jueves, 16 de marzo de 2017

Valor y Control Personal - Santiago Bovisio


Desenvolvimiento Espiritual - Santiago Bovisio

Enseñanza 9: Valor y Control Personal

A pesar de todo lo que se ha dicho y escrito sobre el Valor, el miedo no ha dejado por eso de reinar en el mundo.

Desde el temor ancestral que resume en sí todos los espasmos y luchas para la defensa personal, hasta el temor sutilmente disfrazado con el nombre de defensa personal, el miedo no ha dejado de tener en un puño el corazón de los hombres.

Entonces, o la humanidad desconoce el Valor, o tiene un concepto falso del mismo, pues no es atropello, ni bravosidad, sino es un sentido bien equilibrado del Control Personal.

Hay en el ser humano, una defensa que impide a las fuerzas negativas y destructoras penetrar en él: 

Es la Rueda Control, que vigila continuamente la entrada al ser de toda vibración.

Pero cuando el temor se impone, esta puerta sellada se abre, permitiendo la entrada a las fuerzas negativas, a la muerte y a la destrucción. 

El valor consiste, entonces, en bien manejar este Control Personal y no el “valor” en el sentido que los hombres dan a esta palabra, que no es más que el par de opuestos del temor.

El Valor del Control está siempre a la altura de su importante misión y no puede dar los aspectos externos del valor humano.

Hombres que se consideran valerosos y que se han distinguido por hechos verdaderamente heroicos, tiemblan en un momento dado, por una sombra nocturna; y mujeres que se espantaban al ruido de una puerta, tuvieron en el momento de necesidad, arrojos grandiosos, como aquél de la madre que se lanza a las llamas para salvar a su hijo.

El valor del Control, para ser realizado en toda su plenitud, tiene que ser experimentado en cuatro pasos distintos:

Primer paso: La Sencillez

“Si no os hiciereis niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”, dijo el Maestro.

Es indispensable que la sencillez reine en el corazón para que éste se descargue de todos los impedimentos que dificultan su correcto funcionamiento; y el niño es el mejor ejemplo, porque su inconsciencia, su espontaneidad, generan suficiente fuerza para su defensa.

La sencillez es valor; el alma sencilla es, verdaderamente, la que no teme. 

El alma verdaderamente grande no puede abandonarse de continuo a cavilar sobre lo que vendrá, sobre lo que será, porque está segura de sí misma.

El despreocuparse continuamente, el no pensar en los males venideros, el abandonarse con cierta irreflexión al primer impulso, no sucede sino en el alma esforzada; pero el hombre moderno vive en permanente preocupación; ha enredado su mente de tal modo que vive en continua defensa, en una continua cavilación sobre el mal que le pueden hacer, o que le puede sobrevenir.

Desechar todo esto y vivir el día de hoy, la hora presente, es adquirir, es estar seguro de que el hombre tiene en sí el poder necesario para reaccionar en el momento en que se presente el peligro, y no antes del peligro.

El sirviente de un Místico fue, todo despavorido, a anunciar a su amo que no tenía arroz; y el Místico le contestó: 
“Cuánto me alegro, así podremos demostrarle a Dios que vivimos abandonados en sus brazos”.

Y, ¿no hay un rasgo sublime en aquel acto del General San Martín cuando al anuncio de que el enemigo estaba cerca y sus tropas en peligro, en lugar de disponerse inmediatamente a la defensa, se retiró a dormir?

Los flojos, los que no tienen caudal ni reserva de energías, sí tienen que temer continuamente. Pero aquél que sabe que es una fuente inagotable de energías superiores no tiene por qué temer.

Segundo paso: La Prudencia

Más el Maestro también dijo: “Sed sencillos como palomas pero prudentes como serpientes”.

La Prudencia como el Valor y Control Personal no es aquella indecisión constante, tan habitual en los hombres y que les hace perder las mejores oportunidades por demorarse. 

La Prudencia es aquella que sabe hasta dónde puede llegar el Control del hombre, y hasta dónde se puede impedir que vaya demasiado lejos y se trasmute en temor.

La Prudencia es una observación continua de las fuerzas personales del hombre y de lo que él puede dar.

Cuando el alma se siente henchida de una santa fuerza que le impulsa a ir en defensa de los oprimidos, a hacer justicia, a ir al martirio si fuera necesario para bien de la humanidad, tiene que detener esas fuerzas y no gastarlas, y considerar lo que haría si su sueño fuera realidad.

Cuántos dicen que darían la vida por su ideal, y al primer golpe que reciben, no sólo no ofrecen lo que habían prometido, sino que lo abandonan y reniegan de él.

Pedro le dice a Cristo: “Yo te amo más que nadie, daría mi vida por Ti”; y, sin embargo, ante el peligro lo reniega, y tres veces.

