domingo, 26 de junio de 2011

El estadio ético de Kierkegaard en las categorías lógicas de Hegel: posibilidad, realidad y necesidad actuales - María J. Binetti


__ Resumen:

Durante décadas, la historia de la filosofía ha separado a Kierkegaard de Hegel y a Hegel de Kierkegaard, en detrimento tanto de la grandeza especulativa del pensamiento kierkegaardiano como de la vena existencial del sistema de Hegel.

En oposición a esta desafortunada lectura, el presente artículo intenta mostrar la profunda convergencia que une internamente el estadio ético de Kierkegaard con las más importantes categorías lógicas de Hegel.

Ambos pensadores conciben la idea como el poder real del devenir subjetivo y la existencia como la concreción actual de lo ideal.

Para ambos, la pura enérgeia de la libertad, que comienza en la posibilidad abstracta y estética de la inmediatez subjetiva, se realiza a sí misma como la actual concreción de la finitud, capaz de asumir lo temporal y contingente por la fuerza eterna y necesaria del deber.

La repetición kierkegaardiana no es nada sino el poder de lo ideal, capaz de mediar el flujo de las diferencias finitas en la eterna identidad del sujeto.

Sin embargo, tanto para Kierkegaard como para Hegel existe una absoluta contradicción, llamada a promover la superación de lo ético.

__ 1. Introducción

Søren Kierkegaard ha interpretado la existencia singular a partir de una dialéctica ternaria representada por los tres estadios de la existencia: el estético, el ético y el religioso. Cada uno de estos tres estadios indica un ascenso en el devenir subjetivo, constatado en la creciente diferenciación y unificación del yo con el mundo, consigo mismo y, finalmente, con Dios. A lo largo de este ascenso, el estadio precedente es conservado en el posterior mediante una especie de transfiguración o transubstanciación, que lo supera sin destruirlo. Dicho con mayor precisión, cada uno de los estadios manifiesta la verdad contenida implícitamente en el estadio precedente, mediante un retorno circular al origen, donde el punto de partida presupone la totalidad del desarrollo y donde el punto de llegada confirma lo eternamente afirmado.

En este contexto, el estadio ético se presenta como el intermediario entre el estético y el religioso. Su posición intermedia es definida por los primeros Papirer como ‘lo dialéctico’ (Pap. I A 239)[1] entre la quieta inmediatez de lo estético y la unidad reconciliadora de lo religioso. Ciertamente, los márgenes y las características de este esquema triádico suelen resultar ambiguos y hasta equívocos. En efecto, Kierkegaard habla a veces de cuatro estadios, otras simplemente de dos; por momentos opone lo ético a lo religioso, por otros los unfica en un único estadio ético-religioso. En función de tal ambigüedad deberíamos hablar no de uno sino de varios sentidos de lo ético. No obstante creemos que, si conservamos la estructura ternaria a partir de la cual Kierkegaard interpretó la existencia singular y asumimos la posición mediadora de lo ético, podemos desentrañar el núcleo especulativo que define a tal estadio y lo ubica en el centro del esquema como instancia propiamente dialéctica del devenir subjetivo.

También la filosofía de G. W. F Hegel describe un ascenso espiritual, desplegado dialécticamente a través de la diferenciación y reunificación de un sujeto absoluto. A semejanza de Kierkegaard, el pensamiento hegeliano se funda en un proceso real de interiorización, que avanza por la reflexión del espíritu y concluye en la afirmación del sí mismo mediado por la alteridad absoluta. En ambos casos, el sujeto autoconsciente debe atravesar su propia negación interna y el desgarramiento de su interioridad, a fin de alcanzar la identidad que lo constituye esencialmente.

Los párrafos que siguen tienen por objeto mostrar algunas coincidencias especulativas en las cuales convergen el pensamiento existencial de Kierkegaard y el panlogismo hegeliano. Nos limitaremos en este caso al estadio ético de Kierkegaard, intentando detectar en él algunas categorías compartidas con el sistemático alemán. De este modo, nos proponemos demostrar que ‘Hegel fue una de las más importantes fuentes de inspiración de Kierkegaard para el desarrollo de la teoría de los estadios’[2], porque, a la postre, ha sido una de las más importantes fuentes de inspiración tanto de su espiritualismo dialéctico como de su síntesis existencial.

__ 2. Idealidad y posibilidad reales: el devenir intrínseco del yo

La segunda parte de O lo uno o lo otro constituye sin duda el texto ejemplar para el estudio del estadio ético kierkegaardiano. En líneas generales, la subjetividad ética se define allí como la afirmación absoluta del yo por el yo mismo, vale decir, por la acción de su libertad. Mientras que el esteta mantiene su subjetividad en la abstracción de una idealidad y posibilidad meramente formales, el ético afirma su idea y su posibilidad como la realidad efectiva de un sí mismo eterno y temporal a la vez, finito e infinito. De este modo, él deviene un sujeto concreto, cuyo transcurrir temporal se hace historia y cuya exterioridad fáctica se convierte en su propia intimidad.

Desde el punto de vista metafísico, el devenir de la idea meramente formal o abstracta a la idealidad real o efectiva indica una intensificación o potenciación de lo posible, a través de la cual se manifiesta la plena actualidad del espíritu. Ya desde su tesis doctoral, Kierkegaard planteaba que la idea es en sí misma concreta y que por lo tanto necesita devenir continuamente lo que es en sí, de donde se sigue que el ‘movimiento en sentido eminente es el movimiento del ideal’ (Pap. X3 A 524). En oposición al ser abstracto de la inmediatez y al devenir arbitrario del esteta, el verdadero devenir ideal se revela en la concreción esencial del yo.

La concreción intrínseca de la idea constituye su actualidad latente, y ésta exige de manera necesaria manifestarse en lo finito y temporal como la fuerza inteligible del yo, como la poderosa inteligibilidad de los hechos. Porque la idea es concreta, su posibilidad es en sí misma un infinitum actu, una enérgeia capaz de desplegar todo el contenido concreto de la realidad subjetiva. A esto se refiere El concepto de la angustia cuando afirma que ‘la posibilidad es poder’ (SV2 IV 354),[3] no mera pasividad ni privación sino, por el contrario, la fuerza intensiva y el nisus formativus de lo real. Por ‘la potencia de la idea (Pap. XI1 A 337), la subjetividad alcanza la existencia como desarrollo libre y consciente de lo ideal, y lo ideal existe como concreción realizada. Esta síntesis de idealidad y efectividad le permite asegurar a Kierkegaard que, en el dominio de lo ético, ‘el ideal verdadero es real’ (SV2 II 227), porque él ejerce su poder sobre lo finito a fin de manifestarse allí como su fundamento esencial.

La acción humana es entonces la acción de lo ideal, en la cual el eterno poder del espíritu se revela a sí mismo a través de la particularidad temporal y contingente contenida en él como su propia identidad. Lo que el esteta alcanza como una infinitud abstracta y formalmente posible, plena de fantasías pero impotente, el ético lo afirma como poder de realidad, pleno de contenido. De aquí que, para Kierkegaard, ‘cuanto más significativa sea una individualidad, más ligera hallará la realidad, más pesada, la posibilidad. Esta es la expresión para una consideración ética’ (Pap. IV A 35). El enorme peso de lo posible obedece a su potencia real, por la cual el espíritu sostiene el universo entero. Mucho más liviana es, en comparación, la posibilidad estética, porque ella no soporta el peso de lo efectivo.

La manifestación efectiva de lo ideal constituye la tarea ética, cuya necesidad no se impone al yo de manera extrínseca sino que lo urge interiormente, como devenir para sí de lo que ya es en sí. La determinación central de lo ético reside en esta conversión de lo ideal a lo real, que es igualmente la conversión de lo real a lo ideal. Y de aquí la kierkegaadiana respuesta: ‘¿qué es entonces la realidad? Es la idealidad’ (SV2 VII 313). Pero para que lo ideal y lo real confluyan en lo uno y lo mismo, la subjetividad debe lograr esa potenciación en sí, esa propia intensificación capaz de desplegar la intimidad de los hechos, así como de desplegarse en la exterioridad de lo fáctico.

El devenir de lo ideal a lo real, de lo posible al poder describe de este modo un dinamismo inmanente y circular, donde lo afirmado se presupone en su propia posición y donde la posición retoma al fundamento originario y eterno del yo. Sobre este dinamismo inmanente y circular descansa por entero la subjetividad ética, que tiene en sí su propia teleología, vale decir, la ley de un movimiento orientado hacia lo interior como retorno a un fundamento que ella misma afirma. Lo ético es entonces la afirmación del yo por el yo mismo, y el yo es así lo absoluto, como resultado de un proceso que vuelve sobre sí mismo. Porque todo ‘progreso hacia el ideal es un regreso’ (Pap. X3 A 509), la subjetividad ética retorna al origen.

En el caso de Hegel, la idea se presenta también como ‘lo absolutamente activo y a la vez actual’ (EL §142),[4] de lo cual depende la constitución íntima del sujeto. Precisamente porque la idea es en-sí potentia, infinitum actu, ella contiene el momento de su propia efectuación como el necesario retorno de lo posible a la unidad intrínseca de lo absoluto. La posibilidad de lo ideal—que en el plano meramente formal representa una abstracción tautológica y vacía—se afirma realmente como potencia en la real efectividad (Wirklichkeit), a través de la cual ella se media consigo misma.

Desde el punto de vista lógico, Hegel expresa esta reintegración de la idea a su propio poder con la categoría de la esencia en tanto que identidad autorreflejada por la efectiva manifestación o exteriorización de sí misma. Lo que él llama efectividad o realidad no es sino el proceso revelador de un solo y mismo acto ideal, que se presupone a sí mismo, se media en lo otro y reconcilia finalmente en su unidad originaria la esencia y la existencia, la reflexión y la inmediatez, lo interior y lo exterior. Lo real constituye para Hegel esta efectuación o actualización, operada por una enérgeia esencial que se despliega en el ser puesto. El núcleo generador de este proceso esencial reside en la noción de poder, determinante de la sustancia como última unidad de esencia y ser. La sustancia es la esencia afirmada como potencia absoluta y creadora, que se refleja en sí para retornar desde su propia posición.

