben ser dirigidas hacia el Principio divino[21] ; y sería fácil encontrar muchos otros ejemplos. 

 Mucho habría que decir sobre este asunto; sin duda tendremos algunas oportunidades de volver sobre él en la continuación de estos estudios[22], y por eso nos contentamos, por el momento, con indicar de modo más breve el último aspecto del simbolismo del Centro.

En resumen, el Centro es a la vez el principio y el fin de todas las cosas; es, según un simbolismo muy conocido, el alfa y el omega. Mejor aún, es el principio, el centro y el fin; y estos tres aspectos están representados por los tres elementos del monosílabo Aum en, al cual L. Charbonneau-Lassay había aludido como emblema de Cristo, y cuya asociación con el svástika entre los signos del monasterio de los Carmelitas de Loudun nos parece particularmente significativa[23]

En efecto, ese símbolo, mucho más completo que el alfa y el omega, y capaz de significaciones que podrían dar lugar a desarrollos casi indefinidos, es, por una de las concordancias más asombrosas que puedan encontrarse, común a la antigua tradición hindú y al esoterismo cristiano del Medioevo; y, en uno y otro caso, es igualmente y por excelencia un símbolo del Verbo, el cual es real y verdaderamente el “Centro del Mundo”[24].

NOTAS

[1] “Les Arbres du Paradis” (Reg., marzo de 1926), cuyos elementos fueron retomados en diversos lugares de Le Symbolisme de la Croix. He aquí el pasaje final, a que se hace referencia en el texto:

“…Debemos agregar que si el árbol es uno de los símbolos principales del ‘Eje del Mundo’, no es el único: la montaña también lo es, y común a muchas tradiciones diferentes; el árbol y la montaña están también a veces asociados entre sí. 

La piedra misma (que por lo demás puede tomarse como una representación reducida de la montaña, aunque no sea únicamente eso) desempeña igualmente el mismo papel en ciertos casos; y este símbolo de la piedra, como el del árbol, está muy a menudo en relación con la serpiente. Tendremos sin duda oportunidad de volver sobre estas diversas figuras en otros estudios; pero queremos señalar desde luego que, por el hecho mismo de referirse todas al ‘Centro del Mundo’, no dejan de tener un vínculo más o menos directo con el símbolo del corazón, de modo que en todo esto no nos apartamos tanto del objeto propio de esta revista como algunos podrían creer; y volveremos a él, por lo demás, de manera más inmediata, con una última observación. 

Decíamos que, en cierto sentido, el ‘Árbol de Vida’ se ha hecho accesible al hombre por la Redención; en otros términos, podría decirse también que el verdadero cristiano es aquel que, virtualmente al menos, está reintegrado a la dignidad y los derechos de la humanidad primordial y tiene, por consiguiente, la posibilidad de retornar al Paraíso, a la ‘morada de inmortalidad’. 

Sin duda, esta reintegración no se efectuará plenamente, para la humanidad colectiva, sino cuando ‘la nueva Jerusalén descienda del cielo a la tierra’ (Apocalipsis, XXI), puesto que será la consumación perfecta del cristianismo, coincidente con la restauración no menos perfecta del orden anterior a la caída.

No es menos verdad, empero, que la reintegración puede ser encarada ya actualmente de modo individual, si no general; y. en esto reside, creemos, la significación más completa del ‘hábitat espiritual’ en el Corazón de Cristo, de que hablaba. recientemente L. Charbonneau-Lassay (enero de 1926), pues, como el Paraíso terrestre, el Corazón de Cristo es verdaderamente el ‘Centro del Mundo’ y la ‘morada de inmortalidad’.”

[Recordemos que la idea del “Centro del Mundo” constituye el tema fundamental de la obra titulada Le Roi du Monde, que aparecería en 1927 y en la cual fue retomada casi enteramente la materia de los artículos de Reg. referentes a ese tema. Sobre la misma idea, véase también La Grande Triade, especialmente caps. XVI, XVII y XXVI.]

[2] Aquí el autor hacía referencia a su artículo de Reg., noviembre de 1925, sobre “Le Chrisme et le Coeur dans les anciennes marques corporatives” (‘El Crisma y el Corazón en las antiguas marcas corporativas’), texto no incluido en la presente recopilación, pero retomado por el autor en dos artículos de É. T. que forman aquí los caps. L (“Los símbolos de la analogía”) y LXVII (“El ‘cuatro de cifra’”).

[3] Notemos igualmente que la “rueda de la Fortuna”, en el simbolismo. de la antigüedad occidental, tiene relaciones muy estrechas con la “rueda de la Ley” y también, aunque ello quizá no aparezca tan claro a primera vista, con la rueda zodiacal.