 Después de la Resurrección, cuando ya ha a aprendido la lección de que el valor de los sueños no es Valor de la realidad, Cristo le pregunta: “¿Pedro, me amas?”. Y contesta: “Tú sabes si te amo”.

Es fácil ser valiente cuando se está cómodamente sentado en un mullido sillón y se deja que la fantasía corra a la par del humo del cigarrillo. Hay que estar ante la realidad para saber lo que se puede dar y la Prudencia es, en esto, la única maestra.

Llévame contigo Maestro, le decía un impaciente discípulo a su guía espiritual; quiero volar por esos mundos maravillosos que describes, quiero ver las etéreas figuras que pueblan el mundo astral; llévame contigo. 

Pero el Maestro le amonestaba diciendo que vendría el tiempo, que antes tendría que hacerse fuerte, equilibrarse bien, tener un control a toda prueba antes de enfrentarse con el oculto mundo.

Pero como el neófito tanto insistiera, lo llevó consigo al cruce de dos caminos, trazó el círculo mágico, pronunció las solemnes palabras y le dijo al joven: 

“Ponte allí en el medio y no temas, pues bajará el coche necesario para transportarte a las regiones superiores”. Así lo hizo el discípulo. 

Pero cuando estuvo en el círculo y oyó el ruido de un vehículo que se acercaba y vio que venía a toda velocidad sobre él, perdió su Control y, al perderlo, coche y caballos se le hicieron inmensamente grandes; ya estaban encima, para aplastarlo, y cayó como muerto. 

Su valor no era más que curiosidad, porque si hubiera sido Valor prudente de un discípulo discreto, hubiera tenido fuerzas para controlarse en el momento de pavor, que es el paso de un estado a otro estado.

Le preguntaron al rey Salomón: “¿Qué es la sabiduría?” Y él contestó: “La sabiduría alberga en su casa a la prudencia”.

Tercer paso: La Templanza

Para poder vivir sencillamente, en paz y sin el tormento de no poder defenderse, para hacer valer la prudencia y darle mérito para que distinga las fuerzas reales de las ilusorias en la conquista del Valor y del Control personal, es indispensable la Templanza.

La templanza es el tanque en el cual se acumulan las energías del Valor. Controlar y medir todos los actos, privarse de las cosas más agradables, medir con discreción las cosas indispensables, vigilar los pensamientos y las palabras, es ahorrar preciosas fuerzas. 

Nunca hay que fiarse demasiado de aquél que dice: Yo soy fuerte. Yo sé defenderme. El alarde desmedido nunca podrá ahorrar muchas energías.

Aquel cardenal Peretti, viejecito, achacoso, que caminaba penosamente apoyado en su bastón, no tenía la apariencia de un hombre valiente; por eso los cardenales, reunidos en cónclave, lo eligieron Papa (Sixto V), pensando que podían manejarlo a su antojo; pero él, cuando supo de su elección, enderezó su cuerpo, arrojó lejos de sí su bastón y dijo: 

“Muchos años he ocultado mis sentimientos; ahora mando yo”. Y gobernó a la Iglesia con mano de hierro.

La templanza, el sacrificio constante de acumular fuerzas, hace que el Centro Control se endurezca como diamante y pueda tolerar todas las vibraciones, aún las más violentas y mortíferas.

Se han visto hombres que vivieron encerrados en claustros con su voluntad completamente supeditada a la orden de sus superiores que, cuando empezaron a actuar, demostraron tener un Valor a toda prueba, que no condecía con su educación.

Es que la templanza, ejercitada durante muchos años, la renunciación de la voluntad y el dominio de las pasiones les dieron el verdadero Valor, que estriba en el Control Personal de si mismo.

Cuando un temor constante invade al alma, no hay que vencerlo haciendo alarde exterior de no sentirlo, como aquellos que se ponen anteojos azules para ver el mundo con agradable color, sino hay que ahorrar energías diarias para vencerlo.

Recién cuando se hallan acumuladas fuerzas suficientes, podrá hacerles frente.

Vienen aquí al caso los siguientes párrafos del capítulo titulado “El Abismo” de la “Simbología Esotérica”: 

“No te vuelvas para mirar. 

No te balancees sobre el borde del precipicio; caerías seguramente en él, envuelto en el pavoroso remolino que agita rítmicamente el afanoso respirar de tu Enemiga”.

Cuarto paso: La Fortaleza

Llegados al último paso, el más difícil de todos, se plantea la gran cuestión: 

El Valor y el Control Personal, ¿se adquieren con la resistencia activa, o con la resistencia pasiva? 

El ser ¿ha de hacer frente al enemigo con todas sus fuerzas, o ha de abandonarse, como manso cordero, en manos del adversario? 

La verdadera fortaleza, la que da el supremo Valor, es la que resiste hasta un punto determinado; es indispensable resistir para vencer.

Jacob lucha con un Ángel desconocido, y lo vence; por resistencia se mantiene el Universo, se defiende la vida, se conservan las especies a través del tiempo. 