Lo que en términos lógicos se define como el retorno de la esencia sobre sí, se expresa en la filosofía hegeliana del espíritu como el devenir de la libertad que busca su propio reconocimiento y se tiene a sí misma por sujeto y objeto, forma y contenido de su acción. Cuando la conciencia alcanza la auténtica libertad, entonces “ella misma es esta idea actual en sí” (PR § 22).[5] La subjetividad libre, afirmada en la actualidad infinita de la idea, descubre entonces su sustancia, vale decir, esa potencia absoluta que es causa y fundamento de su inteligibilidad inmanente.

Mientras que la individualidad inmediata—estética—se determina por un contenido arbitrario y extrínseco, la subjetividad concreta—ética—se determina por ‘la actividad de desarrollar la idea y de poner el contenido como existencia, que en tanto existencia de la idea es realidad’ (EL § 482). La existencia concreta contiene así la idea como su propio devenir realizador y, en ella, la voluntad arbitraria se subordina a un dinamismo superador. El desarrollo de la idea, que es en verdad el desarrollo de la existencia misma, traza la circularidad perfecta de un camino que avanza retornando sobre sí.

Tanto para Hegel como Kierkegaard, de lo posible a lo real hay un proceso de internalización reflexiva, a través del cual lo ideal difunde su poder a lo existente y lo existente manifiesta la actualidad absoluta que lo sostiene. Este devenir intrínseco del yo es en ambos casos la obra de una libertad que se busca a sí misma. La subjetividad ética garantiza la concreción de lo que la idea es en sí y garantiza en la idea su propia realidad. Ahora bien, dado que se trata de un proceso libre, su fuerza de realidad residirá en la decisión.

__ 3. La decisión como afirmación de la identidad

Cuando los Estadios en el camino de la vida afirman que ‘toda la idealidad del hombre reside en primer y último lugar en la decisión’ (SV2 VI 119), ellos no expresan otra cosa sino el poder inteligible de la libertad, revelado en la acción concreta del yo. La decisión concentra o intensifica al infinito la propia energía espiritual, de manera tal que la idea exista allí como efectividad real de la finitud, y lo finito exista en lo ideal como interioridad realizada. La decisión constituye entonces la categoría primordial del estadio ético, en cuanto ella determina lo ideal como real y afirma lo posible como poder efectivo. En este sentido, la decisión ética no debe confundirse con las elecciones arbitrarias del esteta, determinadas por un objeto finito y temporal. Todo lo contrario, el objeto de esta decisión es el propio sujeto, que vuelve reflexivamente sobre sí para afirmarse en su validez eterna e infinita por la mediación de lo finito y temporal.

La subjetividad ética tiene una sola y única posibilidad: el sí mismo, exteriorizado en su situación concreta y allí mismo interiorizado. Ella se elige tal cual es y tal como son las condiciones de su existencia. Su libertad no oscila entre alternativas abstractas sino que se concentra por entero en la asunción reflexiva de su ser y de sus circunstancias como única posibilidad de reconciliación. Por la decisión—aclara Kierkegaard—‘el espíritu se unifica como espíritu y posee entonces las fuerzas puras del espíritu. Esto parece más liviano en la posibilidad, pero realmente deviene más liviano en la realidad, porque el espíritu está entonces en unidad esencial consigo mismo’ (Pap. X1 A 417). La unidad interna del sujeto coincide con la totalidad de lo existente, de manera tal que su poder convierte el enorme peso de la abstracción estética en la ligera igualdad de un yo reconciliado.

Tampoco debe confundirse la decisión ética con la elección entre el bien y el mal, es decir, con un aut-aut excluyente de dos términos objetivos y abstractos. Por el contrario, la decisión presupone la diferencia entre el bien y el mal, afirmada por ella misma. La identidad del yo contiene y supera la oposición, de manera tal que la libertad es la fuerza de la contradicción por lo mismo que es la fuerza de la unidad, mediante una suerte de superación dialéctica donde el yo conserva y anula la diferencia. No se trata entonces de que la subjetividad elija entre el bien y el mal, sino que alcance el fundamento de su contraposición.

La elección del sí mismo es para Kierkegaard una ‘elección absoluta’ o bien una ‘elección primordial’ (SV2 II 236), porque ella relaciona reflexivamente al yo con su propia esencia, lo sumerge en su identidad originaria y allí él se posee como realidad eternamente presupuesta y efectivamente puesta por sí misma; eternamente producida y a la vez productora de sí misma. El hecho de que el yo constituya ‘una relación que se relaciona consigo misma’ (SV2 XI 143) indica el carácter absoluto y constitutivo de la relación, cuya identidad sustancial emerge de su propia mediación como causa y efecto de sí misma.

Cuando el espíritu se afirma en su unidad esencial, entonces todas sus posibilidades devienen un único poder y todas sus representaciones convergen en la única idealidad real, de manera tal que él deba decir: ‘no puedo hacerlo de otro modo; yo lo hago por la idea, por el sentido, pues yo no vivo sin la idea’ (SV2 VI 267). Efectivamente—y en el sentido más estricto de la palabra—la idea determina el único modo posible de existencia, fuera del cual el espíritu no puede nada y en el cual su poder es necesario, porque se puede a sí mismo.

En este sentido, la decisión es necesaria y Kierkegaard exhorta: ‘tú debes elegir lo único necesario, pero de tal modo que no se trate de una elección […] precisamente que no haya ninguna elección, expresa con que inmensa pasión o intensidad se elige’ (Pap. X2 A 428). La inmensa pasión con la que se elige es el enorme poder que se elige a sí mismo. Y de este modo se realiza, por su propia necesidad, la auténtica libertad, que convierte al sujeto en el propio objeto elegido de manera incondicional. La superación de la libertad formal y abstracta coincide así con el reconocimiento del yo como única alternativa.

La elección de sí es necesaria tanto por la identidad de su objeto como por la intensidad infinita de su poder. Ahora bien, dado que en el yo elegido confluyen múltiples realidades inmediatas, contingentes o accidentales, éstas deberán sintetizarse con aquella necesidad. Sería una flagrante torpeza especulativa entender aquí la síntesis como la suma de dos cosas opuestas, necesidad por una parte y contingencia por la otra, de cuya añadidura resultaría un tercer término mixto, la realidad del yo. Por el contrario, la síntesis indica una profundización reflexiva de la identidad espiritual, en la cual queda asumida y superada la contingencia de la inmediatez por la necesidad de su fundamento subjetivo.

Quien se elige a sí mismo se afirma absolutamente en la concreción múltiple, determinada y continua que constituye su propia realidad personal. Porque la conciencia ética asume libremente sus circunstancias exteriores y el azar de su fortuna, para ella no hay destino o, mejor dicho, para ella ‘lo que tú quieres ser, es el destino’ (SV2 II 18), a lo cual podría añadirse que el destino es el propio querer, en el cual el yo reconoce la verdad inmanente de los hechos. Asumir el destino en el propio devenir espiritual no significa aceptar la necesidad extrínseca del fatum para evitar ser arrastrado por él, sino más bien reconocerse y reconocerlo en su libertad intrínseca.

La contingencia es tan necesaria como la necesidad, porque ella constituye la manifestación extrínseca de la identidad esencial. En términos kierkegaardianos, lo contigente es ‘la categoría límite que forma propiamente la transición de la esfera de la idea a la de la realidad’ (SV2 I 245). Al modo de una auténtica mediación, en lo accidental se expresa la idea como fuerza efectiva, y bajo su poder lo accidental se constituye como efecto. El movimiento de la decisión reconoce entonces la interioridad infinita de la finitud, el fundamento esencial del acontecer, y permanece así en una continua identificación con su exterioridad.

En este sentido, la realidad ética del yo constituye para Kierkegaard un auténtico ‘inter-esse’ (SV2 VII 302) en el cual se reflejan de manera absoluta la idealidad y la existencia fáctica, lo finito y la infinitud, el tiempo y lo eterno, en virtud de esa ‘relación esencial que ha devenido idéntica consigo misma’ (EL §142). Precisamente en estos términos describe Hegel el retorno del sujeto sobre sí mismo, retorno que es manifestación externa e interiorización del sí mismo. Desde el punto de vista hegeliano, la relación esencial es una relación absoluta, esto es, la relación de lo absoluto consigo mismo, en la cual se resuelve la realidad efectiva como unidad última y sustancial de esencia y ser, infinitud y finitud, interioridad y exterioridad. Tal relación expresa la identidad sustancial del sujeto por la revelación o efectuación reales de su energía ideal.

El retorno de la relación a su identidad expresa el despliegue de la idea dentro de sí misma, la reflexión o mediación del sujeto que, por afirmar en ella su propio poder, procede de manera necesaria. La necesidad—asegura Hegel en este sentido—‘es la esencia una e idéntica consigo misma; pero es la esencia que tiene un contenido concreto y que aparece en el interior de sí misma’ (EL § 149). Dicho brevemente, la necesidad es obra de la identidad, y ella se revela tanto en la potencia sustancial de lo absoluto como en su efectuación ad extra, por un único y mismo movimiento que procede de sí mismo y retorna sobre sí.

La identidad es entonces la única alternativa real del sujeto y precisamente por eso su necesidad es liberadora. En la necesidad se realiza la auténtica libertad de un destino interiorizado y transparente a sí mismo. Que ‘la verdad de la necesidad sea la libertad’ (EL § 158) significa que la identidad penetrada y reconocida determina al yo como posición de sí. La libertad constituye el poner por sí mismo la identidad del sujeto y del objeto, de lo interior y lo exterior como único poder efectivo.