[4] Véase cap. IX: “Las flores simbólicas” y L: “Los símbolos de la analogía”.

[5] Entre otros indicios de esta equivalencia, por lo que se refiere al Medioevo, hemos visto la rueda de ocho rayos y una flor de ocho pétalos figuradas una frente a otra en una misma piedra esculpida encastrada en la fachada de la antigua iglesia de Saint-Mexme de Chinon, piedra que data. muy probablemente de la época carolingia.

[6] El lirio tiene seis pétalos; el loto, en las representaciones de tipo más corriente, tiene ocho; las dos formas corresponden, pues, a ruedas de seis y ocho rayos, respectivamente. En cuanto a la rosa, se la figura con número de pétalos variable, que puede modificar su significación o por lo. menos matizarla diversamente. Sobre el simbolismo de la rosa, véase el interesantísimo articulo de L. Charbonneau-Lassay (Reg., marzo de 1926).

[7] En la figura del crisma con rosa, de época merovingia, que ha sido reproducida por L. Charbonneau-Lassay (Reg., marzo de 1926, pág. 298), la rosa central tiene seis pétalos orientados según las ramas del crisma; además, éste está encerrado en un círculo, lo que hace aparecer del modo más neto posible su identidad con la rueda de seis rayos.

[8] [Cf. Le Symbolisme de la Croix, cap. VII].

[9] Véase cap. XVIII: “Algunos aspectos del simbolismo de Jano”.

[10] Cf. LHomme et son devenir selon le Vêdânta, cap. XIV, y en esta compilación, cap. LXXIII: “El grano de mostaza” y LXXV: “La Ciudad divina”.

[11] Sobre el simbolismo del Polo, véase especialmente Le Roi du Monde, caps. II, VII, VIII, IX y X; y en esta compilación, cap. X: “Un jeroglífico del Polo”.

[12] La mayoría de las siguientes consideraciones sobre el svástika han sido retomadas, con nuevos desarrollos, en Le Roi du Monde, cap. II, y Le Symbolisme de la Croix, cap. X; la unidad del contexto nos obliga a mantenerlas, con excepción, empero, de algunas notas de pie de página que serían superfluas ahora.

[13] La misma observación valdría igualmente para el crisma comparado con la rueda.

[14] La palabra svástika es, en sánscrito, la única que sirve en todos los casos para designar el símbolo de que se trata; el término sauvástika, que algunos han aplicado a una de las dos formas para distinguirla de la otra (la cual sería entonces el verdadero svástika), no es en realidad sino un adjetivo derivado de svástika y significa ‘perteneciente o relativo a ese símbolo o a sus significaciones’.

[15] La misma observación podría hacerse con respecto a otros símbolos, y en particular al crisma constantiniano, en el cual el P [‘ro’] se encuentra a veces invertido; a veces se ha pensado que debía considerárselo entonces como. un signo del Anticristo; esta intención puede efectivamente haber existido en ciertos casos, pero hay otros en que es manifiestamente imposible admitirla (en las catacumbas, por ejemplo). 

Asimismo, el “cuatro de cifra” corporativo, que no es, por lo demás, sino una modificación del mismo P del crisma [véase cap. LXVII], se encuentra indiferentemente vuelto en uno u otro sentido, sin que siquiera se pueda atribuir ese hecho a una rivalidad entre corporaciones diversas o a su deseo de distinguirse mutuamente, puesto que ambas formas aparecen en marcas pertenecientes a una misma corporación.

[16] No aludimos aquí al uso enteramente artificial del svástika, especialmente por parte de ciertos grupos políticos alemanes, que han hecho de él con toda arbitrariedad un signo de antisemitismo, so pretexto de que ese emblema sería propio de la pretendida “raza aria”; todo esto es pura fantasía.

[17] El lituano es, por lo demás, de todas las lenguas europeas, la que tiene más semejanza con el sánscrito.

[18] Existen diversas variantes del svástika, por ejemplo una forma de ramas curvas (con la apariencia de dos eses cruzadas), que hemos visto particularmente en una moneda gala. Por otra parte, ciertas figuras que no han conservado sino un carácter puramente decorativo, como aquella a la que se da el nombre de “greca”, derivan originariamente del svástika.

[19] Reg., marzo de 1926, págs. 302-303.

[20] Sobre el svástika, ver también infra, cap. XVII.

[21] La palabra “intención” debe tornarse aquí en su sentido estrictamente etimológico (de in-tendere, ‘tender hacia’).

[22] Véase Le Roi du Monde, cap. VIII.