Pero esta resistencia del Valor fuerte ha de cesar exactamente cuando el ser está por recoger el fruto de ella.

Es necesario poner un ejemplo vulgar: Un hombre asaltado se defiende, desarma a su enemigo, lo imposibilita para luchar, pero no lo entrega en manos de la policía.
Es proverbial que los verdaderos valientes, que supieron dar una buena lección a sus enemigos y perseguidores, fueron sin embargo, muy nobles y generosos con los mismos en los casos extremos.

Cuando el ser ha comprendido que tiene en sus manos la victoria, que tiene bastante valor para afrontar una situación, entonces se abandona en brazos de aquella despreocupada fortaleza que desprecia el fruto del valor, porque ha conquistado la esencia de la misma.

En resumen, el Valor y su Control Personal son: La Sencillez del niño que no conoce el temor, la Prudencia del anciano que ya no teme ni le importa el peligro, la Templanza del virtuoso que desprecia los excesos de la vida y la Fortaleza del vencedor, que se ha colocado por encima de su propia victoria.


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Enseñanza 2: El Tabernáculo Secreto - 
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Enseñanza 3: La Llamarada - 
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Enseñanza 4: Examen Retrospectivo - 
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Enseñanza 5: Reserva de Energías - 
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Enseñanza 6: Método de Vida - 
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Enseñanza 7: Asistencia y Trabajo - 
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Enseñanza 8: La Renunciación - 
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Enseñanza 9: Valor y Control Personal - 


Enseñanza 10: El Ejercicio de la Memoria - 
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Enseñanza 11: El Amor Real - 
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Enseñanza 12: Los Doce Rayos del Amor - 
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Enseñanza 13: La Perseverancia - 
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Enseñanza 14: Conciencia y Voluntad - https://omarpal.blogspot.com.ar/2017/03/conciencia-y-voluntad-santiago-bovisio_16.html

Enseñanza 15: El Don del Olvido - https://omarpal.blogspot.com.ar/2017/03/el-don-del-olvido-santiago-bovisio_61.html

Enseñanza 16: La Transmutación - 
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El Ejercicio de la Memoria - Santiago Bovisio


Desenvolvimiento Espiritual - Santiago Bovisio

Enseñanza 10: El Ejercicio de la Memoria

La memoria es el recuerdo vago o claro de las cosas pasadas, es la fijación mental de las cosas presentes y es la imaginación evidente del futuro.

Estos tres tiempos de la memoria son indispensables para que ella pueda, con propiedad, ser llamada así.

Los hombres tienen por lo general muy poco concepto de lo que es la memoria, pues para ellos es aquella facultad mental que les hace recordar el pasado, y nada más. 

Pero la verdadera posesión de esta virtud implica el dominio de los tres tiempos.

Cree el ser humano conocer su pasado, pero no recuerda más que vagas sombras, cada vez más debilitadas en el transcurso de los años y el sobrevenir de nuevos acontecimientos. 

Si se poseyera una buena memoria el horizonte humano ampliaría notablemente su área de posibilidades.

De pequeños, cuando el cerebro humano está aún impregnado de las energías cósmicas que ha traído del más allá consigo, se tiene una buena memoria que fija claramente los hechos y prevé, por esa claridad, lo conveniente para la vida.

Al promediar la vida del hombre, ya se ha debilitado la memoria y la prematura vejez acentúa el olvido. Esto es porque los hombres no poseen memoria.

Para ellos es un don gratuito de la mente, mientras que la memoria no es sino un campo para explotar, que se pierde al no ser labrado.

Los estudiantes esotéricos han de tener una memoria tal que recuerden perfectamente el pasado, teniendo siempre presentes los acontecimientos cumbres de su vida, y tienen que tener una fijación tal de los hechos de su vida y de las obras actuales que puedan, por lógica memorística, evidenciar claramente el porvenir.

Primer tiempo: El pasado

¿Cómo ha de hacer el estudiante para vencer las densas sombras, los espesos velos que le ocultan su pasado? Aún no ha pasado un día y ya se han olvidado los hechos acaecidos en el transcurso de ese tiempo.

Es que los acontecimientos se imprimen todos en el subconsciente y son exhumados por el Centro Solar, en lugar de serlo por el Centro Visual.

En una palabra, el hombre rehúsa pensar; deja que su mente subalterna piense por él. 

Cuando el niño observa y recuerda, es tal la fuerza que le impulsa y que se llama curiosidad, que implanta todas sus energías al Centro Hipofisiario.

Se podría sintetizar, entonces, que la falta de memoria es debida a la falta de interés por la vida.

El ser se conforma con saber y recordar lo necesario, lo que es indispensable para sus tareas diarias, para sus ocupaciones imprescindibles, descuidando todo lo demás. 

Por eso tiene tan vital importancia el examen retrospectivo, que reordena los hechos acontecidos durante el día, para cargarlos con la debida energía mental, indispensable para que se fijen clara y no vagamente, en el subconsciente.

