viernes, 2 de marzo de 2012

La materia y sus formas principales de existencia - 4. La unidad del mundo - 02-03-2012

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La materia y sus formas principales de existencia - 4. La unidad del mundo
Materia & Materialismo

Academia de Ciencias de la URSS
F. Konstantinov &c.
Fundamentos de filosofía marxista-leninista
Materialismo dialéctico
Capítulo III

La materia y sus formas principales de existencia
Editorial Progreso
Moscú 1977


F. Konstantinov &c.
Fundamentos de la filosofía marxista-leninista
Materialismo dialéctico
Capítulo III

La materia y sus formas principales de existencia
Editorial Pueblo y Revolución
La Habana 1986

1. Concepto filosófico de la materia | 2. El movimiento y sus formas principales
3. El espacio y el tiempo | 4. La unidad del mundo


4. La unidad del mundo
La unidad material del mundo se llegó a comprender como resultado del desarrollo milenario de la ciencia y la práctica. En tiempos estaba extendidísima la contraposición de los mundos terrenal y celestial. En el último se instalaba a todos los bienaventurados, se tenía por eterno, imperecedero, a diferencia de la materia perecedera. El desarrollo de la astronomía, de la física y de las otras ciencias ha [95] refutado esas creencias. Se han conocido las leyes del movimiento de los planetas y los otros cuerpos cósmicos y analizado su composición química. Ha resultado que la sustancia más extendida en el Cosmos es el hidrógeno, cuya parte constituye más del 98 % de la masa de todos los astros y galaxias. Uno aproximadamente del dos por ciento restante corresponde al helio, y el otro uno a todos los demás elementos. (Proporciones distintas de los elementos en la Tierra y en otros planetas del sistema solar se explican por las condiciones especiales de su formación y evolución.)

4. La unidad del mundo
En la remota Antigüedad cristalizó ya, y alcanzó gran difusión bajo el influjo de la religión, la idea de que, además del mundo material conocido por todos, existe otro mundo inmaterial, en el que se alojan «los espíritus», «la razón suprema», «la voluntad suprema», etcétera.
Las leyes del movimiento de la materia, descubiertas en las condiciones terrenales, se manifiestan asimismo en el Cosmos. Tomando por base el desarrollo de la física y de la química, se ha logrado predecir de manera fidedigna estados de la materia que no se dan en la Tierra ni en el sistema solar, como son los estados superdensos de la sustancia y las estrellas neutrónicas y explicar a grandes rasgos la naturaleza de la energía de las estrellas y las etapas de su evolución. El intenso proceso de integración de las ciencias coadyuva a formar un cuadro científico natural único del mundo como materia en movimiento y desarrollo.

La ciencia llegó paso a paso a demostrar que la idea de que existían dos mundos diferentes era equivocada. El mundo es único. El mundo material real —al que pertenecemos también nosotros, con nuestra conciencia, con nuestros sentidos, sensaciones y representaciones— es el único mundo que existe verdaderamente.
Los filósofos fideístas dedujeron siempre la unidad del mundo de la voluntad rectora de Dios. A juicio de ellos fue Dios quien creó este mundo, y él es su última sustancia. Dios fue quien predeterminó la concatenación universal y el desarrollo de todos los fenómenos. De esta interpretación de la unidad del mundo es de donde arranca el neotomismo contemporáneo, que no niega la realidad objetiva ni la existencia de la materia, sino que las conceptúa de realidad secundaria con relación a la realidad suprema, que es Dios.

En el sistema del idealismo objetivo de Hegel, la unidad del mundo se entendía en el sentido de que todos los fenómenos del mundo son forma del distinto ser de la idea absoluta en autodesarrollo, por el cual se sobreentiende la razón divina universal.

Pero la concepción fideísta del mundo no hizo avanzar ni un paso al conocimiento, puesto que reducía una incógnita a otra, más intrincada aún, a la voluntad de Dios, al espíritu absoluto, &c. A los sabios que pensaban con sentido de la realidad no les satisfacía esa «explicación» y procuraban descubrir las causas materiales naturales de todos los fenómenos, [96] deducirlas de las leyes objetivas de la naturaleza. En consecuencia, obtuvo poderoso impulso el desarrollo de las ciencias naturales, en las que se dio a conocer consecuentemente la unidad material del mundo y la determinación natural de todos los fenómenos.

