jueves, 2 de agosto de 2012

La Caída del Dragón y del Águila -Javier Tolcachier - Extracto - Capítulo: El nacimiento del Águila bicéfala - 02-08-2012

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La Caída del Dragón y del Águila -Javier Tolcachier - Extracto

Capítulo: El nacimiento del Águila bicéfala

Cuando la realidad tiránica emergía con toda su fuerza, cuando el poder se disolvía a sí mismo por su innata lógica de confrontación, cuando pestes, inundaciones u otras desgracias naturales asolaban el territorio, cuando fortalecidos poderes regionales o militares ponían en duda el poder central, cuando algún nuevo invasor mejor entrenado, equipado o con mayores recursos aparecía en el horizonte fronterizo de un imperio ya desgastado por cada vez mayores esfuerzos en defender sus cada vez más grandes territorios, cuando la complejidad étnica o religiosa echaba por tierra todo intento unificador, cuando interminables e implacables luchas sucesorias frenaban o detenían todo avance, disolviendo las fuerzas comunes en la intriga de las facciones, cuando las realidades administrativas superaban las habilidades y hábitos de pueblos educados y entrenados para matar o morir en combate, cuando las vías dejaban de ser seguras o ciertos avatares del dominio imperial impedían el desarrollo del comercio y debilitaban estructuras económicas, entonces, los otrora invencibles imperios comenzaban a tambalear.

El Águila romana se encontraba con varios de estos problemas durante el siglo III y había perdido parte de su considerable fuerza, poco más de dos siglos luego de la coronación augusta. Sus extendidos dominios en Europa, el Norte de África y Oriente próximo no resistían ya su propia envergadura y requerían reformas. El emperador Diocleciano fue, hacia 284, quien tomó estas medidas instaurando un sistema de doble gobierno llamado Tetrarquía por estar constituido por dos Augustos y dos Césares. Cada Augusto debía velar por una parte del imperio, uno en su faz occidental y el otro en sus tierras orientales, acompañados por sendos Césares quienes – luego de una abdicación rotativa y programada – debían reemplazarlos. El sistema era interesante en teoría, pero no sobrevivió a la primera fase que sólo completó el propio Diocleciano.

Además de ello, la capital imperial se trasladó a Bizancio, la que a partir de Constantino sería llamada Constantinopla o “ciudad de Constantino”. Desde este punto estratégico, se pretendía controlar más de cerca y avanzar sobre el frente oriental, que era de donde provenía una de las amenazas más potentes de la época, la del Imperio Sasánida. Por otra parte, si bien Roma era dueña y señora del Mediterráneo, los pueblos guerreros del Norte de Europa incursionaban crecientemente constituyéndose en permanente amenaza exterior, lo que suponía un fuerte drenaje de recursos militares y económicos para la defensa de esos límites. Además, las hordas no eran ejércitos regulares con objetivos de dominación permanente, sino que, a la usanza de los Xiongnu del norte chino, apuntaban al pillaje y al saqueo, siendo blancos móviles difíciles de combatir. Con la distancia del caso, un problema similar al que enfrentarían grandes y poderosas formaciones militares al ser combatidas con sistemas de guerrillas, con características de ataque sorpresivo y retirada rápida.

Aquel traslado a Constantinopla y la creación de los Imperios romanos de Oriente y Occidente constituirían el nacimiento del Águila de dos cabezas, que simbolizaba la aspiración de dominio romana hacia los dos mundos conocidos por entonces. Sin duda, una alegoría impactante para un proyecto ambicioso.

Pero a estas alturas, Roma distaba mucho de poseer la cohesión necesaria para cumplimentar esas imágenes. Aquel imperio ciertamente había logrado formatear parte del mundo antiguo con leyes, pesos, medidas y la acuñación de moneda, pero no había logrado renovar en el aspecto religioso, intentando de ese modo solidificar cimientos civilizatorios nuevos a los que pudieran adherir la diversidad de pueblos anclados en sus propias creencias y rituales. Es más, en los comienzos, los romanos habían intencionado permitir los cultos locales como forma de ganar aceptación por parte de sus dominados. Esa táctica, que inicialmente había aportado a la construcción imperial, ahora se volvía ineficaz a la hora de sostener el status quo o acaso seguir avanzando.

Es aquí donde emerge Constantino, proclamado Augusto luego de liquidar a otra media docena de competidores al puesto, quien echa mano de una creencia monoteísta para insuflar al Águila bicéfala con algún fundamento novedoso y unificador que permitiera – en base a los mandatos de un dios único – justificar y consolidar la dominación.

Seguramente el nuevo emperador siguió el ejemplo de los rivales sasánidas, quienes desde Persia – y en la huella del antiguo poderío aqueménida de Ciro II y Dario I – se asentarían en el culto zoroastrista (en sus variantes tradicional y también maniquea), para unir lo eclesiástico y lo político, organizando así una estructura central y piramidal que nuevamente permitiría extender entre el siglo III y hasta mediados del VII la influencia persa hacia Occidente, llegando a las fronteras bizantinas y hacia Oriente, extendiéndose hasta el norte de la India.

Este imperio sería finalmente doblegado por el avance del Islam y el establecimiento del califato de los Omeyas en Damasco, quienes además aprovecharían el desmembramiento del imperio romano de Occidente (ocurrido unos cien años antes del nacimiento de Mahoma), para hacerse con todos los territorios del Norte de África, incluyendo parte la península ibérica.

Es interesante observar cómo la mixtura de aquella fuerte religión mazdeísta del Irán sasánida, al entrar en contacto con la facción islámica de los “alíes” (aquellos que reclamaban la sucesión mahometana para los descendientes de Alí, primo y yerno del Profeta), produjo la rama Chiíta del Islam, quien nunca pudo reconciliar su derrota histórica frente a la rama Sunní, a la sazón, absolutamente mayoritaria en el desarrollo islámico. Es remarcable también cómo – desde un impulso culturalmente similar - la dinastía Omeya cayó y dio paso a la dinastía de los Abbásidas, quienes justamente surgieron desde la región persa nororiental conocida como Jorasán. Y por esos ríos subterráneos de la Historia, es claro como persiste aquel modelo teocrático de unidad entre poder religioso y político aún en el siglo XX, dando origen a la conocida revolución de los imams que derrocaría en 1979 al Shah (rey) de Persia.

Pero Roma no contaba en el siglo IV con Mahoma y como ya dijimos, sus religiones oficiales y domésticas no poseían la fuerza arrolladora de sus legiones, legislación y organización, por otra parte corrompida por la ambición y la entropía.

El cristianismo primitivo, sin embargo, era demasiado ecléctico y débil como para brindar el fundamento buscado. Constantino no podía tolerar disenso ni divergencia alguna – actitudes demasiado próximas a la especulación filosófica del mundo griego que se pretendía superar – ya que precisamente se buscaba un factor unificador. Por ello, se convocarían sucesivos concilios que fijarían criterios y expulsarían a las facciones disidentes, persiguiéndolas incluso de manera feroz a partir del mandato de Teodosio.

Desde su misma condición de origen, el cristianismo ha vivido en esa contradicción inherente al hecho de haber sido inspirado en un culto próximo al ascetismo esenio, pero que debe su inserción y expansión a servir de herramienta de construcción imperial. Así, la iglesia cristiana siempre estuvo relacionada (de manera similar al confucianismo chino) al sostenimiento de las estructuras de poder vigente.

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