Pero para adquirir una buena memoria no basta el examen retrospectivo. Un buen comerciante no se conforma con el recuento diario de sus entradas y salidas, sino que necesita un balance anual, y aún semestral.

Con este método triunfó Ignacio de Loyola; con sus ejercicios espirituales salvó a la Iglesia Católica de un derrumbe. Porque, ¿qué son los ejercicios espirituales sino una pausa en el curso de la vida para hacer el recuento de los hechos pasados y fijar de tal modo los puntos culminantes que sean centros vivos de energías que impulsarán para el porvenir?

No se conformó Ignacio de Loyola con el ejercicio del recuerdo mental; sino quiso que los hechos pasados fueran escritos minuciosamente en un papel, para ser mejor considerados.

Esta es una de las finalidades de los retiros espirituales, tan aconsejados por los maestros de la vida espiritual. 

Todos los estudiantes tendrían que alejarse, aunque fuera una vez al año, del bullicio del mundo, lejos de los negocios, lejos de los parientes, lejos de toda preocupación, para vivir unos días de completa absorción espiritual, para poder hacer el examen retrospectivo de todo el año y habituar la memoria a fijar bien los acontecimientos sobresalientes acaecidos durante el mismo.

¿No dijo Dios al Salmista: “Ven a la soledad y yo te hablaré?”.

No puede lograrse el desenvolvimiento espiritual, que tanto anhelan los estudiantes, sin esforzarse.

Ramakrishna decía a sus discípulos externos y que vivían en el mundo: “Dejad alguna vez vuestra casa y vuestros trabajos y venid conmigo a la soledad”.

La Naturaleza ayuda el despertar de esta facultad de la memoria, como sucede en el aire rarificado de las alturas. Por algo los antiguos Caballeros construían sus castillos a más de mil metros sobre el nivel del mar; y dicen los Lamas del Tíbet que el aire de los Himalayas despierta la memoria.

De allí es aconsejable hacer estos retiros, cuando sea posible, en parajes elevados.

La adquisición de los recuerdos pasados es tan importante, que a veces descubre una misión nueva, o soluciona como un relámpago, los más duros dilemas.

Freud, con su estudio del psicoanálisis, quiso curar las enfermedades haciendo que la memoria busque en el subconsciente la causa originaria de las mismas.

Segundo tiempo: El Presente

La fijación de la idea como fomento para la claridad de la memoria se logra con el ejercicio de la observación y de la atención.

Siempre hay que tomar ejemplo de los niños; a veces encanta y a veces fastidia esa insistencia de ellos en preguntarlo todo, en querer saberlo todo. La curiosidad infantil se transforma, en el memorista, en aguda observación.

Sólo se observan aquellas cosas que interesan y se descuida todo lo demás; pero el verdadero observador tiene que tener una visión amplia y exacta de lo que ve.

Los maestros dan ciertos ejercicios a propósito. Hacen que el estudiante pase corriendo de una habitación a otra, volver enseguida y escribir en un papel lo que han visto. Al primer recuento se observa que se ha olvidado la tercera parte de los objetos de la habitación. Hay que repetir este ejercicio varias veces por día hasta que de un simple golpe de vista se posea todo el panorama.

También, se puede tomar un objeto, observarlo atentamente y anotar luego todas las cualidades inherentes al mismo; se verá, al principio, que muy pocas cualidades se atribuyen al mismo, pero como pasen los días se le irán agregando tantas, que sorprenderá.

Estos ejercicios de observación despiertan de tal modo la atención, que el estudiante, sin perder mucho tiempo, adquiere gran conocimiento y exactitud de las cosas, y ve sin gastar mucho tiempo, que enriquece su almacén memorista.

Un Enseñante religioso mandó a un distraído estudiante pararse delante de una cortina blanca, diciéndole: Mire lo que hay en la cortina, y después venga a referírmelo; el joven miró y nada vio fuera del blanco cortinado, pero después de haber vuelto y dicho al Maestro que nada había visto, éste le condujo hasta la cortina y le hizo notar cómo la polilla la había calado, formando en ella variados dibujos. 

¿Cómo lo descubrió usted?, preguntó el estudiante; observando sencillamente y con atención lo que tenía delante mis ojos, repuso el Maestro.

Tercer tiempo: El Futuro

Esta memoria, clara, fija y constructiva es, evidentemente, espejo del futuro. Para un olvidadizo, para uno que vive en el semisueño de la vida material, es muy difícil construir su futuro cuando tan fácilmente ha olvidado su pasado, pero aquél que recuerda, conoce muy bien el resultado de la Obra.

Un rey hindú fue a visitar a un solitario Yogui que vivía en la selva con la sola compañía de su gacela; y antes de que el rey hablara le dijo: 

“Tu vienes a decirme que tu pueblo se ha amotinado en contra ti porque hace tres años que hay hambre y sequía en tu tierra”. ¿Cómo lo sabes?, preguntó el rey. 