En las obras de los insignes materialistas del pasado —Demócrito, Epicuro, Lucrecio Caro, Francisco Bacon, Tomás Hobbes, Mijaíl Lomonósov, Pablo Holbach, Dionisio Diderot, Luis Feuerbach, Nicolás Chernyshevski y Alejandro Herzen— se estudió profundamente la doctrina de la unidad material del mundo, de su cambio y desarrollo eternos, del origen natural de todo lo vivo de la Tierra y de la sociedad. Ahora bien, estos pensadores no pudieron explicar de una manera materialista consecuente las fuerzas propulsoras ni las leyes del desarrollo de la sociedad, reduciéndolas a impulsos ideales de los hombres. Este defecto del materialismo precedente fue superado por completo en la filosofía marxista. Marx y Engels crearon el materialismo dialéctico y el materialismo histórico, concepción monista consecuente en la que se da a conocer desde posiciones únicas de fidelidad a los principios la esencia de los fenómenos naturales y sociales. La sociedad, como producto supremo del desarrollo de la naturaleza, es una forma organizada en el aspecto social de la materia.

El monismo dialéctico materialista da una explicación natural y de conjunto de la naturaleza y la sociedad y sirve de base metodológica para descubrir la esencia de todos los fenómenos nuevos, antes desconocidos.

Algunos filósofos del pasado, que trataban de ser materialistas y rechazaban la idea del mundo ultraterrenal, intentaban demostrar la unidad del mundo partiendo, o bien de la afirmación de que es imaginado por nosotros como único, o bien de que existe. Semejante posición fue sustentada por Eugenio Dühring, cuyas opiniones, que significaban un abandono del materialismo, criticó Engels en su obra Anti-Dühring. Engels mostró que ambos argumentos eran falsos. En efecto, si el mundo es único sólo por el hecho de que nuestra idea de él es única, ello significa que el pensamiento es determinante con relación al mundo. Pero no es el mundo el que refleja las propiedades del pensamiento, sino al revés: es el pensamiento el que refleja las [97] propiedades del mundo. Nuestro pensamiento puede vincular en «la unidad» un cepillo para el calzado y un mamífero, pero no por eso, como decía Engels, le saldrán glándulas mamarias al cepillo. De la misma manera, de la afirmación de que el mundo existe no se deduce aún que es único, pues el concepto de existencia (ser) puede tener las interpretaciones más diversas, tanto materialistas como idealistas. Se puede admitir también como existente lo contenido sólo en la conciencia (tal es la idea de «la existencia» del mundo ultraterrenal), y no únicamente lo que hay fuera e independientemente de ella. Así pues el simple reconocimiento de la existencia del mundo no proporciona una idea justa de su unidad.

Algunos filósofos del pasado, que trataban de ser materialistas [80] y rechazaban la idea del mundo ultraterrenal, intentaban demostrar la unidad del mundo partiendo, o bien de la afirmación de que es imaginado por nosotros como único, o bien de que existe. Semejante posición fue sustentada por Eugenio Dühring, cuyas opiniones, que significaban un abandono del materialismo, criticó Engels en su obra Anti-Dühring, Engels mostró que ambos argumentos eran falsos. En efecto, si el mundo es único sólo por el hecho de que nuestra idea de él es única, ello significa que el pensamiento es determinante con relación al mundo. Pero no es el mundo el que refleja las propiedades del pensamiento, sino al revés: es el pensamiento el que refleja las propiedades del mundo. Nuestro pensamiento puede vincular en «la unidad» un cepillo para el calzado y un mamífero, pero no por eso, como decía Engels, le saldrán glándulas mamarias al cepillo. De la misma manera, de la afirmación de que el mundo existe no se deduce aún que es único, pues el concepto de existencia (ser) puede tener las interpretaciones más diversas, tanto materialistas como idealistas. Se puede admitir también como existente lo contenido sólo en la conciencia (tal es la idea de «la existencia» del mundo ultraterrenal), y no únicamente lo que hay fuera e independientemente de ella. Así pues el simple reconocimiento de la existencia del mundo no proporciona una idea justa de su unidad.
«La unidad del mundo —subraya Engels— no consiste en su ser, aunque su ser es una premisa de su unidad, ya que el mundo tiene ante todo que ser, para ser una unidad... La unidad real del mundo consiste en su materialidad, que no tiene su prueba precisamente en unas cuantas frases de prestidigitador, sino en el largo y penoso desarrollo de la filosofía y las ciencias naturales.» {(13) F. Engels. Anti Düring. (C. Marx y F. Engels. Obras., t. 20, pág. 43).}