Ahora bien, dado que el yo asume en su devenir todo el contenido accidental y contingente que mediatiza su esencialidad, la contingencia determina la manifestación inmediata de lo esencial, presupuesta por la propia necesidad y tan necesaria como ésta. La existencia inmediata de lo esencial abarca las múltiples condiciones externas, circunstancias, determinaciones, etc., que deberán asumirse como momentos de un mismo proceso comprensivo. Respecto de ellos, la necesidad es la instancia en la cual la contingencia del acontecer descubre su forma verdadera, el poder absoluto que la mueve, el fundamento de su actualización.

En este sentido, lo real es para Hegel ‘la unidad de la necesidad y la accidentalidad’ (W VI 213),[6] no como suma extrínseca dos cosas sino como dinamismo de interiorización subjetiva, que invierte la inexorabilidad externa de los hechos en la evolución del sí mismo. Por este dinamismo, el destino pierde su compulsión extrínseca para integrase a la libertad de un sujeto recobrado en su identidad esencial. Por él también, la necesidad abandona su rigidez estática a fin de convertir el transcurso temporal en una misma historia liberadora de lo absoluto.

Si repetir es confirmar la igualdad presupuesta en el origen del devenir, el proceso por el cual el yo recobra su identidad esencial constituye la auténtica repetición de la que tanto ha hablado Kierkegaard. En la repetición, una sola misma libertad se afirma como sujeto y objeto, acto y contenido, principio y fin de su reflexión interior. Luego de que la conciencia inmediata del esteta falló en su intento de constituir la subjetividad, la repetición eleva lo ideal a ‘la segunda potencia de su conciencia’ (SV2 III 291), para ver surgir al espíritu de su propia mediación.

__ 4. La necesidad intrínseca del deber

Porque la decisión no es para la subjetividad ética una opción arbitraria sino una necesidad libre, ella asume la forma del deber como potencia absoluta e incondicional de todo contenido finito. El deber designa para Kierkegaard ‘una relación interior; pues lo que me compete no como individuo accidental sino según mi esencia verdadera está por cierto en la relación más íntima conmigo’ (SV2 II 275). En cuanto relación, él constituye la identidad esencial del sujeto, por la restitución de la individualidad accidental a su fundamento. De allí tanto su valor absoluto e incondicional como la eternidad que caracteriza a lo ético.

El deber es la conciencia de una infinitud ideal que quiere ser en lo finito y, dado que todo hombre la posee, él es entonces ‘lo humano general’ (Pap. IX A 213), asignado a cada uno como tarea propia. La generalidad o universalidad del deber se dice en dos sentidos. El primero, en cuanto su exigencia se extiende a todos los individuos y determina su igualdad esencial, consigo mismo y con los otros. El segundo sentido, en cuanto su contenido prescribe las acciones comunes que constituyen el orden social. En cualquiera de los dos casos, quizás sea el seudónimo kierkegaardiano Johannes de Silentio quien mejor haya descrito la universalidad ética.

La exigencia suprema del deber reside en la identidad sustancial del sujeto, que emerge de su necesidad interior. El imperativo kierkegaardiano consiste entonces en la elección de sí mismo, a fin de devenir uno con el fundamento eterno del yo. Y ya que este poder corresponde a todos por igual, Kierkegaard asegura que ‘lo humano reside en que a todo hombre le es concedido poder ser espíritu’ (Pap. IX A 76). Si lo puedes, debes y, viceversa, si debes serlo es porque tienes el poder de alcanzarlo. Hay en esta afirmación una conversión de lo posible al deber, en la cual se manifiesta la íntima potenciación del espíritu.

La apropiación incondicional de esta esencia una y eterna del yo convierte al devenir temporal en un continuum. Frente a la fragmentación inmediata de los fenómenos, el ético descubre en sí mismo ‘una constancia intrínseca cuya fuerza es idéntica a la ley del movimiento’ (SV2 II 108). De aquí que, mientras el esteta se derrama sobre la accidentalidad de los sucesos y pierde allí su unidad interior, la subjetividad ética se afirme en el orden divino de los hechos, en su fundamento inconmovible que es, en el fondo, el origen mismo del acontecer. A partir de él, la apariencia insustancial del mundo queda remitida a su propia interioridad absoluta.

En cuanto a su contenido—y precisamente porque la identidad subjetiva no quiere ser abstracta sino concreta–, lo debido se extiende a todas las esferas de la vida, para asumir incondicionalmente aquellas tareas y actividades que empeñan en general la existencia humana. El matrimonio, el trabajo, la amistad, la vocación, las ocupaciones diarias, etc. son objeto de esta transformación debida, por la cual ellos reciben la firmeza inamovible de un yo que se realiza y las realiza a través suyo. Por eso, de la subjetividad estética a la ética no hay una destrucción de lo anterior sino un retorno circular—una repetición transfiguradora—que descubre en lo mismo el dinamismo superador de lo eterno. Al dinamismo eterno del yo se sujetan así todas sus acciones particulares, y él logra ser de este modo la unidad absoluta de lo general y lo singular.

Dado que estas actividades son comunes a todos los hombres y constituyen el orden social, el estadio ético de Kierkegaard suele asimilarse a un correcto desempeño cívico y, a partir de allí, se lo asociar con la Sittlichkeit hegeliana. En efecto, la subjetividad ética debe realizar en el mundo el orden objetivo y universal del espíritu, a semejanza de lo expresado por Hegel en la Filosofía de Derecho. No obstante, tanto para Kierkegaard como para Hegel, la realización de este orden es manifestación y no fundamento de su eticidad. Ambos entienden que lo ético se sostiene en la universalidad de la esencia humana, superadora del arbitrio individual por el devenir reflexivo de la propia subjetividad.

Desde el punto de vista kierkegaardiano, el hombre no es sólo ni principalmente la arbitrariedad de su inmediatez contingente, sino la necesidad de una esencia común, por la cual él es ‘a la vez él mismo y toda la especie, de manera que toda la especie participa del individuo y el individuo participa de toda la especie’ (SV2 VII 332). La participación de una misma naturaleza espiritual justifica el orden objetivo y universal de lo ético, porque en ella reconoce el individuo su sustancia inamovible, llamada tanto a unificar las particularidades contingentes de su existencia como a instaurar la legalidad universal del todo social.

De un modo análogo, Hegel concibe el pasaje de la conciencia arbitraria a la conciencia del deber como la elevación del espíritu a su contenido verdadero, esto es, a su fundamento universal y necesario, que no es extrínseco sino inmanente a la subjetividad misma. Lo ético constituye la síntesis o identidad concreta de la individualidad particular con su sustancialidad esencial, identidad en la cual se supera sin destruirse la contingencia subjetiva. En virtud de esta naturaleza universal, que no es una representación abstracta sino la sustancia misma de lo singular, lo ético deviene real. Mediante la ley, el individuo eleva su existencia inmediata al absoluto poder de una acción que es a la vez singular y general.

El deber es, para Hegel, la propia acción subjetiva, por cuyo querer y conocer se afirma la sustancia racional del orden ético como fundamento de lo individual, a la vez que el individuo se comprende en ella de manera esencial y descubre allí su subsistencia. De aquí que la raíz de lo ético no resida en la determinación extrínseca de la ley sino en ‘la pura autodeterminación incondicionada de la voluntad’ (PR §135), vale decir, en la libertad subjetiva. Precisamente porque la libertad es la necesidad de sí misma, la autodeterminación del espíritu subjetivo coincide con lo debido y deberá manifestarse en la realidad objetiva de lo ético.

La Lógica coincide en que el deber expresa el intento de lo finito por superarse, por ir más allá de sí mismo y recuperar su idealidad esencial. En este sentido, lo debido contiene el límite y la superación del límite, y se determina así como una relación entre finitud e infinitud, que es escisión e intento de unidad; exteriorización y reflexión en sí. Ahora bien, precisamente porque el poder libre se asume como deber, él conserva siempre cierta escisión entre lo esencial y lo finito que impide la unificación plena del yo. Dicho de otro modo, en el deber, el poder subjetivo descubre una diferencia intrínseca que hace de su posibilidad una imposibilidad y de lo finito una muerte segura. Si ‘lo que tiene que ser es y al mismo no es’ (WL 143), entonces las fuerzas de lo posible se anulan en su propia contradicción y de ello resulta que ‘tú no puedes, precisamente porque tú debes’ (WL 144-145). El deber no logra la reconciliación de la subjetividad y su fracaso se manifiesta—según Hegel—en la mala infinitud de un proceso interminable.

La sólida igualdad con la cual lo ético pareció imponerse manifiesta ahora su negatividad intrínseca y reclama un dinamismo superador. En el caso de Hegel, el derrumbe de la afirmación subjetiva anticipa el devenir del concepto y la superación de la objetividad ética en la subjetividad religiosa y especulativa. En el caso de Kierkegaard, el colapso del estadio ético confirma su posición dialéctica, expectante de una nueva reconciliación.

__ 5. La culpa como negación de la identidad

Si O lo uno o lo otro comienza afirmando la decisión como poder idéntico del yo, él concluye con la afirmación edificante de que ‘delante de Dios siempre estamos equivocados’ (SV2 II 366), de manera tal que ‘la expresión más alta que la concepción ética de la vida posee es arrepentirse y yo debo siempre arrepentirme—pero esta es precisamente la autocontradicción de la ética’ (Pap. IV A 112). Elegirse absolutamente es entonces elegirse como culpable, y en la culpa se niega la subjetividad inmanente como una autocontradicción imposible. La posición del yo por el yo mismo revela en el arrepentimiento su impotencia y la unidad conseguida recae en la escisión.

Desde el punto de vista metafísico, la realidad del arrepentimiento desenmascara la negatividad constitutiva de la subjetividad o bien su pertenencia esencial al mal y a la nada. Ciertamente, el yo posee en sí un poder absoluto y una realidad infinita que debe actuar, pero junto con ellos posee el no ser y la impotencia. No se trata aquí de otra cosa sino de la constitución dialéctica del yo, según la cual ‘en la misma medida en que él tiene lo positivo, tiene también lo negativo. Este origen dialéctico de la libertad, la libertad nunca lo olvida’ (Pap. V A 90). Por dialéctica entendemos aquí una fuerza dinámica cuya afirmación es eo ipso negación y cuya negación remite a una unidad superadora de la diferencia, de manera tal que, si la libertad tiene un origen dialéctico, ella tiene ante todo un origen al cual debe retornar. No obstante, el problema reside en que pueda retornar allí por sus propias fuerzas, toda vez que éstas se anulan en su propia contradicción.