Lo sé, contestó el sabio únicamente por lo que tú me dijiste cuando me visitaste hace tres años; habías tenido tres años buenos y dijiste que ibas a hacer grandes fiestas y abrir los graneros a todo el pueblo; al acordarme de ese derroche y al ver las estaciones sin agua que desde entonces se sucedieron, he deducido lo ocurrido recientemente.

Es aquí muy importante fo
rmular una observación:

Siempre se dice en las Enseñanzas que hay que olvidar el pasado, borrar el pasado; pero en esto de borrar el pasado por un lado y recordar el pasado, como reza en esta lección, hay un delicado matiz espiritual.

Cuando se aconseja olvidar el pasado, la Enseñanza quiere expresar que el hombre ha de desatarse de los lazos, olvidar las emociones, para no repetirlas; borrar las imágenes para no vivir atados a ellas.

Mientras que cuando se enseña que hay que recordar el pasado, se quiere significar que ha de recordársele como una cosa que no es de uno, que no pertenece a uno, algo que es propiedad exclusiva del conocimiento y que se observa y conoce para gozar únicamente el fruto del saber.

Aquél que bien recuerda bien sabe. Lo que no sabe lo aprende fácilmente y lo que aprende fácilmente lo utiliza para la construcción del futuro. 


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El Amor Real - Santiago Bovisio


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Enseñanza 11: El Amor Real

Si bien la palabra amor está en todos los labios, se pronuncia en todos los idiomas y se expresa en todas las formas, muy pocos sabrían dar una definición exacta del Amor.

Es que el amor, para muchos no tiene definición, porque es la Esencia Divina de la vida.

Por todas partes, en todo momento, subyace este divino elemento como lo levadura de la masa, como la sal en el alimento. Brota por doquier, inadvertidamente, con un súbito resplandor, que parece relámpago en noche de tormenta.

Por el amor se mueven los astros y las cadenas planetarias, y por el mismo asoma la flor del campo su corola en las mañanas de primavera. Nadie puede escapar al hechizo de esta secreta virtud que es, en una forma u otra, la aspiración de todas las formas creadas.

¿Pero, quién puede hablar del amor? ¿Qué palabras son dignas de expresar tan excelsa cualidad? Cualquier frase resulta mortecina ante la magnitud de este fermento de vida. Sólo se sabe que hay amores, y amores.

A pesar de tantas distintas formas y de tantos y distintos matices, imposibles de enumerar, todos los sabios y clarividentes, unánimemente, han proclamado que son doce los distintos rayos del amor.

La Rueda del Corazón tiene doce rayos resplandecientes, seguramente para indicar estas doce tonalidades.

En un antiguo texto rosacruciano, no conocido por ningún hombre fuera de los siete que constituyen la Sagrada Fraternidad, hace corresponder estas doce tonalidades del amor a las figuras representadas en el cuadro “La Última Cena” de Leonardo da Vinci. 

Dice el texto que la Comunión representa el Amor Divino, el punto central, que se entrega a los hombres; y que en la faz, en el modo de vestir y en la expresión de cada uno de los doce discípulos están divididas las doce fases del amor, desde el pasional y criminal de Judas Iscariote, hasta el suavísimo de Juan Evangelista, que descansa su cabeza sobre el pecho de Jesús. 

Dice además el texto que da Vinci, expresamente, no terminó la cara de el Salvador, porque como expresaba el Supremo Amor, no podía tener rasgos definidos.


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Los Doce Rayos del Amor - Santiago Bovisio


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Enseñanza 12: Los Doce Rayos del Amor

El primer rayo del amor es animal, instinto que empuja a la conservación de las especies; en ritmo loco a través de los tiempos, luchando, matando y aún sucumbiendo por ese afanoso deseo de conservación, salen triunfantes los diversos tipos de animales y de razas humanas. Es como un remolino que, empezando por un corto vértice, se transforma en una tromba inmensa que absorbe y absorbe, irremisiblemente.

Todo perece hasta el último hálito, pero la carne lucha a brazo partido por su conservación. 

Así, con este magnífico e inconsciente deseo de ser, se mantienen los millares y millares de astros que pueblan el espacio, yendo todos, irremisiblemente, tras el escondido imán que los mantiene en movimiento: el amor.

Pero en el segundo rayo del amor este deseo de ser adquiere, mediante la defensa, la autoconciencia de lo que es; y esta defensa amorosa se extiende al límite de los que abarca la necesidad del defensor: a sí mismo, a la prole, al alimento y a las demás cosas indispensables para la vida.

Por la defensa se formaron las familias, los clanes, las naciones, los códigos, y aún las sociedades de protección y ayuda mutua. Este subconsciente amor defensivo echó tan poderosas raíces en los seres humanos que ahora, que ya no les es casi necesario, no pueden desprenderse de él y es causa de ruina, de destrucción y muerte.