«La unidad del mundo —subraya Engels— no consiste en su ser, aunque su ser es una premisa de su unidad, ya que el mundo tiene ante todo que ser, para ser una unidad [...] La unidad real del mundo consiste en su materialidad, que no tiene su prueba precisamente en unas cuantas frases de prestidigitador, sino en el largo y penoso desarrollo de la filosofía y las ciencias naturales.» (7, 58)
El sistema heliocéntrico creado por Copérnico fue uno de los jalones más importantes en la cognición de la unidad material del mundo. Hasta Copérnico predominó la idea de que el centro del Universo era la Tierra, alrededor de la cual se encontraba «la esfera celeste», con sus cuerpos celestes «ideales» —el Sol, los planetas, la Luna y las estrellas—, cuya perfección se manifiesta en la rigurosa esfericidad de su forma y en la limpieza absoluta de la superficie. En la Tierra, se decía, todo es pasajero, perecedero, mientras que en la esfera celeste todo es eterno e inmutable. Copérnico refutó estas ideas al crear la doctrina heliocéntrica. Demostró que la Tierra no es, ni mucho menos, el centro del Universo, sino sólo uno de los planetas que se incluía antes en la esfera celeste «ideal». Resultó, pues, que la contraposición del «mundo terrenal» al «mundo celestial» carecía de toda base.

El sistema heliocéntrico creado por Copérnico fue uno de los jalones más importantes en la cognición de la unidad material del mundo. Hasta Copérnico predominó la idea de que el centro del universo era la Tierra, alrededor de la cual se encontraba «la esfera celeste», con sus cuerpos celestes «ideales» —el Sol, los planetas, la Luna y las estrellas—, cuya perfección se manifiesta en la rigurosa esfericidad de su forma y en la limpieza absoluta de la superficie. En la Tierra, se decía, todo es pasajero, perecedero, mientras que en la esfera celeste todo es eterno e inmutable. Copérnico refutó estas ideas al crear la doctrina heliocéntrica. Demostró que la Tierra no es, ni mucho menos, el centro del universo, sino sólo uno de los planetas [81] que se incluía antes en la esfera celeste «ideal». Resultó, pues, que la contraposición del «mundo terrenal» al «mundo celestial» carecía de toda base.
La obra iniciada por Copérnico la continuaron Galileo y Giordano Bruno. Cuando Galileo construyó el primer telescopio y lo dirigió hacia el cielo, hizo un descubrimiento [98] que pasmó a todos sus contemporáneos: la Luna, que era considerada uno de los cuerpos celestes «ideales», no tiene en absoluto una forma esférica perfecta y está cubierta de depresiones, valles y montañas semejantes a las que hay en la superficie de la Tierra. Galileo descubrió también que en la superficie del Sol existen manchas de la forma más irregular. Giordano Bruno demostró que en el espacio infinito del Universo —allí donde, según afirman los teólogos, se encuentra únicamente «el mundo celestial ideal»— están diseminados innumerables mundos materiales como nuestro mundo terrenal.

La obra iniciada por Copérnico la continuaron Galileo y Giordano Bruno. Cuando Galileo construyó el primer telescopio y lo dirigió hacia el cielo, hizo un descubrimiento que pasmó a todos sus contemporáneos: la Luna, que era considerada uno de los cuerpos celestes «ideales», no tiene en absoluto una forma esférica perfecta y está cubierta de depresiones, valles y montañas semejantes a las que hay en la superficie de la Tierra. Galileo descubrió también que en la superficie del Sol existen manchas de la forma más irregular. Giordano Bruno demostró que en el espacio infinito del universo —allí donde, según afirman los teólogos, se encuentra únicamente «el mundo celestial ideal»— están diseminados innumerables mundos materiales como nuestro mundo terrenal.
El descubrimiento de las leyes de la mecánica y de la ley de la gravitación universal aportó nuevas pruebas de esta verdad. Los defensores de la idea de los dos mundos diferentes afirmaban que el movimiento de los cuerpos terrestres y celestes está subordinado a leyes distintas por principio. Consideraban un sacrilegio la idea no sólo de la identidad, sino incluso de la semejanza de estas leyes. Newton demostró, realizando con ello una gran hazaña científica, que las leyes de la mecánica de los cuerpos terrestres y celestes son las mismas; que es la misma, por su naturaleza, la fuerza que obliga a todos los cuerpos carentes de apoyo a caer a la Tierra, que obliga a la Luna a moverse alrededor de la Tierra y que obliga a los planetas, incluida la Tierra, a girar alrededor del Sol. Resultó que absolutamente todos los cuerpos del mundo infinito están unidos por una interacción material, única por su esencia, que no reconoce ninguna división en mundo terrestre y mundo celeste.

