domingo, 19 de diciembre de 2010

Argentina: Qué duro es sentirse minoría en un país de falsas mayorías


Qué duro es sentirse minoría en un país de falsas mayorías.

Qué duro es ver que el gobierno nacional y los poderes económicos luchan entre sí cuando son cómplices necesarios del país sojero.

Qué duro es ver tomas de pedazos de tierra y otras llenas de soja RR en el asfalto civilizado de Buenos Aires.

Que duro es ver a los sin tierra de los campesinos de Santiago del Estero y el desalojo de las comunidades originarias de La Primavera Formosa y otros lugares.

Que duro es ver a los estudiantes de universidades argentinas con sus carteles reclamando más atención para la educación estatal.

Que duro es ver a un joven militante desangrándose por luchar junto a trabajadores precarizados. Que duro es ver que su vida se va, y que los patrones quedan.

Que duro es ver a gente ciudadana que se llama “progre” de este país apoyando a los policías de Formosa y la policía federal que desaloja a gente necesitada, como si Monsanto y el Che Guevara pudieran darse la mano.

Que duro es recordar que esas cacerolas relucientes, esos estudiantes movilizados y esas familias temerosas del desabastecimiento en 2.001 no salieron a la calle cuando los terratenientes de este siglo XXI expulsaron a familias y pueblos enteros para plantar su soja maldita.

Qué duro es ver la furia de los estados provinciales y el estado nacional al amparo de reyes sojeros como el Grupo Grobocopatel y otros.

Qué duro es ver el rostro reseco de Doña Juana expulsada, de doña Juana sin tierra, de doña Juana con sus muertos bajo las balas de las fuerzas policiales provinciales o federales defendiendo a los proyectos sojeros.

Qué duro es ver que la población más humilde este cortando rutas para que no sigan con desalojo, solo porque poderes económicos y el estado Argentino se preocupen que China y Europa no dejen de tener soja fresca, y para que Monsanto no deje de vender sus semillas y sus agroquímicos.

Qué duro es comprobar, con los dientes apretados, y con el corazón desierto y sin bosques, que nadie habló en nombre de los indígenas expulsados de sus territorios, de sus plantas medicinales, de su cultura y de su tiempo para que la soja y el glifosato sean los nuevos algarrobos y los nuevos duendes del monte.

Qué duro es ver con las manos y tocar con los ojos que nadie habló en nombre de los indígenas muertos y echados a topadora limpia, a balazos y a decisiones judiciales sin justicia para que ingresen el endosulfán, las promotoras de Basf y las palas mecánicas con aire acondicionado.

Qué duro es saber que nadie habló en nombre del suelo destruido por la soja y por el cóctel de plaguicidas.

Qué duro es comprobar que muchos productores, gobiernos y ciudadanos no saben que los suelos solo son fabricados por los bosques y ambientes nativos, y nunca por los cultivos industriales.

Qué duro es saber que para fabricar 2,5 centímetros de suelo en ambientes templados hacen falta de 700 a 1200 años, y que la soja los romperá en mucho menos tiempo.

Qué duro es recordar que el 80% de los bosques nativos ya fue destrozado, y que funcionarios y productores no ven o no quieren ver que la única forma de tener un país más sustentable es conservar al mismo tiempo superficies equivalentes de ambientes naturales y de cultivos diversificados.

Qué duro es observar cómo se extingue al indígena y al campesino que convivía con el monte, y cómo lo reemplaza una gran empresa agrícola que empieza irónicamente sus actividades destruyendo ese monte.

Qué duro es ver que el monocultivo de la soja refleja el monocultivo de cerebros, la ineptitud de los funcionarios públicos y el silencio de la gente buena.

Qué duro es saber que miles de argentinos están expuestos a las bajas dosis de plaguicidas, y que miles de personas enferman y mueren para que China y Europa puedan alimentar su ganado con soja.

Qué duro es saber que las bajas dosis de glifosato, endosulfán, 2,4 D y otros plaguicidas pueden alterar el sistema hormonal de bebés, niños, adolescentes y adultos, y que no sabemos cuántos de ellos enfermaron y murieron por culpa de las bajas dosis porque el estado no hace estudios epidemiológicos.

Qué duro es saber que los bosques y ambientes nativos se desmoronan, que las cuencas hídricas donde se fabrica el agua son invadidas por cultivos, y que Argentina está exportando su genocidio sojero a la Amazonia Boliviana.

Qué duro es comprobar que los reclamos de las poblaciones originarias de este estado sean escuchados y más fáciles de que sean calladas o tapadas que las topadoras y el monocultivo.

Qué duro es comprobar que en nombre de las exportaciones se violan todos los días, impunemente, los derechos de generaciones de argentinos que todavía no nacieron.

Qué duro es ver las imágenes por televisión, los avances económicos, de ingresos económicos de empresarios, mientras las almas sin tierra de los indígenas y ciudadanos de bajos recursos no tienen importancia, ni avances, ni la política estatal que los defiendan.

Qué duro es comprobar que estas reflexiones escritas a medianoche solo circularán en la casi clandestinidad mientras Monsanto gira sus divisas a Estados Unidos, mientras las topadoras desmontan miles de hectáreas en nuestro chaco semiárido y gran parte de Argentina para que rápidamente tengamos 19 millones de hectáreas plantadas con soja, y mientras miles de niños argentinos duermen sin saber que su sangre tiene plaguicidas, y que su país alguna vez tuvo bosques que fabricaban suelo y conservaban agua. Muy cerca de ellos en sus comunidades sus familiares con las cicatrices de alguna bala de las armas de la policía.

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Extraído de: http://elpolvorin.over-blog.es/article-argentina-que-duro-es-sentirse-minoria-en-un-pais-de-falsas-mayorias-63359146.html
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