Al sentirse el hombre relativamente seguro en el ambiente de defensa que ha creado, empezó a dedicar su amor animal al tercer rayo del amor, a su cuerpo.

Es un algo indefinido, misterioso y sutil este amor al cuerpo de uno mismo. 

Desde que el niño ve su cuerpo reflejado en el agua de la fuente o en el espejo de su casa, nace este estremecimiento raro, a veces subconscientemente vergonzoso, de autoatracción. Es como si encontrara a alguien que no es él mismo y que, sin embargo, ha buscado toda su vida; es como una morbosa satisfacción, un definido descenso a la materia.

Ese amor, se vuelve con el tiempo, cada vez más fuerte y egoísta, especialmente en aquellos que no encuentran otra satisfacción en su vida, constituyendo una obsesión, y el temor continuo de que el cuerpo no este bien cuidado, regalado, mimado; todo es poco para el cuerpo de uno, todo es insuficiente, porque este ciego amor lo impulsa y esclaviza, lo ata cada vez más a su carne.

¿Y qué se puede esperar de tanto amor al cuerpo sino la entrada al cuarto rayo del amor, que proporciona al cuerpo todos los animales placeres de la vida, esos animales placeres que no admiten la felicidad o la cooperación de otros, sino únicamente la satisfacción del propio deleite?

Aún entre hombres ya civilizados se presentan estos curiosos aspectos del amor, hombres que no pueden pensar en vivificar el placer ajeno, sino que únicamente piensan en saciar sus propios apetitos.

Todos los aspectos del amor animal tienen gran importancia para conservar las especies vegetales y animales, tan indispensables para la vida del hombre; pero para el ser humano, que tiene libre albedrío y pensamiento, estos tipos de amor, en lugar de levantarle hacia lo Divino, lo arrastran fuertemente hacia la vida animal e inferior.

El quinto rayo del amor ya es humano; impulsa al ser a sentir por otros lo que siente por sí. 

Admite que su placer pueda ser placer de otros, que su felicidad pueda ser felicidad de otros seres, y comprueba que no es él sólo el que siente, sufre o ama sino que hay otros seres que experimentan esas mismas sensaciones.

Cuando el ser goza, subconscientemente goza más, porque sabe que su placer es herencia de toda su especie y llega, por ese medio, a respetar a sus semejantes, a comprender sus necesidades, a ampararlos y a protegerlos.

En el sexto rayo del amor, el amor humano se hace atractivo.

Lo describió Dante con palabras imposibles de superar: “Amor che nullo amate, amar perdona”, que quiere decir el amor exige amor.

El amante quiere el placer para sí y para el ser amado. Si bien el círculo de su afecto es reducido, a veces tan reducido que abarca una sola persona, sin embargo es todo para él; por ese amor lucha, trabaja, sufre y hasta sabe morir. No puede tolerar que nadie le quite su afecto y a veces, cuando desaparece este afecto, se entrega a la desesperación, odia y mata.

En el séptimo rayo del amor, el amor humano se extiende desde una persona hasta varias, hasta toda una colectividad.

Es el amor humano que busca más dilatados horizontes, que quiere transformarse en un Amor Real; en una palabra, no quiere morir, porque empieza a comprender ese antiguo dicho: el amor que murió no era amor.

Ama a sus hijos, fruto de su placer; sabe que los afectos perecederos de la forma atractiva, que tiene que terminar tarde o temprano, sobrevivirán en su prole, se irán extendiendo cada vez más por la generación, por aquel indestructible hilo de la herencia de los tipos de sangre.

El octavo rayo hace compasivo al amor humano; el ser sufre por los padecimientos ajenos y desea que su bienestar sea el bienestar de todo su pueblo.

Si bien adquiere el bienestar para sí, sobre todas las cosas admite el bienestar para los otros. Protege a los que le inspiran simpatía, ayuda a los de su raza, favorece a los que le alaban; y si bien no perdona a los que están en su contra, hace todo el bien que puede, siempre que redunde en su propia satisfacción y en aras de su amor propio.

Pero el amor humano, relativo como todas las cosas que tienen forma, no es el Amor Real. Únicamente el Amor Divino es el Amor Real.

El noveno rayo del amor es divino, porque aquel que ama, ama por amar, da por dar sin esperar recompensa.

¿Cómo se pueden hacer distinciones entre un hombre y otro si todos han salido de la misma esencia divina y todos tendrán que volver a ella? ¿Qué importa no ser correspondido, no recibir la llama del ser amado, si toda la Llama está en la mano del verdadero Amante?

Dicen los verdaderos devotos que están locos de amor para con Dios, y para con toda la Humanidad.

Se pasa aquí al décimo rayo del amor.

Si el Amor Divino es tan extenso y sublime que abarca todo sin pedir nada, cuán maravilloso será ese Amor cuando es enfocado sobre algunas de las criaturas que lo rodean.