El descubrimiento de las leyes de la mecánica y de la ley de la gravitación universal aportó nuevas pruebas de esta verdad. Los defensores de la idea de los dos mundos diferentes afirmaban que el movimiento de los cuerpos terrestres y celestes está subordinado a leyes distintas por principio. Consideraban un sacrilegio la idea no sólo de la identidad, sino incluso de la semejanza de estas leyes. Newton demostró, realizando con ello una gran hazaña científica, que las leyes de la mecánica de los cuerpos terrestres y celestes son las mismas; que es la misma, por su naturaleza, la fuerza que obliga a todos los cuerpos carentes de apoyo a caer a la Tierra, que obliga a la Luna a moverse alrededor de la Tierra y que obliga a los planetas, incluida la Tierra, a girar alrededor del Sol. Resultó que absolutamente todos los cuerpos del mundo infinito están unidos por una interacción material, única por su esencia, que no reconoce ninguna división en mundo terrestre y mundo celeste.
El empleo del análisis espectral —que permite estudiar la composición química de los cuerpos por el carácter de la luz que emiten cuando se encuentran en estado gaseoso incandescente— tuvo gran importancia para refutar la idea de los dos mundos. Cada elemento químico tiene su grupo especial de líneas (espectro). Las investigaciones efectuadas por medio del análisis espectral han demostrado que los cuerpos celestes están integrados, en lo fundamental, de los mismos elementos químicos que la Tierra. Estas investigaciones han reafirmado más todavía la gran idea de la unidad material del mundo.

El empleo del análisis espectral —que permite estudiar la composición química de los cuerpos por el carácter de la luz que emiten cuando se encuentran en estado gaseoso incandescente— tuvo gran importancia para refutar la idea de los dos mundos. Cada elemento químico tiene su grupo especial de líneas (espectro). Las investigaciones efectuadas por medio del análisis espectral han demostrado que los cuerpos celestes están integrados, en lo fundamental, de los mismos elementos químicos que la Tierra. Estas investigaciones han reafirmado más todavía la gran idea de la unidad material del mundo. [82]
Pero aun en el caso de que los científicos hubieran descubierto en cualquier cuerpo celeste un elemento que no [99] exista en la Tierra, eso no habría significado una alteración de la unidad material del mundo. No se trata de que en todos los astros y en todas las galaxias existan los mismos elementos químicos, sino de que todos los elementos —independientemente de que existan o no en todas partes— son unas u otras variedades de la materia, que poseen propiedades fundamentales iguales y se subordinan a las leyes naturales objetivas.

Pero aun en el caso de que los científicos hubieran descubierto en cualquier cuerpo celeste un elemento que no exista en la Tierra, eso no habría significado una alteración de la unidad material del mundo. No se trata de que en todos los astros y en todas las galaxias existan los mismos elementos químicos, sino de que todos los elementos —independientemente de que existan o no en todas partes— son unas u otras variedades de la materia, que poseen propiedades fundamentales iguales y se subordinan a las leyes naturales objetivas.
Los átomos de todos los elementos químicos son sistemas materiales, compuestos de partículas elementales del mismo tipo (protones, neutrones y electrones) y que tienen la misma estructura. Los rasgos principales de esta estructura se manifiestan en la existencia en dichos elementos: a) de núcleo central compuesto de partículas elementales más pesadas y que, por ello, contiene la parte mayor de la masa del átomo; b) de una envoltura estratiforme que lo rodea, compuesta de partículas elementales más ligeras; c) de cargas eléctricas contrarias en el núcleo y en la envoltura. Por consiguiente, los átomos de los elementos químicos son únicos por su composición y su estructura. A ello está vinculado el hecho de que toda su diversidad no sea una acumulación de cuerpos que existen casualmente, sino un conjunto de objetos materiales concatenados internamente y unidos, en particular, por el sistema periódico, por la ley periódica general que descubrió D. Mendeléiev.