El principio de la dialéctica estructura por completo la subjetividad kierkegaardiana y manifiesta su operatividad en todas y cada una de las esferas de su desarrollo. Tanto para el esteta como para el ético o el religioso, vale que en cualquiera de los casos ‘el espíritu no puede afirmarse nunca de manera directa, debe haber siempre antes una negación; y cuanto más espíritu, más se debe cuidar con exactitud que la negación sea la negación del opuesto preciso’ (Pap. XI1 A 152). Cada grado de potenciación espiritual profundiza la caída y la fuerza de la contradicción. Destino, culpa, desesperación, resignación y pecado son otros tantos nombres para esta negatividad que corroe el devenir subjetivo, a la vez que lo impulsa hacia delante.

En el estadio ético, la negatividad dialéctica se manifiesta como la culpa y el arrepentimiento, que invierten la afirmación inmanente del yo en su impotencia. Dicho en palabras de Kierkegaard: ‘la fuerza que le es dada a un hombre (en la posibilidad) es totalmente dialéctica, y la única verdadera expresión para la comprensión de sí mismo como posibilidad es que él precisamente tiene el poder para aniquilarse a sí mismo, porque él, aun si es más fuerte que todo el universo, sin embargo no es más fuerte que sí mismo’ (Pap. V A 16). Por ser posible y dialéctico, el infinito poder de la libertad es una imposibilidad, que aniquila lo debido en la contradicción que lo embarga. Esto significa además que la síntesis positiva de finito e infinito, tiempo y eternidad, ser y deber, relatividad y absoluto no depende simplemente del yo sino de su Otro.

Que la dialéctica sea el motor del pensamiento hegeliano, huelga decirlo. Que toda afirmación sea para él negación y que la negación esté llamada a recuperar la identidad del origen, es cosa ciertamente sabida. Mucho más interesante resulta en este punto la descripción hegeliana del concepto de culpa como disolución de la eticidad. Hegel reconoce en la subjetividad ética un auténtico charakter, cuyo pathos singular asume la universalidad sustancial y se halla de este modo en equilibrio con la totalidad de lo existente. Sin embargo, su unidad permanece en la inmediatez de un en-sí que no ha logrado el para-sí de la reflexión total, y conserva de este modo la escisión que pretende superar.

Porque su posibilidad es un imposible, cuando la conciencia ética actúa afirma ipso facto la dualidad entre la ley divina y humana, y en esta separación ella perece, tal como perece la conciencia ética de Abraham frente a la exigencia del sacrificio. Inexorablemente ‘la autoconciencia se convierte por la acción en culpa. Pues la culpa es su obrar, y el obrar su esencia más propia’ (PG 346).[7] La libertad manifiesta en la culpa su potencia negadora y la fuerza de la idea anula lo singular al enfrentarlo con un Otro extraño, con una ley divina que refuta lo humano. El incesante perecer de la decisión, que expresa por una parte su negación en-sí, afirma sin embargo por la otra un dinamismo superador.

En última instancia, el fracaso de la conciencia ética reside en el intento inmanente del yo por el yo mismo, que busca la unidad inmediata con lo absoluto sin la mediación de un tercero, esto es, sin un término de unidad que contenga la identidad en su diferencia. Si para Hegel lo real es siempre un silogismo y para Kierkegaard la división de la unidad produce siempre tres, en ambos casos la identidad del yo=yo no resiste la prueba de un Tercero que ignora toda contradicción. El círculo perfecto del yo no se cierra entonces en él mismo sino en el Otro.

El estadio ético ha intentado afirmar la autorrelación del yo junto en la síntesis de finitud e infinitud, tiempo y eternidad que él contiene. Sin embargo, él ha olvidado que ‘la relación que se relaciona a sí misma ha sido puesta por Otro, entonces la relación es ciertamente lo tercero, pero esta relación, que es lo tercero, es también una relación que se relaciona a lo que ha puesto la relación entera’ (SV2 XI 144). La dependencia de un tercero equivale, en términos metafísicos, a la negación completa del yo y a la aniquilación de todos sus esfuerzos. Esto no significa que la subjetividad no pueda nada sino que nada puede por sí misma, y en este reconocimiento ella colapsa.

La conciencia ética está perdida. Haga lo que haga se arrepentirá y será siempre culpable. Haga lo que haga, la reconciliación es para ella imposible. Su infinito poder se anula en su propia contradicción y su concreción recae en una nueva abstracción. Sin embargo, todo lo perdido retornará transfigurado, porque el poder de la idea es más fuerte que el yo.

__ 6. Conclusiones

Durante décadas, la historia de la filosofía ha separado a Kierkegaard de Hegel y a Hegel de Kierkegaard.

La grandeza especulativa del pensamiento kierkegaardiano junto con la vena existencial del sistema de Hegel ha sido de este modo barrida por el hito historiográfico de su enemistad especulativa.

Por una parte, Kierkegaard fue interpretado como el filósofo de una libertad formalmente posible y abstracta, pasando por alto el poder necesario que mueve—según él—a la acción libre.

Se lo ha tachado de irracionalista, ignorando por completo el lugar central que ocupa en su pensamiento la idea, fuente suprema de toda inteligibilidad y sentido.

Su elección ha sido confundida con un decisionismo arbitrario y ajeno a todo deber, y su individuo con una mónada carente de la esencia universal y del compromiso social que Kierkegaard le atribuye.

En último lugar, o lo uno o lo otro ha representado el paradigma opuesto a la mediación hegeliana, cuando es precisamente la fuerza mediadora de la libertad la que presupone, afirma y supera toda oposición.

Por la otra parte, Hegel se presentó como el filósofo de la rígida racionalidad abstracta, ignorando el hecho de que fue él quien primero demolió las rígidas abstracciones del entendimiento finito, a fin de salvaguardar una instancia racional que supere toda oposición e invierta los contrarios.

Se entendió que su pensamiento terminaba con la contingencia de lo real, cuando la necesidad de la idea no es sino en la accidentalidad de los hechos.

La pretendida abstracción del concepto sólo existe en la libertad de la conciencia individual y el tan aclamado orden objetivo de lo social sólo se sostiene desde la universalidad sustancial del individuo, llamada también a superarse en la forma religiosa del espíritu.

Si el sistema de Hegel está cerrado, únicamente lo está en el mismo instante en el cual vuelve a surgir su diferencia.

A estos lamentables equívocos, que denotan una gran confusión lógica y existencial, buscaron responder estas breves líneas.

En efecto, hemos intentado mostrar de qué modo la lógica interna del pensamiento kierkegaardiano se acerca al dinamismo dialéctico fundamental de la filosofía de Hegel.

Ambos coinciden en comprender la idea como el poder real del devenir subjetivo y la existencia como la concreción actual de lo ideal.

La pura enérgeia de la libertad, que comienza como una abstracta y estética posibilidad, se realiza a sí misma como la actual concreción de la finitud, en la cual el tiempo y la contingencia son asumidos por la eterna y necesaria fuerza del deber.

La repetición kierkegaardiana no es nada sino esta fuerza ideal, que mediatiza el flujo de las diferencias finitas en la identidad eterna del sujeto.

Sin embargo, si bien lo ético constituye la forma objetiva de lo absoluto en la cual el sujeto ha asumido el mundo y lo divino, ello no determina el reconocimiento más propio de lo Absoluto.

Y de aquí que la subjetividad ética caiga en la contradicción de Dios.

La tarea del estadio religioso consiste en la última y definitiva mediación, capaz de unir al individuo con Dios y con el prójimo mediante el silogismo perfecto del amor.

Cuando la absoluta diferencia aparece, solo el amor la supera en un Tercero, capaz de sostener el círculo de la unidad.


María J. Binetti
Conicet (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas)
Argentina
Hong Kierkegaard Library
St. Olaf College
USA

__ Bibliografía

Hegel, G. W. F., Werke in zwanzing Bänden, Eva Moldenhauer and Karl Markus (eds.), Frankfurt am Main, Suhrkamp Verlag, 1969.

Kierkegaard, Søren, Søren Kierkegaard’s Papirer, P. A. Heiberg, V. Kuhr and E. Torsting (eds.), 2nd ed., 20 vols., København, Gyldendalske Boghandel Nordisk Forlag, 1909-1948.

Kierkegaard, Søren, Journals and Papers, trans. Howard V. Hong and Edna H. Hong, 7 vols., Bloomington, Indiana University Press, 1967-78.

Kierkegaard, Søren, Samlede Værker, A. B. Drachmann, J. L. Heiberg and H. O. Lange (eds.), 15 vols., Gyldendalske Boghandel Nordisk Forlag, København, 1920-1936.

Kierkegaard, Søren, Kierkegaard’s Writings, trans. Howard V. Hong and Edna H. Hong, 24 vols., Princeton University Press, 1978-98.

Stewart, Jon, Kierkegaard’s Relations to Hegel Reconsidered, Cambridge University Press, 2003.

[1].Søren Kierkegaard, Søren Kierkegaard’s Papirer, P. A. Heiberg, V. Kuhr and E. Torsting (eds.), 2 nd. ed. , 20 vols., København, Gyldendalske Boghandel Nordisk Forlag, 1909-1948 (en adelante Pap.).

[2]. Jon Stewart, Kierkegaard’s relations to Hegel reconsidered, Cambridge University Press, 2003, p. 231.

[3]. Søren Kierkegaard, Samlede Værker, A. B. Drachmann, J. L. Heiberg and H. O. Lange (eds.), 15 vols., Gyldendalske Boghandel Nordisk Forlag, København, 1920-1936 (en adelante SV).

