jueves, 14 de octubre de 2010

Lo viejo agoniza y a lo nuevo le cuesta nacer. Leonardo Boff


Entre los muchos problemas actuales, los más desafiantes son estos tres:

la grave crisis social mundial, el cambio climático y la insostenibilidad del sistema-Tierra.



La crisis social mundial deriva directamente del modo de producción

que impera todavía en todo el mundo, el capitalista.

Su dinámica lleva a una acumulación exacerbada de riqueza en pocas manos

a costa de un espantoso pillaje de la naturaleza y del empobrecimiento de las grandes mayorías de los pueblos.

Es creciente y los gritos agudos de los hambrientos y considerados «aceite quemado» no pueden ser silenciados.



Este sistema debe ser denunciado como inhumano, cruel, sin piedad y hostil a la vida.

Tiene tendencia suicida y, si no es superado históricamente,

podrá llevar al sistema-vida a un callejón sin salida y hasta al exterminio de la especie humana.

El segundo problema grave esta formado por el cambio climático, que se revela por eventos extremos:

grandes fríos por un lado y prolongados veranos por otro.

Estos cambios sintetizan un dato irreversible:

la Tierra ha perdido su equilibrio y está buscando un punto de estabilidad,

que se alcanzará subiendo la temperatura.

Hasta dos grados centígrados de aumento, el sistema-Tierra todavía es administrable.

Si no hacemos lo suficiente y el clima aumenta 4 grados centígrados (como advierten algunos centros de investigación serios), la vida tal como la conocemos ya no será posible.

Habrá un paisaje siniestro: una Tierra devastada y cubierta de cadáveres.

Nunca la humanidad como un todo se había enfrentado a semejante alternativa:

o cambiar radicalmente o aceptar nuestra destrucción y la devastación de la diversidad de la vida.

La Tierra continuará, con las bacterias, pero sin nosotros.

Es importante entender que el problema no es la Tierra, sino nuestra relación agresiva

y poco cooperativa con sus ritmos y dinámicas.

Tal vez al buscar un nuevo punto de equilibrio, ella se verá forzada a reducir la biosfera,

implicando la eliminación de muchos seres vivos, sin excluir seres humanos. 


El tercer problema es la insostenibilidad del sistema-Tierra.

Hoy sabemos empíricamente que la Tierra es un superorganismo vivo que armoniza con sutileza

e inteligencia todos los elementos necesarios para la vida a fin de producir

o reproducir continuamente vidas y garantizar todo lo que ellas necesitan para subsistir.

Pero sucede que la excesiva explotación de sus recursos naturales, muchos renovables y otros no,

ha impedido que ella consiga reproducirse y autorregularse con sus propios mecanismos internos.

La humanidad consume actualmente un 30% más de lo que la Tierra puede reponer.

De esta forma, no es ya sostenible.

Hay crecientes perdidas de suelos, de aire, de aguas, de bosques, de especies vivas y de la propia fertilidad humana.

¿Cuándo van a parar estas pérdidas? Y si no paran, ¿cuál será nuestro futuro?

Esto nos obliga a un cambio de paradigma civilizatorio.

Un cambio de civilización implica fundamentalmente un nuevo comienzo,

una nueva relación de sinergia y de mutua pertenencia entre la Tierra y la humanidad,

la vivencia de valores ligados al capital espiritual como el cuidado,

el respeto, la colaboración, la solidaridad, la compasión, la convivencia pacífica,

y una apertura a las dimensiones trascendentes relacionadas con nuestro sentido último,

nuestro y de todo el universo.

Sin una espiritualidad, es decir, sin una experiencia radical del Ser y sin una inmersión en la

Fuente originaria de todos los seres de donde nace un nuevo horizonte de esperanza,

ciertamente no conseguiremos hacer una travesía feliz.

Nos enfrentamos a un problema: lo viejo todavía persiste y a lo nuevo le cuesta nacer,

para usar una expresión feliz de Antonio Gramsci.

Vivimos tiempos urgentes.

Las urgencias nos hacen pensar y los peligros nos obligan a crear arcas de Noé salvadoras.

No nos conformamos con la actual situación de la Tierra.

Pero aun así creemos que está a nuestro alcance construir un mundo del «vivir bien»,

en armonía con todos los seres y con las energías de la naturaleza,

principalmente en cooperación con todos los seres humanos

y en profunda reverencia hacia la Madre Tierra.

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Extraido de: http://www.servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=396


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