Los átomos de todos los elementos químicos son sistemas materiales, compuestos de partículas elementales del mismo tipo (protones, neutrones y electrones) y que tienen la misma estructura. Los rasgos principales de esta estructura se manifiestan en la existencia, en dichos elementos: a. de núcleo central compuesto de partículas elementales más pesadas y que por ello contiene la parte mayor de la masa del átomo; b. de una envoltura estratiforme que lo rodea, compuesta de partículas elementales más ligeras; c. de cargas eléctricas contrarias en el núcleo y en la envoltura. Por consiguiente, los átomos de los elementos químicos son únicos por su composición y su estructura. A ello está vinculado el hecho de que toda su diversidad no sea una acumulación de cuerpos que existen casualmente, sino un conjunto de objetos materiales concatenados internamente y unidos, en particular, por el sistema periódico, por la ley periódica general que descubrió D. Mendeléiev.
Al contraponer el «mundo celestial» al «mundo terrenal», los teólogos afirmaban que en la Tierra todo es mutable, todo llega a su fin tarde o temprano, mientras que en el cielo todo es inmutable, imperecedero. Pero ¿dónde están la eternidad e inmutabilidad de los cuerpos del mundo celestial? Las ciencias naturales han demostrado que el sistema de cuerpos celestes denominado sistema solar no ha sido siempre, ni mucho menos, como es ahora. Tiene su historia. Tampoco las estrellas son inmutables. Muchas de ellas se encienden y se apagan. Surgen y perecen sistemas estelares enteros.

Al contraponer el «mundo celestial» al «mundo terrenal», los teólogos afirmaban que en la Tierra todo es mutable, todo llega a su fin tarde o temprano, mientras que en el cielo todo es inmutable, imperecedero. Pero ¿dónde están la eternidad e inmutabilidad de los cuerpos del mundo celestial? Las ciencias naturales han demostrado que el sistema de cuerpos celestes denominado sistema solar no ha sido siempre, ni mucho menos, como es ahora. Tiene su historia. Tampoco las estrellas son inmutables. Muchas de ellas se encienden y se apagan. Surgen y perecen sistemas estelares enteros.
El movimiento eterno, el cambio, es inherente a todo, y no existe ningún mundo especial que no se someta a esta ley del ser. Sin embargo, donde desaparecen unas formas de la materia, surgen ineluctablemente otras nuevas que empiezan su propia historia. [100]

El movimiento eterno, el cambio, es inherente a todo, y no existe ningún mundo especial que no se someta a esta ley del ser. Sin embargo, donde desaparecen unas formas de la materia, surgen ineluctablemente otras nuevas que empiezan su propia historia.
Ninguna partícula de la materia, ni siquiera la más minúscula, desaparece sin dejar huella ni surge de la nada: la materia no hace más que transformarse de una forma en otra, sin perder jamás sus propiedades fundamentales. Por ejemplo, si desaparece un objeto material con una masa determinada, aparecen obligatoriamente otro u otros materiales con una masa igual a la del cuerpo desaparecido. En todos los procesos de transformación de los átomos permanece invariable la carga eléctrica total. En ésta, como en otras leyes semejantes de la naturaleza, se manifiesta la eternidad de la materia.

Ninguna partícula de la materia, ni siquiera la más minúscula, desaparece sin dejar huella ni surge de la nada: la materia [83] no hace más que transformarse de una forma en otra, sin perder jamás sus propiedades fundamentales. Por ejemplo, si desaparece un objeto material con una masa determinada, aparecen obligatoriamente otro u otros materiales con una masa igual a la del cuerpo desaparecido. En todos los procesos de transformación de los átomos permanece invariable la carga eléctrica total. En ésta, como en otras leyes semejantes de la naturaleza, se manifiesta la eternidad de la materia.
La indestructibilidad y la increabilidad de la materia y de su movimiento se expresan en muchas leyes de la conservación de la materia y de sus propiedades esenciales: la masa, la energía, el impulso, el momento del impulso, la carga eléctrica, el espín de las partículas elementales y varias propiedades más, cuyo conocimiento consecutivo por la ciencia pone al descubierto nuevos aspectos de la estabilidad en el movimiento y en las transformaciones de los objetos materiales, su unidad y su concatenación internas. Al paso se descubren diversos aspectos de la unidad material del mundo. Federico Engels escribió que, debido al descubrimiento de la ley de la conservación de la energía, «se han borrado hasta las últimas huellas de un creador del universo al margen de él.» {(14) Ibíd., pág. 13.} Nada puede comunicar ningún movimiento a un cuerpo material, incluso al más minúsculo, excepto la influencia real de otro cuerpo material, que le transmite total o parcialmente su propio movimiento. En virtud de esta ley, todos los procesos forman una cadena única, en la que no hay ni puede haber nada que no haya sido engendrado por la materia. En ninguna parte, en ningún fenómeno de la naturaleza y de la sociedad, hay ni puede haber acciones que partan de un misterioso «mundo inmaterial» y que testimonien su existencia. Todo tiene sus causas naturales, que radican en estos o aquellos cuerpos materiales, en sus propiedades y desarrollo. La ciencia explica el mundo material a partir de él mismo y no necesita de ninguna esencia sobrenatural al margen de la naturaleza. [101]