[4].G. W. F. Hegel, Enzyklopädie der philosophischen Wissenschaften, en Werke in zwanzing Bänden, Eva Moldenhauer and Karl Markus (eds.), vols. 8-10, Frankfurt am Main, Suhrkamp Verlag, 1969 (en adelante EL).

[5].G. W. F. Hegel, Grundlinien der Philosophie des Rechts, en Werke in zwanzing Bänden, Eva Moldenhauer and Karl Markus (eds.), vol. 7, Frankfurt am Main, Suhrkamp Verlag, 1969 (en adelante PR).

[6]. G. W. F. Hegel, Wissenschaft der Logik, en Werke in zwanzing Bänden, Eva Moldenhauer and Karl Markus (eds.), vol. 6, Frankfurt am Main, Suhrkamp Verlag, 1969 (en adelante W VI)

[7]. G. W. F. Hegel, Phänomenologie des Geistes, en Werke in zwanzing Bänden, Eva Moldenhauer and Karl Markus (eds.), vol. 3, Frankfurt am Main, Suhrkamp Verlag, 1969.

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Extraído de: http://www.cosmosandhistory.org/index.php/journal/article/view/84/168
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Algunos aportes de Carl Gustav Jung a la Psicología Humanista - Horacio Ejilevich Grimaldi


Hablar de Psicología Humanista, parece a primera vista, una redundancia, dado que la Psiquè pertenece, en sí al Ser Humano.

No obstante la Psicología Humanista nos indica que existe algo más que la dualidad mente-cuerpo y que ese algo más se denomina espíritu.

El movimiento de la Psicología Humanista - puesto que engloba una gran cantidad de escuelas -

se caracteriza por su capacidad receptiva y su espíritu tolerante, a la vez que por un eclecticismo pragmático que da lugar en su seno a distintas teorías.

Estas son, en general, parcialmente compatibles entre sí, no son del todo coincidentes ni en cuanto a sus afirmaciones últimas ni tampoco a sus metodologías,

pero por otra parte, toman al Ser Humano como una totalidad.

La Psicoterapia Integradora Humanista es un modelo que deviene en muchos aspectos de la tarea pionera de C.G.Jung

y es retomada, desde la Psicología Transpersonal por excelentes colegas como Ken Wilber, Stanislav Groft, Virginia Satir, Andrew Samuels y el propio Maslow, egresado del Instituto C.G.Jung de San Francisco.

Esta Psicología Humanista y Transpersonal se caracteriza por algunos presupuestos meta teóricos, teóricos, psicoterapéuticos y metodológicos como los que describo a continuación.

La Psicoterapia Integradora Humanista es epistemológicamente constructivista,

es decir, parte de la concepción de la existencia de una realidad externa ajena a la propia conciencia

cuyo conocimiento no se da en forma directa, sino a través de la mediación de la propia subjetividad,

de manera que incluso las formas más simples de contacto con la realidad, las sensaciones, ya son percibidas impregnadas de subjetividad.

En C.G.Jung y su Psicología Analítica es constante el ínter juego entre lo que el denomina Realidad Objetiva y la Realidad del Alma o la Realidad Subjetiva

 y aún más, es imposible, destacar como más fidedigna una de otra.

Por ello la realidad, tanto objetiva como subjetiva es susceptible de diferentes interpretaciones,

sin que podamos atribuir a una de ellas la capacidad para captar la totalidad de la realidad.

Comparte entonces esta afirmación junguiana genéricamente, tanto la Psicología de los Constructos Personales de Kelly como el Análisis Transaccional, la Psicoterapia de la Gestalt o el Focusing,

como asimismo, determinados enfoques existenciales y, en particular, aquellos no directivos, que participan de esta concepción de la dimensión subjetiva del conocimiento

y están atentos, desde el punto de vista clínico, a que el paciente logre un sistema interno coherente y significativo para él,

 más que a imponerle una determinada visión de la realidad o unos contenidos pretendidamente objetivos.

En esto se opone drásticamente no solo a las mas crudas escuelas conductistas

sino también a movimientos pseudos psicológicos que terminan siendo sectarios y propenden al denominado “lavado de cerebro” como por ejemplo el mal denominado “insight” que se presenta en algunos workshops y cursos elitistas, como así también en algunos manuales de autoayuda.

La Psicología Humanista concibe, al igual que la Psicología Analítica, la realidad en forma sistémica,

 aspecto que comparte con los diferentes enfoques de la orientación humanista-experiencial y con la denominada Terapia Sistémica.

Es decir entiende al ser humano, tal como Von Bertalanffy (1968/1976) formulo, como un sistema

-entendiendo como tal un conjunto de elementos conectados entre sí de tal forma que la variación de uno de ellos varía el conjunto-

inserto en el seno de sistemas más amplios (familia, por ejemplo)

y a su vez estos sistemas dentro de otros más vastos (como podría ser una cultura concreta).

La persona se entiende también como integrada por diferentes subsistemas (cognitivo, corporal, afectivo, interaccionad, práxico, entre otros) formando una realidad.

Incluso a los que denominé subsistemas, tales como el cognitivo, el corporal, etc., cabe añadírsele el espiritual.

Es un error considerar que C.G.Jung, basa su Psicología en los moldes preformados del Ser Humano (los arquetipos), dejando de lado pautas culturales.

Este concepto erróneo es bastante difundido en especial, por aquellos que critican sus teorías sin tener un conocimiento profundo de las mismas.

El propio Jung nos lego el concepto de que el Ser Humano no nace todo los días,

sino que es el resultante, no solo de las interacciones socioculturales políticas y religiosas,

sino también de sus propias raíces ancestrales, que se encuentran en los albores de la primigenia humanidad.

Otra de sus concepciones teóricas, la del Inconciente colectivo, es definida por Gherard Adler, como

“Una inmensa playa de arena inagotable la cual con el paso de las épocas (o sea de las transformaciones socio-culturales) se va ampliando infinitesimalmente”.

Por esta razón entonces, no considerar en C.G.Jung la tremenda importancia del factor socio cultural, es un error grave.

El movimiento de la Psicología Humanista, entiende al Ser Humano como parcialmente libre, es decir que no es meramente reactivo a unos estímulos concretos

-dentro de los condicionamientos, ambientales, sociales, laborales, económicos y políticos a los cuales, sin duda, está sometido-

sino también posee un relativo margen de libertad de elección del cual es responsable

y coadyuva conjuntamente con lo anterior en la conformación del individuo como Persona única e irrepetible.

Jung es lo suficientemente claro en este punto. El mismo dice que: "Nuestro libre albedrío es la mejor forma de hacer aquello a lo que hemos venido”.

La conceptualización junguiana siempre está teñida por una connotación espiritual que, al decir del Psiquiatra Francés Henry Ey, la constituye en una excelente “Terapia del Alma “.

Con esto, podemos afirmar que Jung fue el primero que planteó un quiebre en la construcción separatista cartesiana mente / espíritu.

Y, en consecuencia su Psicología, es el primer intento logrado de reunir al Alma con nuestro propio devenir histórico.

La Psicología Humanista, concede una gran importancia al proyecto vital de la persona y a la búsqueda de sentido, coincidiendo así con el enfoque existencial,

y asumiendo las líneas básicas del pensamiento de Rollo May y Víctor Frankl.

Actualizando, de acuerdo con Rychlak, la clasificación aristotélica de las cuatro causas, y no limitándonos

-como ha sido muy frecuente al investigar las causas de las conductas psicopatológicas y de los cambios terapéuticos- a las causas "material" y "eficiente",

se concede mayor relevancia, a las causas "formal" y, en especial, a la causa "final".

El énfasis otorgado a esta última nos aproxima a algunas teorías y aportaciones de Alfred Adler como por ejemplo la del “Sentimiento Social”

y se refleja, en el plano psicoterapéutico, en la importancia que concede a lo cual el Análisis Transaccional denomina "análisis del guión vital".

En cuanto a la relevancia dada a la "causa formal", se manifiesta en la práctica terapéutica a partir de la concepción de un modelo basado, ante todo, en un análisis del proceso (o "forma"), que el sujeto desarrolla para lograr aquellos objetivos,

a semejanza de la perspectiva de la Psicoterapia de la Gestalt, la Psicología de los Constructos Personales de Kelly y la Psicoterapia Post rogeriana de Egan.

La Psicología Analítica junguiana, está prácticamente basada en la premisa del encuentro con nuestro propio sentido de vida, nuestro Santo Grial, constituyéndose de esta manera también en precursora de lo antedicho.

En C.G. Jung, a nuestro arquetipo interior de Dios, (nuestro Selbst), le corresponde una idea acerca del Dios exterior, con lo cual retoma una vieja tradición hermética acerca de “lo que es arriba es abajo y lo que es dentro es fuera “.

Más aún. Nuestra tarea en la vida, está inexorablemente orientada (finalismo teleológico) a la consecución de nuestro propio sentido de vida, como cité anteriormente.

No obstante ello, la etiología filosófica debe buscarse en el gnosticismo y, en especial en el Platonismo y neo platonismo mucho más que en Aristóteles.

La Psicoterapia Humanista, se interesa de modo especial por los temas específicamente humanos, interés que comparte con los iniciadores del Movimiento de la Psicología Humanista por temas que diferencian nuestra especie animal de las otras (amor, creatividad, Metas, motivaciones, o búsqueda de sentido, por ejemplo).

La Psicología Analítica, con sus construcciones acerca de los Complejos, el Inconsciente colectivo y los arquetipos y, en especial el plano psicoide y la Sincronicidad, nos da una visión holística y revolucionaria acerca del papel del Ser Humano y su meta final.

Algunas teorías sobre la personalidad están, como la Psicología Transpersonal, prácticamente integradas en su totalidad en nuestro modelo.

La Psicoterapia Integradora Humanista, admite la presencia de procesos no conscientes en el comportamiento humano,

a pesar de que se distancia del Psicoanálisis en la concepción del inconsciente como una especie de depósito de contenidos concretos, especialmente de temática sexual, reprimidos por su carácter socialmente destructivo.