Únicamente un ser así puede conocer la verdadera amistad. Es lástima que esta hermosa palabra haya sido desvirtuada por los que la usan, pues la verdadera amistad es el amor, que únicamente goza en ver feliz al ser amado, aún a costa de su propio sacrificio.
Hubo un estudiante que, cuando ingresó a la Vida Espiritual, fue distinguido por su Maestro de modo particular. 

Muchas veces le llamaba a su lado para hablarle de cosas espirituales y del Amor Divino; muchas veces se hacía acompañar por él en sus paseos y le parecía al discípulo que su alma estaba cobijada bajo la del Maestro.

Pero un día éste no lo volvió a llamar y cuando lo encontraba lo saludaba sin particularidad. 

Desesperado, el estudiante fue un día a echarse a sus pies para saber en que culpa había incurrido para haber sido alejado de tal modo; el Maestro le contestó: 

“Mi amor por ti es tan grande hoy como ayer; mejor dicho, es de aquellos que cada día se hacen más fuertes; pero ese amor sería imperfecto si buscáramos nuestra satisfacción personal; antes eras pequeño, necesitabas de mi palabra y de mi presencia; hoy, que has criado alas, tienes que valerte por ti mismo; el contacto sería más perjudicial que útil; vete y aprende que el verdadero amor no es el de los hombres, que dice “lejos de los ojos, lejos del corazón” sino es aquél invariable, siempre, de lejos y de cerca, en la vida y en la muerte”.

En el undécimo rayo, el Amor Divino se vuelve extático. No hay medida entre un amor y otro, entre una forma y otra.

Cualquier expresión de amor, aún la más insignificante, enciende tal llama en el pecho, que funde el alma en el Amor Divino por el Éxtasis.

La belleza del cielo y de un ave voladora hizo caer en éxtasis al pequeño Ramakrishna.

Un niño que pasaba por la calle le recordó a San Juan de la Cruz la belleza del niño Jesús y cayó en éxtasis de amor tan grande, que su rostro se encendió como si estuviera en llamas.

El duodécimo rayo del Amor Divino restituye el alma extática, por el camino del corazón o por el camino de la mente, a aquella Fuente Primera y Universal desde donde brotó la primera expresión de la vida, impulsada por el Eterno Amor.

Allí es donde el Amor Real se funde de tal modo con la Divinidad, que es difícil señalar el límite entre lo manifestado y lo inmanifestado.

Pero aún aquí, en estas sublimes alturas, se pueden recordar las palabras del filósofo indo que dicen: “El amor es el principio y el fin del Camino”.


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Enseñanza 3: La Llamarada - 
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Enseñanza 4: Examen Retrospectivo - 
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Enseñanza 11: El Amor Real - 
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Enseñanza 16: La Transmutación - 
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La Perseverancia - Santiago Bovisio


Desenvolvimiento Espiritual - Santiago Bovisio

Enseñanza 13: La Perseverancia

Todas las virtudes hasta ahora enumeradas son indispensables; pero, para que tengan una vida eficiente, han de estar basadas sobre los fuertes pilares de la Perseverancia.

Cuenta una leyenda que Dios mandó un Ángel a la Tierra para que bautizara con un nombre a cada una de las especies de flores. 


No se olvidó de ninguna; a las más bellas adornó con nombres pomposos y a las más humildes con nombres suaves. De ninguna se olvidó, según creía él, ya que hasta dio nombre a la violeta, que permanecía escondida bajo su espeso follaje; pero había una flor tierna, pequeña, casi invisible, que había sido olvidada y que esperaba pacientemente le llegara el turno. 

Cuando el Ángel de Dios estaba por elevarse a los cielos y todas las demás creían que la florcita quedaría sin nombre, ésta, que había perseverado en su espera, levantó la voz: 

No te olvides de mí, dijo. Oyó el Ángel la voz de la perseverante flor y volviéndose le dijo: Tú misma has elegido tu nombre, te llamarás “No me olvides”.

Igualmente, la Perseverancia se distingue entre todas las virtudes por su propia característica, por su propia expresión, que jamás desmiente lo dicho, que jamás vuelve sobre el camino recorrido, que jamás se arrepiente y que siempre, fervorosamente, espera.

Las virtudes humanas son como la estatua bíblica: cabeza de oro, pecho de bronce y pies de barro. Pero la real virtud, la que se asienta sobre la Perseverancia, aunque a veces no sea tan aparente, tiene la cabeza de barro y los pies de oro.

Cuando se echan los cimientos de un edificio espiritual, para que éste sea como castillo sobre la roca que, ni el viento mueve, ni el agua daña, ni el tiempo destruye, ha de estar fundado sobre los cinco pilares angulares de la Perseverancia.

Primer ángulo: La Paciencia

Por la paciencia el hombre se hace constante, por la paciencia se abre la puerta de oro que da a los mundos superiores, por la paciencia se vence al enemigo más acérrimo.