La indestructibilidad y la increabilidad de la materia y de su movimiento se expresan en la ley de la conservación y transformación de la energía, que desempeña un importante papel en la confirmación de la unidad material del mundo. Gracias a esta ley, señaló Engels, «se han borrado hasta las últimas huellas de un creador del universo al margen de él». (7, 18) Nada puede comunicar ningún movimiento a un cuerpo material, incluso al más minúsculo, excepto la influencia real de otro cuerpo material, que le transmite total o parcialmente su propio movimiento. En virtud de esta ley, todos los procesos forman una cadena única, en la que no hay ni puede haber nada que no haya sido engendrado por la materia. En ninguna parte, en ningún fenómeno de la naturaleza y de la sociedad, hay ni puede haber acciones que partan de un misterioso «mundo inmaterial» y que testimonien su existencia. Todo tiene sus causas naturales, que radican en estos o aquellos cuerpos materiales, en sus acciones y propiedades. La ciencia explica el mundo material a partir de él mismo y no necesita de ninguna esencia sobrenatural al margen de la naturaleza.
Hubo un tiempo en que los hombres ignoraban en qué consistía la esencia de la vida. Las peculiaridades de los organismos vivos, que los diferencian tan extraordinariamente de la naturaleza inorgánica, sirvieron de pretexto a algunos pensadores para afirmar que la base de la vida es cierta «fuerza vital» inmaterial que dirige todos los procesos en los organismos vivos. En particular, los idealistas declararon que la transformación de la materia inorgánica en orgánica —que tiene lugar en los animales y las plantas— es resultado de la actividad de esa «fuerza vital». Pero las ciencias naturales demostraron que la esencia de la vida es un proceso material de metabolismo, que transcurre de una manera singular y está subordinado a las leyes de la conservación de la masa y la energía, las cuales actúan también en toda la naturaleza restante.

Hubo un tiempo en que los hombres ignoraban en qué consistía la esencia de la vida. Las peculiaridades de los organismos vivos, que los diferencian tan extraordinariamente de la naturaleza inorgánica, sirvieron de pretexto a algunos pensadores para afirmar que la base de la vida es cierta «fuerza vital» inmaterial que dirige todos los procesos en los organismos vivos. En particular, los idealistas declararon que la transformación de la materia inorgánica en orgánica —que tiene lugar en los animales y las plantas— es resultado de la actividad de esa «fuerza vital». Pero las ciencias naturales demostraron que la esencia de la vida es un proceso material de metabolismo, que transcurre de una manera singular y está subordinado a las leyes de la conservación de la masa y la energía, las cuales actúan también en toda la naturaleza restante. [84]
En otros tiempos se desconocía el origen del hombre. Y eso dio motivo a que se formulara la idea de que ciertas fuerzas inmateriales habían creado el hombre por medio de un «milagro». Sin embargo, llegó un momento en que se dio a este problema una solución auténticamente científica, que excluía la concepción religiosa sobre las fuerzas inmateriales y el misterioso mundo sobrenatural. Esa solución fue iniciada con la doctrina evolucionista de Carlos Darwin. Por su parte, el marxismo hizo una aportación decisiva al esclarecimiento de este problema, demostrando el papel que había desempeñado el trabajo para destacar al hombre del mundo animal.