Los procesos no conscientes asumen , por el contrario, las posiciones del Análisis Transaccional de Berne

 y de la Psicoterapia de la Gestalt de Perls que lo contemplan más en términos formales que de contenidos,

y no le atribuyen un carácter caótico ni destructivo necesariamente, ni tan rígidamente separado de las instancias conscientes.

Cabe acotar aquí que el primero que revalorizó el concepto del Inconciente no solo como el reservorio de lo “reprimido “,

sino también como el hermano oscuro que necesariamente debemos integrar en cuanto a sus potencialidades se refiere,

nuevamente fue C.G.Jung con su genial conceptualización de la Sombra, ya individual, ya colectiva,

considerando que una conlleva la otra, tal el caso de la película actualmente en exhibición Farenheit 9/11.

La Psicología Humanista acepta la variabilidad de las motivaciones,

es decir que supone que la persona amplía intereses y motivaciones que no son necesariamente los diferentes disfraces de una o dos pulsiones originarias.

En este punto siguiendo a Allport, discrepamos de Freud y de Adler, entre otros.

Acepta también la distinción entre motivaciones y meta motivaciones propuesta por Maslow

o dicho con la terminología de Lersch, que indica que más allá de las tendencias de la vitalidad y del yo individual,

el ser humano dispone de genuinas tendencias transitivas que no son coincidentes con la sublimación de otras tendencias, sino que tienen una entidad propia.

Aquí C.G.Jung nos habla del arquetipo de la máscara, de las cuales nos rodeamos y mediante aquellas con las que nos expresamos cotidianamente,

y también nos alerta del peligro de anquilosarnos en una de ellas perdiendo de vista la amplísima gama de matices de nuestra propia Psiquè.

La Psicología Humanista considera que los valores éticos constituyen un núcleo importante de la personalidad

y que en torno a ellos se aglutina el sentido de identidad y facilitan la evolución personal hacia la autonomía.

La Psicología Analítica nos enseña que, el problema de impartir o no el conocimiento adquirido es, en última instancia un problema moral.

Considera la unicidad de cada ser humano y el carácter original de cada individuo,

si bien entiende que -en la línea de Millon y Everly - se dan patrones consistentes de personalidad (generalmente patrones mixtos),

también considera que dichos patrones, por sí mismos, no pueden considerarse sanos o insanos, puesto que no hay un modelo único de personalidad a imponer o sugerir,

sino que es el ejercicio flexible o rígido de los mismos en relación con las situaciones, el que determina el grado de salud mental.

En este punto en particular, cabe destacar que este cuestionamiento acerca de la denominada Salud y enfermedad, fue planteado por C.G.Jung ya específicamente en 1912.

El modelo de Psicoterapia Integradora Humanista posee diversidad de principios, algunos de los más destacados son:

El modelo integrador, en tanto en cuanto considera que no existe en la actualidad un tipo de psicoterapia excluyente que sea válido para todas las personas, problemas y circunstancias,

y por ello se siente llamado a mantenerse receptivo y dialogante a las aportaciones que desde otros modelos o paradigmas pudieran ser integradas en forma coherente y que pudieran hacer más efectivo el tratamiento.

Ya Jung mencionaba en un reportaje que le realizó la BBC de Londres que “Con algunos pacientes soy freudiano, con otros Adleriano y con los que puedo junguiano”.

Es holístico en relación con la persona y los sistemas en que participa, es decir se ocupa de la globalidad y considera que hay que trabajar conjunta e integradamente en los diferentes subsistemas del individuo,

elaborando cualquiera de los trabajos realizados en un determinado nivel de intervención dentro de la experiencia del sujeto considerada como un todo global.

Jung fue el pionero en el tratamiento global del Ser Humano y aún más, sus conceptualizaciones tanto teóricas como prácticas, indican que éste no está completo ni en sensación de armonía, hasta que no este completo y armónico con el Universo entero,

lo cual, desarrollado desde la teoría que construyó conjuntamente con Wolfang Pauli, acerca de la Sincronicidad, nos lleva directamente a la revalorización de las mal denominadas “mancias” como la Astrología, el Tarot y, en especial el I Ching.

Enfatiza la importancia del vínculo terapéutico, y propone la adopción por parte del terapeuta de las actitudes rogerianas de aceptación incondicional positiva hacia el paciente, empatía y autenticidad (Rogers 1957),

no sólo a título de exigencias éticas que enmarquen la relación, sino también como actitudes indispensables para que pueda surgir una alianza efectiva (Lafferty, Beutler y Crago, 1990).

Sin embargo, no considera que esas tres actitudes básicas sean suficientes para esa implicación por parte del paciente.

A la vez, entiende que la vinculación terapéutica debe estar atenta, en forma idiosincrática, a las perturbaciones en el vínculo que presenta la persona, a las hipotéticas causas de las mismas,

y a proporcionarle unas experiencias globales diferentes de aquellas que contribuyeron a la creación de la perturbación.

Jung considera que el terapeuta es meramente la pantalla de las proyecciones que constituyen la propia historia personal del paciente, su propio Cuento de Hadas, su Mito,

y la actitud del terapeuta debe necesariamente y en todos los casos permitir la proyección hasta que ella se diluya en el conocimiento del propio paciente de su problemática con respecto a éstas proyecciones.

Al igual que otros modelos de Psicoterapia Humanista, la Psicología Analítica exige al psicoterapeuta un papel activo que, a la vez que escucha empáticamente al cliente, interacciona con él haciéndole propuestas de exploración concretas,

que deben ser intrusivas en la más mínima medida posible, separándose en ello de la no-directividad del enfoque rogeriano.

El Movimiento Humanista es tecnológicamente pluralista y ecléctico.

Dentro de él la utilización simultánea de varios modelos no supone, por fuerza, un tratamiento fragmentado del ser humano,

ni tampoco se trata de un eclecticismo no comprometido que no se atreve a optar por un modelo concreto,

sino que esta multiplicidad de posicionamientos puede ser y de hecho lo es, una fuente de enriquecimiento para la comprensión del inabarcable misterio de lo humano,

puesto que cada uno de ellos ha seleccionado unos determinados aspectos del individuo a fin de dar una estructura económica y operativa a su trabajo terapéutico.

Y no tiene lugar la fragmentación o falta de compromiso, cuando se ponen en práctica en el seno de su meta-modelo, la Teoría General de los Sistemas de Bertalanffy,

como, asimismo, las perspectivas holista, existencial, constructivista y, por supuesto la Psicología Analítica.

Cabe añadir para finalizar esta exposición que la Psicología Analítica junguiana, a diferencia del Psicoanálisis freudiano o lacaniano, es prospectiva,

o sea está orientada hacia el futuro y no al pasado.

No se detiene - aunque se tenga en cuenta- en el ¿Por Qué?, sino que se apoya mayoritariamente en el ¿Para Qué?

Asimismo, es importante hacer mención de la deuda que toda la Psicología Humanista y la Transpersonal (englobada en la primera), poseen con la figura y el desarrollo de C.G.Jung,

pues el no solo fue precursor del movimiento de Psicología Humanística y Transpersonal,

sino también, de la danza terapia, “El movimiento auténtico”, el ArteTerapia, La imaginación activa, el polígrafo, los grupos de autoayuda como alcohólicos anónimos

y ha sido y será fuente de inspiración, para todos los terapeutas humanistas y Transpersonales que realmente se ocupen de la integración totalizadora del Ser Humano, con su psiquè, su corporalidad, su Alma y su Espíritu.

Como Post junguiano y Presidente de la Fundación C.G.Jung de Psicología Analítica, miembro representante de la Humanistic Association en América Latina. Ha sido un honor departir con ustedes.

¡Muchas Gracias!

Dr. Horacio Ejilevich Grimaldi

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Extraído de: http://www.fundacion-jung.com.ar/psicologiahumanista.htm
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Ella - Arturo Jaque Rojas


Ella, esconde, en sus palabras de odio, amor;

él, se avergüenza de ese inmerecido don,

y desvía su mirada hacia objetos cotidianos;

debe partir, como quien se aleja del agua y la luz;

El patrón, quizás un símbolo de la eterna separación;

los labios para ser besados, en la separación;

y una lágrima, para ser bebida en silencio...

El odio regresa al alma transmutado en un poema de ausencia y soledades;

jamás olvida la "noche en que ella le entregó aquel poema"...

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Extraído del muro de Arturo Jaque Rojas en Facebook
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Tantra Yoga


El tantra o tantrismo es cualquiera de las variadas tradiciones esotéricas que, en vez de enseñar que para alcanzar la realización espiritual es necesario apartarse de los estímulos que activa el deseo, enseñan a utilizar el deseo como sendero hacia la realización.

En escritura devánagari se escribe तन्त्र. y en sánscrito significa ‘tejido’ (así como ‘telar, urdimbre, la parte esencial, el rasgo característico, armazón, doctrina, regla”, etc.). El equivalente tibetano, rgyud, tiene el sentido de continuidad, y puesto que en el budismo se asocian los términos tantra y prabhanda, el término tibetano se puede entender en el sentido de "continuidad de la luminosidad". Existe en variantes hindúes, budistas, jainas y bön. El tantra en sus variadas formas, existe en países como Bután, Corea, China, India, Indonesia, Japón, Mongolia, Nepal, y Tíbet.

Según algunas fuentes, esta doctrina se basa en un conjunto de escritos llamados Tantra que —según una tradición— aparecieron aproximadamente en el siglo VI a. C. de la mano de Buda. Sin embargo, la escuela Ñingmapa de budismo tibetano, aunque afirma que los tantras provienen del Buda, señala que los mismos no llegaron a nuestro mundo de la mano del nirmanakaya Shakyamuni, sino de mahasiddhas posteriores que los recibieron del dharmakaya a través del sambhogakaya (de modo que provienen del Buda en la medida en que el dharmakaya y el sambhogakaya son dos de los "cuerpos" del Buda en cuando Budeidad). Sin embargo, se afirma que antes de los Vedás y posiblemente en relación con el Bön tibetano y con las semillas del taoísmo que apareció en China, existieron una religión y un metashamanismo tántricos.