Todas las mañanas, acudía una anciana a la puerta del Palacio Real para implorar clemencia para un hijo suyo, encarcelado. El rey pasaba y la miraba desdeñosamente, sin escuchar sus súplicas; los porteros y sirvientes desilusionaban a la anciana diciéndole: es inútil que vengas, nada lograrás. Pero un día el corazón del rey se ablandó, pues estaba en uno de sus buenos momentos; escuchó a la anciana y libertó a su hijo. Venció la paciencia.
Veinte años lloró Mónica pidiendo la conversión de su hijo Agustín al catolicismo, tanto, que dos profundos surcos se habían estampado en sus mejillas; pero ganó al fin. Supo un obispo de la conversión de Agustín y exclamó: No podía ser que no se salvara el hijo de tantas lágrimas y de tanta paciencia.

En la vida espiritual y en el desenvolvimiento psíquico la paciencia es indispensable. 

¡Cuántos empiezan con mucho entusiasmo, y porque no ven enseguida el resultado de sus esfuerzos abandonan el Sendero!

La naturaleza humana, tan endurecida en el hábito, precisa largos años para amoldarse y activar los centros necesarios para la vida psíquica y únicamente con una paciente Perseverancia logra el éxito.

Le preguntaron a un sabio de la India cómo había inmovilizado completamente su brazo derecho; él contestó: con el esfuerzo continuado de veinticinco años.

Segundo ángulo: La Fe

La fe es aquella seguridad en las cosas invisibles, que no se ven pero que cada instante se presienten. Y es ella indispensable para lograr la perseverancia.

No se habla ahora de esa fe instintiva que ata terriblemente a las cosas adoradas o creídas, sino de aquella comprensión que da por ciertas las cosas que no se ven.

¿Quién puede afirmar que la carne que se trae a la mañana es sana e inocua? Nadie puede asegurarlo, sino la fe social y colectiva.

¿Quién puede probar que las cosas que no se ven, que sin embargo, en ellas se cree, sin esta fe racional?

Pero a cada rato los pobres hombres, que creen ciegamente en el panadero que trae el pan, en las aguas corrientes proporcionadas por la Obra de Salubridad, en la moneda de papel que les dispensa la Nación, dudan de la palabra de los Maestros y de aquéllos que ya han recorrido prácticamente el sendero que ellos recorren teóricamente.

Cuando un Sannyasy quiere ser admitido en la compañía de un Gurú, lo primero que se le exige es obediencia absoluta; y esta obediencia absoluta es indispensable para lograr la fe en las cosas reales, pero no vistas.

Si un estudiante de cualquier Universidad, tuviera prácticamente en sus manos, desde el primer momento, toda la ciencia que quiere aprender, no podría abarcar con su inteligencia y de un golpe todo lo que tendría ante sus ojos. Es necesario que estudie y sepa por fe, lo que mañana podrá lograr prácticamente.

El discípulo que no asiente sus bases sobre esta perseverante fe, es como el glotón, que quiere comer en un día los comestibles de un mes, y muere de indigestión.

Tercer ángulo: La Esperanza

La esperanza no es aquella virtud de abandonarse a la miseria, a la desesperación, a las tristezas morales, diciéndose que eso algún día cambiará. La esperanza es, en cambio, aquella virtud del que espera en un momento determinado, en la hora adecuada, la realización en sí mismo del Plan Divino; y es el más fuerte sostén de la Perseverancia.

Esperan perseverantemente aquellos seres que han llegado a la meta sin alterarse, sin apurarse, porque saben que todos llegarán un día.

Los discípulos esperan pacientemente que pasen los años de las pruebas para que advengan los años de liberación. Esperan pacientemente que los años pasen, el tiempo vuele, para que se cumplan las Promesas Divinas de la Unificación de las almas.

Cuarto ángulo: El Discernimiento

Perseverar es tener tiempo para todas las cosas.
El ser que cambia muchos ideales, que toma muchos senderos, gasta su tiempo y sus energías sin lograr detenerse nunca, sin tener tiempo para nada.

Pero aquél que persevera en su fe, aquél que sigue constantemente por la senda que se ha trazado, tiene tiempo para analizar las cosas, discernir las cosas, porque el discernimiento es aquel éxtasis, tributo de la Perseverancia, que hace gustar de las cosas en sus tres aspectos: Físico, mental y espiritual.

Quinto ángulo: La Resignación

Una Perseverancia perfecta y completa es resignadamente varonil.


Toma todas las cosas de acuerdo con la Voluntad Divina, se amolda en toda forma y en todo aspecto; pero es, en resumen, por así decir, la corona de esta virtud.

Cuando el hombre pacientemente vive, sinceramente cree, serenamente espera, claramente discierne y resignadamente toma su destino de las manos de Dios, ha logrado la virtud de la Perseverancia.


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