En otros tiempos se desconocía el origen del hombre. Y eso dio motivo a que se formulara la idea de que ciertas fuerzas inmateriales habían creado el hombre por medio de un «milagro». Sin embargo, llegó un momento en que se dio a este problema una solución auténticamente científica, que excluía la concepción religiosa sobre las fuerzas inmateriales y el misterioso mundo sobrenatural. Esa solución fue iniciada con la doctrina evolucionista de Carlos Darwin. Por su parte, el marxismo hizo una aportación decisiva al esclarecimiento de este problema, demostrando el papel que había desempeñado el trabajo para destacar al hombre del mundo animal.
Los fenómenos de la conciencia se distinguen radicalmente, por su carácter, de todos los fenómenos materiales. Esta diferencia es aprovechada por los idealistas para declarar carente de base la idea de la unidad material del mundo. Pero como veremos en el capítulo siguiente, la conciencia, aun no siendo material, es una propiedad de la materia organizada de un modo especial, es un producto suyo y no existe sin ella. Los fenómenos de la conciencia no forman ningún mundo singular que se encuentre fuera del mundo material, por encima de él e independiente de él. Y, por consiguiente, no entran en contradicción con la unidad material del mundo. Lo único que hacen es demostrar cuán polifacética y completa es esta unidad, que incluye una gran variedad de formas de la materia en movimiento y una [102] cantidad infinita de sus diversas cualidades y propiedades.

Los fenómenos de la conciencia se distinguen radicalmente, por su carácter, de todos los fenómenos materiales. Esta diferencia es aprovechada por los idealistas para declarar carente de base la idea de la unidad material del mundo. Pero como veremos en el capítulo siguiente, la conciencia, aun no siendo material, es producto suyo y no existe sin ella. Los fenómenos de la conciencia no forman ningún mundo singular que se encuentre fuera del mundo material, por encima de él e independiente de él. Y, por consiguiente, no rompen la unidad material del mundo. Lo único que hacen es demostrar cuán polifacética y completa es esta unidad, que incluye una gran variedad de formas de la materia en movimiento y una cantidad infinita de sus diversas cualidades y propiedades.
La vida de la sociedad humana, su historia, la actividad de los hombres y el progreso social son declarados con frecuencia producto de las prescripciones de «la voluntad divina» o resultado de la acción de ciertas ideas, situadas, supuestamente, por encima de la realidad material y dominantes sobre ella. El materialismo histórico ha probado la falsedad de esas opiniones, poniendo al desnudo las leyes objetivas y las causas materiales del desarrollo de la sociedad.

La vida de la sociedad humana, su historia, la actividad de los hombres y el progreso social son declarados con frecuencia producto de las prescripciones de «la voluntad divina» o resultado de la acción de ciertas ideas, situadas, supuestamente, por encima de la realidad material y que predominan sobre esta última. El materialismo histórico ha probado la falsedad de esas opiniones, poniendo al desnudo las leyes objetivas y las causas materiales del desarrollo de la sociedad.
Para argumentar la tesis que proclama la unidad del mundo tiene importancia decisiva establecer el carácter universal del nexo que existe entre todas las formas de la materia, cualitativamente diferentes, y de las correspondientes formas del movimiento. Este nexo de las diferentes formas de la materia y de las diferentes formas del movimiento ha existido, existe y existirá siempre y en todas partes. En el mundo jamás ha existido, existe ni existirá en parte alguna nada que no sea materia en movimiento o que no haya sido engendrado por la materia en movimiento. En eso consiste precisamente la unidad del mundo.

Para argumentar la tesis que proclama la unidad del mundo tiene importancia decisiva establecer el carácter universal del nexo que existe entre todas las formas de la materia, cualitativamente diferentes, y de las correspondientes formas del movimiento. Este nexo de las diferentes formas de la materia y de las diferentes formas del movimiento ha existido, existe y existirá siempre y en todas partes. En el mundo jamás ha existido, existe ni existirá en parte alguna nada que no sea [85] materia en movimiento o que no haya sido engendrado por la materia en movimiento. En eso consiste precisamente la unidad del mundo.
El mundo es material. Es único, eterno e infinito. Y el propio hombre, su producto superior en la Tierra, es una parte del gran todo denominado naturaleza.

El mundo es material. Es único, eterno e infinito. Y el propio hombre, su producto superior en la Tierra, es una parte del gran todo denominado naturaleza.
La unidad del mundo no puede reducirse a la homogeneidad de su composición físico-química o a la subordinación de todos los fenómenos a las mismas leyes conocidas de la física. En virtud de la acción de la ley universal del paso de los cambios cuantitativos a cualitativos, cada cualidad concreta existe entre determinados límites de medida a escalas finitas de espacio y tiempo. No se la puede extrapolar (extender) al infinito. Por eso toda teoría científica concreta tiene también una esfera limitada de aplicación. La verdad es siempre concreta. Cualquier teoría científica concreta tiene también una esfera limitada de aplicación. La verdad es siempre concreta. Cualquier teoría científica es ineludiblemente un sistema abierto de conocimientos.