El tantra es una de las tendencias en el hinduismo contemporáneo y constituye la práctica principal en todas las escuelas del budismo tibetano.

En el hinduismo hay un tantra de la mano derecha y uno de la mano izquierda, y este último incluye técnicas de meditación y ritualización a través del acto sexual (Véase también taoísmo y yoga) mediante las cuales se integran las energías femeninas y masculinas y se obtiene el placer total, y por lo general se nos dice que el método de la mano derecha es más "elevado". Ello no es así en el tantrismo budista, en el cual los tantras inferiores (entre los sarmapa) o externos (entre los ñingmapa) excluyen la unión erótica, mientras que los tantras superiores o internos pueden incluirla (y de hecho algunas tradiciones afirman que sin la unión en cuestión es imposible alcanzar la realización).

En el budismo, el tantrismo se conoce como «la vía rápida» o «el vehículo del resultado», dado que un practicante de tantra aprende a hablar, sentir y conducirse como si ya fuera un Buda que alcanzó la iluminación. Este enfoque es radicalmente diferente al resto de los caminos del yoga.

Los textos que recogen las enseñanzas del tantra (llamados Tantras) están escritos en clave simbólica, en forma de poemas, lo que dificulta su comprensión sin la ayuda adecuada. En el hinduismo, a menudo están redactados como un diálogo en el que el dios Shivá responde a las preguntas de su esposa Devī en los papeles de maestro y discípula. En dicha tradición habitualmente están estructurados en cuatro apartados:

* jñana (‘conocimiento’)
* yoga (‘práctica’)
* kriya (‘acción’)
* charya (‘conducta’, culto).

Uno de los grandes divulgadores del tantrismo hinduista (en particular Shakta) en Occidente fue el juez inglés Sir John Woodroffe, quien a principios del siglo XX escribió numerosos libros sobre dicha doctrina, muchos de los cuales aún hoy se utilizan como referencia bibliográfica. Hoy en día existe una gran bibliografía sobre el budismo tántrico que se ha conservado en el Tíbet, y una gran cantidad de maestros tibetanos y occidentales (incluyendo al Dalái Lama) enseña estas doctrinas en Occidente.

El objetivo del tantra es la reintegración del individuo en la pura conciencia primordial (que en el hinduismo sería Shivá, la fuente original). Para alcanzar ese objetivo es necesario recorrer, en sentido inverso, el sendero de la manifestación. Y en la misma tradición Śakti, la energía, es el vehículo mediante al cual la consciencia individual se une con la conciencia pura o divinidad. El final del camino de regreso es conocido como el despertar, un estado de «superconciencia».

En Occidente, varias escuelas esotéricas enseñan y practican técnicas tántricas, aunque mezclados con nociones metafísicas, entre ellas el movimiento gnóstico del colombiano Samael Aun Weor, la escuela rosacruz de Arnold Krumm-Heller y algunos grupos de Osho.


Neotantra

En Occidente, a menudo se ha entendido el término tantra como si se refiriera exclusivamente a prácticas sexuales que buscan despertar la energía kundalini mediante lo que en el hinduismo se conoce como maithuná (término sánscrito que significa ‘mujer’) Esta interpretación del tantra como refiriéndose exclusivamente a una vía basada en la unión sexual se conoce como neotantra.

Una concepción frecuente sobre el neotantra es verlo como el «tantra occidental», desarrollado a partir del siglo XX y relacionado en parte con la Nueva Era y el que se dio a llamar como «el yoga del sexo» o «yoga sexual». Esta perspectiva es tendenciosa; bajo la premisa del relativismo ético en cuanto a las prácticas religiosas, logró numerosos adeptos hostiles al conservadurismo sexual en Occidente y el mundo islámico.

Esta importante mayoría consumista ha dado dinámica al mercado erótico y fueron legitimados por esa razón; no obstante, los estudios objetivos sobre religiones comparadas confirma que el ascetismo budista no dista del cristiano, y que el ejercicio tántrico sexual no es hedonista ni persigue el goce per se (Norbu, 1996)

Al parecer, el fin de esta práctica era dominar el apetito sexual de tal manera, que la erección inmóvil del pene dure horas sin llegar a eyacular.

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Bibliografía

* XIV Dalái Lama y Jeffrey Hopkins: Tantra de Kalachakra: rito de iniciación. Ediciones Dharma.
* Gómez, Oscar R.: Manual de Tantra - Reprogramación Emocional. Ediciones MenteClara.
* Norbu, Namkhai: El cristal y la vía de la luz: Sutra, tantra y dzogchén. Barcelona: Kairós, 1996.
* Thubten Yeshe, Lama: Introducción al tantra. Ediciones Dharma.
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Extraído de: http://es.wikipedia.org/wiki/Tantra
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viernes, 24 de junio de 2011

Alquimia


"... El proceso desarrollado es similar al real. El problema de la materia prima. Esos principios del azufre y del mercurio coinciden con principios del Universo, el principio masculino y femenino, las polaridades. Para la Alquimia todo lo que hay en el Universo es materia. En el proceso actuamos sobre la materia. Materia y mente, consideramos a nuestro cuerpo también materia.

Todo cuerpo posee su campo, y existe la posibilidad de que un campo actúe sobre otro campo. Para esto es necesario que el cuerpo y la materia se coloquen en una determinada posición, en una situación de interacción. Para que esto pueda suceder, ambos elementos deben estar en una situación de inestabilidad. El problema del operador por lo tanto es la obtención de la materia prima inestable. Aparte de esto se recomienda la actitud de trabajo y oración (ora et labora), esto hace relación al contacto permanente que debe haber entre el operador y la materia, el no desvío de la atención sobre la sustancia, el mantenimiento de la copresencia de la sustancia y sus problemas en todo el desarrollo de la obra.

Al mantener la presencia de la sustancia en nosotros y nuestra atención puesta sobre ella, se va produciendo la conexión entre el operador y materia. Decimos que la sustancia tiene campo y el operador también tiene campo, pero vibran en distintos niveles, tenemos que producir pues una inestabilidad en la sustancia y en el operador para que haya relaciones, para que se nivelen.

Si en esa sustancia por el trato de inestabilidad que se le da, por el desequilibrio que en ella se produce, si por ese proceso obtenemos una transmutación en dicha sustancia, en el operador también debería producirse esa transmutación.

Esto es difícil de entender intelectualmente, ya que en este paso el desarrollo del proceso es externo a uno, pero si consideramos al principio alquímico en el que todo en el universo es materia (pero ésta se manifiesta en distintos planos) tendríamos que considerar que el operador también es materia y por lo tanto también está influido. Los indicadores nos ponen en evidencia de los cambios que va sufriendo la materia y nos preocupamos de eso, y no por lo que nos pueda pasar a nosotros.

A medida que uno va desarrollando el proceso la estructura misma del operador va sufriendo ciertas modificaciones, y si llega a un punto en el que se ve detenido y consulta el problema, en la consulta misma del problema, según la forma de plantearlo se puede ver su propia estructura y saber cual es su problema, por su estructura y por la forma de plantearse. La forma de plantear el problema denota la altura del proceso en que se halla el sujeto y esto es válido para todas las disciplinas.

LAS CONVENCIONES

Son las referencias que se hacen a los elementos en transformación. Nosotros hablamos de convenciones de tipo mental; al principio estuvimos diciendo que esta convención se refiere a la actitud del alquimista hacia la sustancia que está trabajando. Nuestra actitud es la atención, y nada más, no es buscar ninguna relación rara con centros, ni tampoco dividir la atención, es simplemente atención a la sustancia.
Otras convenciones son los instrumentos de transformación, estos son los elementos de laboratorio o como los llama el alquimista: el taller.

EL HUEVO HERMÉTICO

Es el recipiente donde vamos a efectuar el proceso. Con que sea esférico, cristalino, que tenga cierre hermético, que estén previstas entradas y salidas y recubierto con cerámica, reuniría las condiciones para el proceso, en definitiva debe estar a oscuras. Uno no ve lo que se produce adentro, pero sabe. Es debido a este punto que decimos al principio que el proceso que desarrollábamos nosotros era similar, pero no era el proceso real. En ese proceso en que se trabaja efectívamente con el huevo hermético, aparte de no ver qué sucede adentro, el operador no retira en ningún momento la sustancia del huevo. Es allí donde surgen las dificultades iniciales.

EL CRISOL

Vendría a ser el cobertaje que tiene el huevo o vaso hermético.
Las características de este crisol es que resiste altas temperaturas, además preserva al huevo de que la temperatura le de muy fuerte, de golpe o de forma directa, y también lo oscurece.

EL ATANOR

Es un horno en donde está montado el huevo con el crisol, en su parte inferior lleva el fuego de rueda.
Cuando se habla de fuego de rueda, se hace referencia al fuego común, porque se hace referencia también durante el proceso a nuestro fuego, que es el fuego que contiene las sustancias que aparentemente están frías e inertes, pero que en su composición contienen fuego.

LAS INFLUENCIAS EXTERNAS

En toda la literatura alquímica hay referencias a las influencias externas, ellas dicen que las disposiciones de los astros, que la luna, el sol, y todos los planetas influyen en la obra. Ahí se está usando un lenguaje simbólico, porque en realidad la influencia externa es el desvío de la atención sobre la sustancia. Al desviar nuestra atención, realmente ejercemos una influencia externa y no hay astros ni lunas que influencien.

EL LENGUAJE

Multiplicativo, alusivo según leyes de similitud. Esto nos pone en presencia de todo un lenguaje que deriva de la Alquimia, aparece la importancia del significado de la palabra (por ej: mortificar=matar, el Crisol= el Cristo-Sol, etc.). El significado de la palabra no es fijo, puede aparecer a veces fijo y en otro momento ser usado con otro significado distinto (por ejemplo el azufre puede representarse como o pero puede significar estiércol o la temperatura de 35º). De esta suerte que el lenguaje alquímico tiene toda una movilidad y transformación en donde las representaciones pueden aparecer a veces con sentido analógico, alusivo, y a veces con sentido simbólico. También existe todo un sistema de "armado" de las representaciones en donde según como se ubiquen los elementos, se compone la representación, esta representará el principio contenido.