[23] He aquí los términos de Charbonneau-Lassay: “…A fines del siglo XV, o en el XVI, un monje del monasterio de Loudun, fray Guyot, pobló los muros de la escalinata de su capilla con toda una serie de emblemas esotéricos de Jesucristo, algunos de los cuales, repetidos varias veces, son de origen oriental, como el Swástika y el Sauwástíka, el Aum y la Serpiente crucificada” (Reg., marzo de 1926).

[24] R. Guénon ya había tratado sobre el simbolismo del monosílabo Aum en LHomme et son devenir selon le Vêdânta, cap. XVI; después volvió en diferentes ocasiones sobre el tema, ante todo en Le Roi du Monde, cap. IV, Además, en esta misma compilación se alude a él en los caps. XIX: “El jeroglífico de Cáncer”, y XXII: “Algunos aspectos del simbolismo del Pez”.

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 Artículo de René Guénon publicado en la revista francesa “Regnavit” en 1926 y recuperado en el libro póstumo: “Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada”. Edición, Jorge Rodríguez-Ariza.

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Extraído de: https://www.arsgravis.com/la-idea-del-centro-en-las-tradiciones-antiguas-segun-rene-guenon/
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Inteligencia y Lenguaje - Christophe Clavé

“... El coeficiente intelectual medio de la población mundial, que desde la posguerra hasta finales de los años 90 siempre había aumentado, en los últimos veinte años está disminuyendo...

Es la vuelta del efecto Flynn(1).
 
Parece que el nivel de inteligencia medida por las pruebas disminuye en los países más desarrollados. 
 
Muchas pueden ser las causas de este fenómeno. Una de ellas podría ser el empobrecimiento del lenguaje. 
 
En efecto, varios estudios demuestran la disminución del conocimiento léxico y el empobrecimiento de la lengua: no solo se trata de la reducción del vocabulario utilizado, sino también de las sutilezas lingüísticas que permiten elaborar y formular un pensamiento complejo. 
 
La desaparición gradual de los tiempos (subjuntivo, imperfecto, formas compuestas del futuro, participio pasado) da lugar a un pensamiento casi siempre al presente, limitado en el momento: incapaz de proyecciones en el tiempo. 
 
La simplificación de los tutoriales, la desaparición de mayúsculas y la puntuación son ejemplos de ′′golpes mortales" a la precisión y variedad de la expresión. Solo un ejemplo: eliminar la palabra "señorita" (ya desueta) no solo significa renunciar a la estética de una palabra, sino también fomentar involuntariamente la idea de que entre una niña y una mujer no hay fases intermedias.
 
Menos palabras y menos verbos conjugados implican menos capacidad para expresar las emociones y menos posibilidades de elaborar un pensamiento. 
 
Los estudios han demostrado que parte de la violencia en la esfera pública y privada proviene directamente de la incapacidad de describir sus emociones a través de las palabras. 
 
Sin palabras para construir un razonamiento, el pensamiento complejo se hace imposible. Cuanto más pobre es el lenguaje, más desaparece el pensamiento.
 
La historia es rica en ejemplos y muchos libros (Georges Orwell-1984; Ray Bradbury - Fahrenheit 451) han contado cómo todos los regímenes totalitarios han obstaculizado siempre el pensamiento, mediante una reducción del número y el sentido de las palabras. Si no existen pensamientos, no existen pensamientos críticos. Y no hay pensamiento sin palabras. 
 
 
¿Cómo se puede construir un pensamiento hipotético-deductivo sin condicional?
¿Cómo se puede considerar el futuro sin una conjugación en el futuro? 
 
¿Cómo es posible capturar una tormenta, una sucesión de elementos en el tiempo, ya sean pasados o futuros, y su duración relativa, sin una lengua que distingue entre lo que podría haber sido, lo que fue, lo que es, lo que podría ser, y lo que será después de que lo que podría haber sucedido realmente sucedió
 
Queridos padres y maestros: demos a hablar, leer y escribir a nuestros hijos, a nuestros estudiantes. Enseñar y practicar el idioma en sus formas más variadas, aunque parezca algo especialmente complicado, porque en ese esfuerzo está la libertad. 
 
Quienes afirman la necesidad de simplificar la ortografía, descontar el idioma de sus ′′fallas", abolir los géneros, los tiempos, los matices, todo lo que crea complejidad, son los verdaderos artífices del empobrecimiento de la mente humana.
 
No hay libertad sin necesidad de pensar la libertad. No hay belleza sin el pensamiento de la belleza...".
 
 
Nota del editor: El efecto Flynn es la subida continua, año por año, de las puntuaciones de cociente intelectual en el mundo, 
 
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Extraído del muro de Claudia Rexerodt Strauhs en Faceboook
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