La materia es de una variedad infinita en sus manifestaciones. Cuando cambian (aumentan o disminuyen) las proporciones de espacio y tiempo, en determinadas etapas, se producen ineludiblemente cambios cualitativos en las propiedades parciales, en las formas de organización estructural [103] y en las leyes de movimiento de la materia. Muchas leyes del micromundo son distintas, en cualidad, de las leyes de los fenómenos macroscópicos, y a la escala gigantesca del Universo existen procesos y estados singulares, insólitos, de la materia, y aún está por crear la teoría que los explique.

Así y todo, pese a las diferencias cualitativas y a la inagotabilidad estructural de la materia, el mundo es uno. Esta unidad se manifiesta a escala global en que la materia y sus atributos son absolutos, sustanciales y eternos; en que todos los sistemas materiales y niveles estructurales están concatenados entre sí y se condicionan mutuamente; en que la determinación de sus propiedades es natural; y en que las formas de transformación recíproca de la materia en movimiento son muy variadas y corresponden a las leyes universales de conservación de la materia y a sus propiedades fundamentales.

La unidad del mundo se manifiesta asimismo en el desarrollo histórico de la materia, en el surgimiento de formas más complejas de materia y de movimiento basadas en formas relativametne menos complejas. Se manifiesta, por último, en la acción de las leyes dialécticas universales del ser que se revelan en la estructura y en el desarrollo de todos los sistemas materiales.

Manifestaciones locales de la unidad del mundo son la homogeneidad de la composición físico-quimica de los cuerpos, la comunidad de sus leyes cuantitativas de movimiento, el parecido de la estructura y de las funciones de los sistemas, la semejanza de las propiedades, que hacen posible modelar los sistemas y procesos complejos, basándose en fenómenos más simples con el fin de obtener mueva información del mundo.

La doctrina dialéctica materialista del mundo sobre la materia y las formas de su existencia constituye el cimiento de la filosofía marxista-leninista, la base de la concepción monista, integral del mundo. Reviste inmensa importancia metodológica para la ciencia contemporánea y contribuye a la integración de las ciencias y a la elaboración de una interpretación integral del mundo como materia en movimiento y desarrollo. [104]


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{Academia de Ciencias de la URSS. Instituto de Filosofía. Ministerio de Enseñanza Superior y Media Especializada de la URSS. Fundamentos de filosofía marxista-leninista. Parte I. Materialismo dialéctico. Aprobado por el Ministerio de Enseñanza Superior y Media Especializada de la URSS como manual para los estudiantes de los centros de enseñanza superior. Editorial Progreso, Moscú 1977. Traducido del ruso por Isidro R. Mendieta. El presente manual es obra de un grupo de autores, integrado por el académico F. Konstantinov (dirigente del grupo) y por [...]. En este manual de fundamentos de filosofía marxista-leninista se exponen de manera sistemática los problemas más importantes del materialismo dialéctico e histórico y se hace una crítica de la filosofía y la sociología burguesas contemporáneas. El manual está destinado a los estudiantes de los centros de enseñanza superior, a los alumnos de las escuelas y círculos de estudio del partido y a cuantos estudian individualmente la filosofía marxista-leninista. En la segunda edición, corregida de conformidad con las sugerencias y observaciones de los lectores, se ven reflejados los documentos del XXV Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética. [El capítulo III que aquí se ofrece ocupa las páginas 69 a 103.]}

{F. Konstantinov y coautores. Fundamentos de la filosofía marxista-leninista. Parte I. Materialismo dialéctico. Editorial Pueblo y Educación, La Habana 1986. Este libro, en tus manos de estudiante, es instrumento de trabajo para construir tu educación. Cuídalo. Tomado de la edición de la Editorial de Ciencias Sociales, 1977. (Tercera reimpresión 1987. Cuarta reimpresión 1988.) [El capítulo III que aquí se ofrece ocupa las páginas 55 a 85.]}

1. Concepto filosófico de la materia | 2. El movimiento y sus formas principales
3. El espacio y el tiempo | 4. La unidad del mundo

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