Aparece todo un sistema de relaciones de planetas, metales o principios según se quiera tomar, que nos explica el principio en que se basa la "obra", el Sol puede mejorar cualquier metal, pero ninguno puede mejorar al "sol". A medida que se alejan del "sol" se hacen más inestables y más estables cuanto más se acercan. Los que están por encima tendrán más energía que los que están por debajo, que tendrán menos.

Para entender esto usamos el siguiente esquema:

Todos ellos participan en la Creación y nosotros podemos elegir la vía ascendente, y para ello partimos del hierro, o en nuestro caso partimos del mercurio y para ello la luna debiera participar en algún momento de la obra.

Los alquimistas dicen que todos los planetas participan de la obra, y esto lo podemos ver en el 8º paso: la montaña, pero todo se asienta sobre la tierra o piedra cúbica.

Lo dicho aquí nos sirve como ejemplo para comprender el lenguaje alquímico, a veces alusivo, a veces simbólico.

En los mitos a través de la historia, vemos como estos principios aparecen, y que la comprensión adecuada de ellos (mitos), requieren del que investiga ubicarse en el tono y la franja de la disciplina.

La importancia de fijar el momento de proceso, y el contexto de un texto alquímico, se entiende cuando este nos sirve para comprender a qué tipo de sustancias se está haciendo referencias y el tipo de lenguaje que se está usando, el tipo de analogía, similitud o simbolismo.

Este es el indicador del momento de proceso y la referencia al tipo de sustancia son convencionales, y vienen a introducir orden en el aparente caos que es el lenguaje alquímico. Por ejemplo a las sustancias volátiles siempre se las muestra como figuras aladas, sean estas un ángel, un ave, etc., a los sólidos como toros o leones, y a los líquidos con referencia a elementos que viven o están en el agua, por ej. peces. Tenemos en el caso del Mercurio que muchas veces aparece como serpiente para representar su carácter movedizo e inasible.

Cuando las sustancias no se encuentran en estado puro o combinadas con otras aparece el monstruo (ejemplo de esto tenemos en el dragón y la esfinge). Otra convención encontramos en las vías o los reinos, o elemento en que se encuentra aquello que se describe en el texto. Los seres o dioses que habitan en los lugares ígneos, o en donde se hace referencia al fuego, dice a Nuestro Yoga. El agua o Meditación Trascendental, el aire o Morfología y en donde se habla de dioses o seres de las profundidades, a subterráneos, se habla de Alquimia.

Repitiendo algo que ya se dijo, de que el nivel del operador en una disciplina va a reflejarse en la gama de planteos que surgen en él en cada paso, vemos que al introducirse en todo este sistema de relaciones y lenguaje no convencional se va produciendo en el operador una inestabilidad a la par que se amplía todo su sistema de relaciones, produciéndose así las primeras modificaciones en su forma mental.


__ EL PROCESO

1º) Preparación: El Espejo: Purificación de las sustancias. El mercurio se filtra con una gamuza o cuero fino hasta que quede limpio de impurezas. El azufre es lavado (abluciones) con agua tibia, reiteradas veces hasta que el agua queda limpia (las impurezas se precipitan y el azufre es retirado de la superficie).

Mixtión: se mezcla siempre en el mismo sentido (memoria de la sustancia). Diferencia entre mezclar y mixtionar. Obtención de la sustancia perfectamente mixtionada de color negro. Proporción: 1 de mercurio por tres de azufre.

2º Mortificación: La llave: acido clorhídrico puro 1x2 de agua pura. Se introduce la sustancia en el huevo y se cubre con llave. La trampa y el recipiente con agua pura, registrar las burbujas. Se inicia el proceso aplicando un suave fuego de rueda, aumentando gradualmente hasta que aparezca el indicador de las burbujas. El ritmo de salida de las burbujas debe ser lo más parejo posible, en todo caso deben estas aumentar y no disminuir (rechufle). La temperatura se va aumentando mediante golpes de rueda hasta que aparezca la cauda pavonis, o bandera alquímica, en este punto se mantiene la temperatura o el paso termina cuando desaparecen los rubíes. En caso de estar trabajando con huevo cerrado se usan como indicadores la salida de burbujas y el arco iris (este puede aparecer o no en los tubos de salida).

3º) Separación: El Puñal: con la aparición de los rubíes se disminuye gradualmente el fuego de rueda hasta el enfriamiento del huevo. Desprendimiento de las agallas, la sal roja debe aparecer debajo de la sustancia negra calcinada. Trabajos de copelación. Disolución de la sustancia (negra) en la llave caliente (a menor temperatura que ebullición) girando siempre en la misma dirección (este sentido se conservará durante todo el proceso) hasta obtener la sal roja (no se fija). Secado por extensión o baño maría. lavado con agua vulgar.

4º) Revis. La Granada: Mixtión perfecta en la sal roja con el mercurio purificado (3 de sal roja por 1 de mercurio). División en tres grupos. Introducción del primer grupo en el huevo, aumento gradual del fuego hasta obtener el espejado, este aparece con más nitidez en el cuello. Se usan nuevamente las burbujas para controlar el fuego de rueda. Los indicadores deberán ser cuidadosamente observados ya que el espejado se produce entre la temperatura de fusión del estaño y el plomo. Esta franja de temperatura debe tratar de mantenerse sin que se produzca la fusión del plomo. Mixtión del 1º grupo (1R) con el segundo grupo (2R), mixtión del 2º con el 3º grupo (3R). Puede producirse en este paso "tormenta de nieve" dentro del huevo o "el viejo en la nieve".

Obteniendo la sal roja fija se extraen y se depositan sobre plancha de vidrio para hacer la prueba con los tres ácidos: clorhídrico, sulfúrico, nítrico. En caso de reaccionar con algún ácido indicaría errores previos en el proceso. Una cuarta muestra sobre una planchuela de vidrio se somete a fuego intenso. De no haber reacción se continúa el proceso.

5º) Fermentación: El León: se mixtiona la sal con plomo fino, éste debe cubrir la sal roja. Ahí se baja la temperatura a la tibieza de la piel y se la cubre con ácido sulfúrico hasta que se produzca la fermentación. Aquí aparecen los ojos del pescado como indicadores. Diferencia entre ebullición y fermentación. Se aumenta el fuego hasta reacción violenta. Disminución del fuego. Lavados: esto se hace con agua pura. Consiste en agregar agua a la sustancia, revolver y dejarla precipitar, se extrae el agua ácida. Esto se repite varias veces hasta que se elimina toda acidez (indicador papel p.h. u olfato). Secados y calcinación mediante fuego hasta obtener polvo gris blanco.

6º) Destilación: El Cisne: Se prepara solución sulfonítrica (1 de acido sulfúrico por 2 de ácido nítrico). Vaporización de la sustancia en ciclo cerrado, es decir, se recuperan los vapores para hacerlos pasar por la sustancia nuevamente. El proceso termina cuando toda la sustancia es atacada y queda reducida a una pasta gris oscura.

7º) Secado y Lavado: LLuvia de estrellas: Lavados iguales que en el 5º paso, vaporizaciones con agua y secado con calor, esto se hace varias veces hasta obtener polvo gris fino.

8º) Coagulación y Sublimación: La Montaña: Se mixtiona el polvo gris blanco fino con antimonio, cobre y hierro. La cantidad de polvo gris blanco debe ser mayor que la cantidad de metales (juntos) y estos están ordenados de mayor a menor cantidad, por ejemplo si le asignáramos valore sería: sustancia 7, antimonio 3, cobre 2, hierro 1. Se coloca la sustancia mixtionada dentro del crisol y se somete a 1500º (a esta temperatura el crisol y la sustancia se ponen al rojo blanco), el indicador de que la sal está completamente fijada se reconoce porque no es atacada por el fuego. Se mantiene el fuego hasta que se forma la montaña, se separan las escorias y aparecen la vetas de los distintos metales. la montaña forma una masa compacta, que es separada de las escorias.

Se introduce la sustancia (la montaña ya formada) en solución sulfonítrica calentada (tibio) y se va aumentando la temperatura hasta producirse la reacción violenta y la aparición de los colores verde, rojo y azul (la cola del pavo real). Solución sulfonítrica: 1 de ácido sulfúrico por 2 de ácido nítrico. En caso de trabajar con el huevo cerrado la solución debe cubrir la montaña. Se mantiene la temperatura hasta que la sustancia queda convertida en un polvo grisáceo, en él aparecen los cristales diminutos.

9º) Resurrección: El Unicornio: Lavados con agua pesada. Esta se obtiene destilando agua hasta quedarse con el 1/10.000 del volumen que se recoge, y así sucesivamente hasta reunir el volumen deseado. Lavados iguales que en los pasos 5º y...- Resurrección, distintos procedimientos posibles. En el caso de la electrólisis se puede colocar el electrodo en cualquier polo, según sea más conveniente. Secado fragancia.

10º) Entrada del Rey en el palacio de la Reina: Se cubre la sustancia con plata pura, se agrega ácido nítrico (la temperatura ha estado a menor temperatura que ebullición). Se eleva la temperatura hasta obtener la sal. Esta aparece como un polvo gris verde.

11º) Transmutación-El Ave Fénix: Se agrega antimonio puro y se sube la temperatura hasta que se funda. Se producen destellos significativos (que no son iguales a los del antimonio común, que también los produce). Cambio de cualidad.

12º) Multiplicación-El Árbol: Teñido del huevo u obtención de polvo de proyección, al introducir polvo de vidrio finamente molido. Este debe tener la cualidad de teñir en presencia de calor. Actúa en la relación 1/10.000..."

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